2. ANTECEDENTES: DE FRANCIA A LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
Aun
habiendo trabajado en varias cosas para ganarme unos cuartos o
incluso la vida, mi principal ocupación anterior a los hechos
narrados consistió siempre en enseñar, y,
especialmente, idiomas: español, durante cinco años en
una universidad francesa y uno en una española; francés,
seis años entre Escuelas Oficiales de Idiomas y la Universidad
de Zaragoza –que es donde ejerzo como profesor asociado en el
momento en que escribo estas líneas.1
Tanto
tiempo pasado en Francia, entre el disfrute de dos becas Erasmus, un
curso de asistente lingüístico en un instituto parisino y
cinco en la Universidad de Nantes, hicieron de mí un
expatriado nostálgico del tipo de vida español. No era
yo, desde luego, el único, pues la inmensa mayoría de
los componentes de lo que bauticé como "colonia española"
en Nantes había idealizado la luz, las calles, el ambiente, el
paisaje y el paisanaje de los pueblos de España. A ello
contribuía también la atmósfera ciertamente
individualista y de escaso compañerismo de mis colegas
franceses; tan amistosa era la ligazón que nos unía a
los españoles trabajadores en los distintos centros
universitarios de Nantes, tan cercana la relación entre los
estudiantes Erasmus ultrapirenaicos, y tan distante el trato con la
mayoría de profesores galos, que elevé al rango del
ideal a la gente que vivía en España. Se me antojaba
que en las escuelas, institutos y facultades ibéricas el
ambiente de trabajo debía de ser extraordinario, en el que el
compañerismo, la solidaridad y la ayuda mutua tenían
por fuerza que excluir el arribismo insolidario y egoísta.
Créanme si les digo que pedí mi dimisión en
Nantes esperanzado con un futuro próximo poblado de amores y
amistades.
Tras
un paréntesis de unos cuantos meses pasados en Barcelona, di
con mis huesos en la Universidad de Alicante, adonde me llevó
una oferta de trabajo y el hecho de que mi hermana viviera en esa
ciudad mediterránea. En la Sociedad de Relaciones
Internacionales (en adelante SRI), empresa privada participada por la
universidad, enseñé Español para extranjeros
durante ocho meses; y la experiencia fue, me cabe decirlo,
reveladora. Allí se abrieron mis ojos a la realidad –quiero
pensar que no todo el monte es orégano, aunque confieso una
cierta tendencia a la ensoñación–, dándome
cuenta de que cada uno no atiende más que a sus intereses
personales aun a riesgo de entorpecer y dinamitar los de los
compañeros de trabajo. Yo era muy ingenuo: sí, lo he de
confesar.
En
la SRI trabajábamos unos 10 profesores de español, de
los cuales tan sólo tres tenían un contrato fijo; el
resto íbamos siendo contratados a medida que se llenaba la
matrícula de los cursos propuestos. Es decir, que si había
seis grupos, trabajaban sólo los tres profesores fijos; si se
conseguían más alumnos, los profesores inestables se
encargaban de esos nuevos grupos en base a un orden de prelación
que a todo el profesorado nos resultaba desconocido. Ese ranking,
esa lista de preferencia a la hora de dar clase, se establecía
sobre criterios a los que nosotros, profesores, no teníamos
acceso: ¿la antigüedad?, ¿la buena apreciación
de los alumnos?, ¿la formación previa?, ¿la
experiencia? Nadie lo sabía, lo que hacía de nuestra
situación en la SRI una enorme fuente de inestabilidad.
Al
no tener acceso a nuestras puntuaciones y posición en el
ranking,
los profesores estábamos siempre pendientes de hacer nuestro
trabajo lo mejor posible, de rehuir todo tipo de problema o de
polémica y, sobre todo, de estar a bien con quienes nos
clasificaban: el coordinador pedagógico (un irlandés de
pésima pronunciación y vocabulario castellanos que
hacía valer su importancia a base de desplantes y rechazos del
saludo), el director de la empresa ("el turronero" creo que
le llamábamos, un tipo oscuro, seco y de malos modos, que
basaba en una desagradable altivez la consideración que
debíamos a su puesto), el jefe de estudios (un alicantino del
interior que se creía el rey del mambo y que parecía
distinguir la profesionalidad de sus compañeros en base a la
amistad) y la jefa de personal (una excelente profesional, nantesa de
nacimiento, que era consciente del ambiente de constreñimiento
al que nos sometía el modo de trabajar en esa casa y nos
compadecía por ello). Con Pierrette Cholet –pues tal era el
nombre de esta última–, la conversación era sencilla,
grata, amistosa y, sobre todo, horizontal; con Julián Oceán,
el jefe de estudios, uno no sabía siempre a qué
atenerse: tan pronto parecía el más cordial y cercano
de los humanos como la persona más ingrata y fría que
uno podía echarse a la cara; al "turronero" todo el
mundo lo temía por su poder de crear y romper contratos según
su gusto: ello hacía que, cuando bajaba silencioso las
escaleras desde su elevado despacho personal, todos los profesores lo
saludaran con una leve pero visible inclinación de cabeza. Con
el irlandés, de nombre Bryan Moody, uno tampoco sabía
cómo actuar. Recuerdo una ocasión en que yo estaba con
otro compañero preparando mis clases en la sala de profesores
cuando entró él por la puerta sin saludar ni señalar
nuestra presencia allí; yo lo saludé de manera
ostensible con el fin de que se percatara de su falta de delicadeza
al no decirnos siquiera un lacónico "buenas tardes":
él se corrigió de mala gana, sin pedir disculpas ni
nada que se le pareciera. Mi compañero me reprendió por
haber actuado así, señalando que más valía
no ponerse en contra de los que mandaban por si las moscas; yo me reí
de su consejo y le acusé con frivolidad de ser un cobarde
sumiso –o algo por el estilo, pues relato sobre recuerdos en parte
difusos.
Lo
cierto es que la mayor parte de mis compañeros en la SRI
provenían de situaciones laborales tan extrañas e
inestables que lo ofrecido por la Universidad de Alicante les parecía
un lujo asiático: el Español para extranjeros era una
materia implantada en las universidades de manera casi extraoficial;
de ahí que, en la mayoría de los casos, se trabajara en
condiciones cercanas a la esclavitud. Algunos habían ejercido
en academias privadas sin contrato ni seguridad social: la
precariedad era habitual en ese tipo de centros, por lo que se
comprendía su deslumbramiento ante lo que se les presentaba en
Alicante. Otros, sin embargo, provenían de universidades
públicas donde también habían trabajado sin
contrato alguno; lo que en las academias parecía normal, en el
caso de la enseñanza superior pública era flagrante. A
mí, todo eso se me antojaba insoportable, con un bagaje
profesional forjado en la muy protectora educación pública
francesa, donde todo era regulado y normalizado hasta el último
detalle; e incluso mi trabajo en un centro privado francés
(una escuela universitaria de alta gestión y comercio) se
desarrolló con las mayores transparencia y legalidad
imaginables. Por eso no podía compartir el punto de vista de
mis compañeros: porque mi experiencia había sido muy
distinta de la suya, en el sentido de que yo jamás me sentí
explotado ni menospreciado en el ejercicio de mi profesión
docente. Sus muestras de cobarde sumisión o de acomodaticia
comunión con todo tipo de ruedas de molino a mí me
resultaban inaceptables; de ahí que yo no dejara de demostrar
mi enfado ante lo que ellos y ellas consideraban como algo normal e
incluido en las reglas del juego. Ese fue, creo yo, el germen de mis
problemas laborales en la SRI de Alicante –y, por extensión,
en mis experiencias profesionales posteriores–: ese centro de
trabajo me forjó como rebelde (para parafrasear el título
de Arturo Barea), como alguien que difícilmente se adaptaría,
en lo sucesivo, a la sumisión a lo inaceptable en los lugares
donde me ha tocado trabajar.
Las
normas de esa casa eran de lo más peregrinas, y, por
consiguiente, de difícil acatamiento. En aras de la buena
imagen, la dirección empezó por prohibirnos comer en la
sala de profesores –como si la visión de un bocadillo
mordisqueado fuera a empañar la reputación y la
seriedad de nuestro oficio. Para demostrar nuestra constante
disposición al trabajo, se indicó la incoveniencia de
leer la prensa en la sala de profesores, así como de libros
que no tuvieran relación directa con nuestras clases. Por
último, y para acabar de rizar el rizo, un compañero me
señaló que jefatura y dirección no veían
con buenos ojos las conversaciones sobre política entre los
profesores. Aun resultando extrañas todas estas consignas, lo
más disparatado del asunto es que mis compañeros las
aceptaran y cumplieran sin rechistar, sin que un solo comentario
crítico aflorara a sus bocas. Como pueden ustedes imaginar, yo
intenté por todos los medios mostrar una oposición
lúdica a esas prohibiciones: no me comía el bocadillo
pero sí alguna galleta que otra; dejaba el periódico
abierto encima de la mesa mientras preparaba mis clases; proponía
a mis compañeros hablar de fútbol aun avisándoles
de que mi tema preferido era la política. Y todo ello de forma
ostensible y bien visible, para hacer evidente a "nuestros
superiores" lo ridículo de tales planteamientos.
Recuerdo
otra ocasión en que el jefe de estudios –que no sé
ahora si se apellidaba Oceán, o tal vez Ferris, como las
camisetas–, firmó uno de sus cotidianos comunicados por
correo electrónico con su cargo: "Fdo.: el Jefe de
Estudios". Al recibirlo en la salita donde se habían
instalado los ordenadores, comuniqué mi extrañeza a una
compañera, sobre todo porque Julián mostraba con todos
nosotros una cercanía que hacía extraño el trato
oficial. Leí a mi compañera el encabezado de mi
respuesta, que empezaba con algo parecido a "estimado y
excelentísimo señor jefe de estudios - espero que estas
líneas te hallarán en perfecta salud... etc, etc".
Mi colega no participó de mis risas, añadiendo que a
Julián le gustaba mucho que le trataran con cortesía y
utilizando el nombre de su cargo.
–
Pero...: ¿no te das cuenta de que si le seguimos la corriente
terminará por creerse superior a nosotros? –le dije yo con
asombro–. Julián es un compañero, cuyas competencias
consisten en la coordinación de las clases sin que ello
merezca respetos oficiales ni mucho menos pleitesía.
–
Tú haz lo que quieras –me previno, cabizbaja–. Yo prefiero
hacer lo que me manden.
–
Yo creo que no se trata de que nadie nos mande ni de que nosotros
debamos obedecer; ahora bien, si tú prefieres llamarlo así,
allá tú...
Lo
cierto es que modifiqué el texto de mi respuesta y dejé
de lado cualquier malabarismo irónico: me plegué al
consejo de mi compañera. Pero Julián lo había
oído todo desde su despacho, cuya puerta permanecía
siempre abierta para abundar en su compañerismo y buena
disposición.
Poco
después, fui convocado por una las facultades de Magisterio de
Madrid para ocupar una plaza como profesor de francés, puesto
al que había optado recientemente. Me hallé en un
dilema que me resultaba, por aquel entonces, de difícil
solución, y ello por varios motivos: el primero, de tipo
económico, ya que el salario que percibiría de una
universidad pública como profesor asociado o ayudante –no
recuerdo muy bien de qué tipo de plaza se trataba– era
inferior al que estaba percibiendo en la SRI, empresa privada aunque
participada por la pública Universidad de Alicante; el segundo
motivo, de tipo profesional, ya que las posibilidades de permanencia
y promoción en una facultad pública eran siempre
dudosas; el tercero, de tipo logístico, ya que pensar en el
inicio de una nueva mudanza, búsqueda de piso y organización
de clases me producían una pereza y desazón terribles.
Obraba a favor de mi marcha a Madrid que allí viviera una
buena amiga como Luisa, santanderina instalada en la capital desde
hacía ya varios años y con una agradable pandilla de
amigos y amigas bastante asentada con la que había compartido
no pocos momentos. En ese mar de dudas, telefoneé a Luisa para
consultar su opinión, quien me aconsejó vivamente que
fuera a Madrid, que mientras encontrara algo mejor viviría en
su piso, casualmente sito a un par de manzanas de la facultad que
requería mis servicios. Y aunque esos argumentos pudieran ser
de peso, las dudas seguían acosándome, por lo que pedí
a Bryan Moody –el irlandés coordinador pedagógico de
la SRI– consejo y guía. Este me recibió en su
despacho y, tras escuchar mi relato y la enumeración de mis
vacilaciones, me instó a quedarme en Alicante y disfrutar de
una situación laboral más satisfactoria para mi carrera
y para mi cuenta bancaria. Ello me pareció una promesa de
mejora que, en cierto modo, recompensaría tanto mi trabajo
docente como mi decisión favorable a la SRI. Así que
acepté su criterio como el más válido –que,
además, me reafirmaba en mi pereza y escaso ánimo para
afrontar otro cambio más– y decidí permanecer en el
cálido mediterráneo junto a mi hermana, su familia y
los compañeros con los que poco a poco iba congeniando ¡Qué
poco preveía en ese momento que mi talante y mi forma de
afrontar los conflictos me iban a deparar no pocos problemas!
A
pesar de la engañosa promesa de promoción y permanencia
en la SRI que me hizo el irlandés, mis problemas en ese centro
empezaron a hacerse evidentes con ocasión de un par de
encontronazos que tuve con unas cuantas alumnas matriculadas en mis
cursos. En el primer caso, se trataba de dos estudiantes italianas,
de Nápoles, provenientes del programa europeo Sócrates,
quienes parecían venir a clase más a ligotear que a
aprender lo que yo pudiera enseñarles. En una ocasión
en que entraron en el aula bien pasada media hora desde el comienzo
de la clase, interrumpiendo a sus compañeros con sus
aspavientos, comentarios y coqueteos varios, les indiqué que
otra vez que llegaran tarde procuraran no molestar; una de ellas,
mientras yo les decía eso, seguía de cháchara
con un guapo alemán; la otra me espetó de manera en
exceso desenfadada que si se retrasaban era porque otras obligaciones
las requerían. Tal fue el desparpajo con que me dijo eso que
les pedí que abandonaran el aula, a lo que se negaron; yo
insistí comprendiendo que de ello dependía mi autoridad
moral ante mi alumnado, consiguiendo al final que se fueran. Al
terminar la clase, me dirigí como siempre a la sala de
profesores, cruzándome con ellas a salir del despacho del jefe
de estudios. Éste me llamó para contarme que había
hablado con las dos chicas italianas, que estaban indignadas por
haber sido expulsadas de clase delante de todos sus compañeros.
De poco valieron mis argumentos ante la aseveración de que esa
escuela, la SRI, era un centro privado en el que los alumnos pagaban
por recibir clases y que debían sentirse a gusto.
–
O sea, que, como clientes, siempre tendrán la razón,
¿no es así? –le pregunté yo con sarcasmo.
–
Así es. Y nosotros estamos a su servicio.
Le
recriminé con suavidad que hubiera antepuesto el bienestar de
dos niñas caprichosas al de un profesor en el ejercicio de su
trabajo, y que eso dejaba entrever un sentido muy poco habitual del
compañerismo. "Esto es una empresa", me espetó.
El
otro episodio, decisivo éste para mi permanencia en la SRI, se
produjo a raíz de un rifirrafe con dos alumnas rusas,
residentes en el Mediterráneo desde poco tiempo atrás.
Una de ellas, alta, rubia y delgada, de largos y poderosos dientes,
era la simpatía personificada; la otra, rubia también,
pero de rostro y cuerpo poderosos y hombrunos, estaba habitada por un
incontrolable espíritu de contradicción, que le
empujaba a maltratar verbalmente a quien le viniera en gana. En una
ocasión, mientras yo escribía la solución a un
ejercicio encargado la víspera, ella dijo con su voz de
barítono:
–
¡Eso no se escribe
así!
–
¿El qué? –le
pregunté yo al tiempo que me volvía para darle la cara.
–
Esa frase, que no se
escribe así –insistió.
–
¿Pretendes saber más
de lengua española que yo?
–
Yo pretendo lo que quiero;
pero eso lo has escrito mal –replicó en tono condenatorio.
Al
día siguiente, con ocasión de otro rifirrafe parecido,
le señalé que no comprendía esa actitud
constantemente negativa, pues contribuia con ella a crear un ambiente
de crispación en el aula; a ella pareció gustarle esa
afirmación, pues se sonrió satisfecha de los efectos de
su comportamiento. Yo no pude disimular una expresión de
molesto enfado.
A
la mañana siguiente, día 1 de marzo de 2001, tras hora
y media de clase normal, y después del descanso, dije a mis
alumnos que íbamos a hacer un ensayo del examen oral, y que
para ello debían esperar fuera del aula a que los fuera
llamando uno a uno. Cuando ya habían pasado cuatro o cinco
alumnos, se presentó el jefe de estudios para decirme que la
clase había terminado y que acudiera de inmediato a su
despacho. Las rusas me sonrieron con sorna cuando pasé a su
lado camino de las oficinas. En su despacho, Julián me dijo
que eso no podía seguir así; que era ya la segunda
ocasión en que se producían quejas por parte de mis
alumnos, lo que resultaba del todo inadmisible en una escuela privada
como la nuestra. De común acuerdo con el coordinador
pedagógico –el irlandés–, habían decidido
suspenderme de empleo hasta nueva orden, por lo que, si lo deseaba,
podía marcharme del centro y no volver hasta que me lo
dijeran.
- Gracias por la zancadilla –le espeté con no poca rabia.
Lo
ocurrido podía deberse a que, mientras esperaban su turno para
el ensayo de examen oral, las dos rusas fueron a hablar con el jefe
de estudios y exponerle la situación desde su punto de vista.
De dicho encuentro da fe la presentación de motivos del
"Informe Expediente Informativo" que me abrieron sin que
mediara comunicación ninguna y que debió de serme
entregado en algún momento de su tramitación.2
Como
pueden imaginar ustedes, mi asombro fue mayúsculo. A una hora
en que todos mis compañeros seguían en clase, recogí
mi chaqueta y mi cartera de la sala de profesores y abandoné
la universidad presa de una perplejidad absoluta. El desplazamiento
hasta mi domicilio me permitió asentar un poco mis ideas,
decidiendo no dejar de acudir al día siguiente al trabajo por
temor a que me acusaran de abandono del puesto.
A
la mañana siguiente llegué a las nueve menos cinco,
cruzándome en la puerta de la sala de profesores con mis
compañeros, que salían camino de sus respectivas aulas
cargados con sus libros, carpetas y magnetófonos para
actividades de escucha. Me sentí en cierto modo privilegiado,
por saber que iba a disponer de mi tiempo como quisiera mientras
ellos deberían cumplir con su tarea de todos los días.
Julián, el jefe de estudios, se sorprendió sobremanera
al verme. Me senté ante un ordenador y me dispuse a dejar
pasar las horas con el mejor de los talantes, con aplomo, convencido
de que yo no tenía culpa en el asunto y que era ese enrarecido
ambiente laboral el causante de todo, al intentar hacerme plegar a
sus inútiles exigencias. Al cabo de un rato, fui al despacho
de Pierrette Cholet, la jefa de personal, para intentar recabar de
ella algún consejo para salir bien parado de la situación.
–
Ya sabes cómo son
las cosas aquí, Francisco. ¿Has hablado con Greta, la
delegada sindical?
Fui
a ver a la tal Greta –cuyo nombre acabo de inventar, pues no
recuerdo cuál era la gracia de esta alemana campechana y
simpaticona, tan directa y sincera en sus apreciaciones como un
puñetazo en el estómago.
– Sí
–me comentó Greta–, ya sé de lo tuyo con Julián.
Pero..., ¿habéis tenido alguna gresca? –me preguntó
extrañada–. ¿Le has robado la novia o algo por el
estilo?
Yo
le contesté que no, desde luego que no. Ella me aclaró
que me lo preguntaba ante las demostraciones de encono de Julián;
como si todo ello viniera de un asunto personal.
– Si
hay algo personal en todo esto –le dije–, lo desconozco. Pero,
¡si este fin de semana hemos estado como dos buenos amigos,
riendo y charlando juntos, en casa de Hermann (otro profesor, alemán,
cuyo nombre he olvidado), con Pierrette y algunos profesores cuando
nos invitó a una paella...!
– Pues
parece que el puñetero Oceán te la tenía jurada
–me señaló–. Yo que tú hablaría con
tus compañeras Ana y Pilar, que son de los sindicatos, y a ver
qué te dicen. Pero, ¡cuidado!, porque son amigas de
Julián desde hace tiempo; y si son fijas, debe de ser por
algo.
Greta
tenía razón: debí haber tenido cuidado al hablar
con las dos sindicalistas, quienes dieron en todo momento razón
al jefe de estudios reafirmando la tesis oficial.
–
¿No me vais a apoyar
en caso de que la cosa vaya a peor? –les pregunté,
verdaderamente extrañado por su actitud pasota.
–
Desde luego que sí:
para eso somos las representantes de los trabajadores en esta
empresa.
Al
cabo de un rato, los profesores fueron acudiendo a la sala conforme
terminaban sus clases. A medida que se presentaban y dejaban sus
bártulos en los estantes, yo les informé de la
situación, demostrando un asombro temeroso a medida que
escuchaban mi relato de los hechos; algo que debió de hacerse
patente para el jefe de estudios quien escuchaba atento tras su
abierta puerta. Uno de mis compañeros, andaluz de Granada,
Manuel (pongamos por caso que se llamara así), con bastante
predicamento entre los profesores, me invitó a salir al patio
para intercambiar unas palabras; allí me dijo que estaba a mi
disposición para lo que necesitara, y que ya algunos
compañeros habían pensado en que nos reuniéramos
esa misma tarde para pergeñar juntos una estrategia de
defensa. Quedó en que me llamaría en caso de que esa
reunión se convocara, y a mí me hizo recuperar la
confianza que Ana y Pilar, las sindicalistas fijas amigas de Oceán,
habían deshecho con su actitud.
El
día siguiente, santa Águeda (5 de marzo?)3,
el jefe de estudios envió por correo electrónico
interno una imagen de una rosa, dirigida especialmente a todas las
compañeras. Hubo mensajes de agradecimiento; hubo quien no
respondió; en general, el detalle fue bien aceptado. Yo elegí,
sin embargo, intentar compensar mi resquemor mediante el ataque a esa
iniciativa. Redacté un texto en el que decía que la
celebración del día de las mujeres en esos términos,
con flores y palabras acarameladas, no era sino un recordatorio de la
sumisión en la que los hombres quieren obligar a permanecer a
sus compañeras féminas; regalarles una flor e
invitarles a permanecer siempre frescas y bellas era una llamada a la
infantilización femenina, y que cualquier mujer autónoma
y responsable de sí misma debería rechazar esas
demostraciones de machismo paternalista. O algo así. Ojalá
hubiese conservado ese correo, que debía de estar cargado de
rabia y ánimo de ofender.
Las
reacciones no se hicieron esperar. Mis compañeras Ana y Pilar,
las sindicalistas fijas, reprendieron mi conducta; el resto de
profesoras comentó con desdén no finjido que me había
excedido; Pierrette y Greta, la francesa y la alemana, fueron las
únicas mujeres que aplaudieron mi texto y dijeron estar de
acuerdo con lo que en él se exponía. En cuanto a los
hombres, el alemán Hermann me felicitó con risas, al
contrario de mis compañeros profesores, quienes manifestaron
que se trataba de un detalle simpático y que no había
que sacarle punta a todo. ¿Seremos machistas los españoles?
Greta dijo que sí, y que además, la gente de la SRI
eran todos unos carcas, por lo que no debían extrañarme
sus reacciones.
Esa
misma mañana fui convocado a una reunión con Pierrette
Cholet, jefa de personal, y Pilar Barra, una de las dos sindicalistas
fijas, en la que me informaron del cariz que habían tomado las
cosas y me pidieron declaración. Por lo leído4,
parecer ser que algunos alumnos se mostraron descontentos con mi
manera de enseñar, en ocasiones exigente y en otras
posiblemente desdeñosa con quien no poseía los
conocimientos necesarios para figurar en determinado nivel
lingüístico, y que ello determinó sus quejas en
bloque. Las conclusiones del "Informe" que me entregaron
más adelante, y que intentan contrastar los testimonios de
todas las partes implicadas, muestran no obstante algunas
incoherencias a ese respecto que impiden comprender con claridad el
diferendo. Como se puede leer en la página 4 de ese "Informe",
sólo se mantuvo entrevista con cinco alumnos de un grupo de 13
–lo que hace difícil extraer de ello una opinión
generalizada–; de esos cinco, tan sólo tres mostraron su
descontento, dentro de los cuales uno manifestó que los
problemas se presentaron a partir de febrero –cuando entraron las
dos rusas en el grupo–. Más adelante, el "informe"
declara la siguiente duda: "es difícil comprender el por
qué (sic.)
si únicamente dos alumnos han tenido problemas con el profesor
la queja fue generalizada por parte del grupo al jefe de estudios".
Y la pregunta que cabe formularse tras esta conclusión se
centra en el tratamiento de la información por parte de ese
jefe de estudios. En otro punto se concluye que las quejas podían
provenir de que yo hubiese creado en los alumnos "una imagen de
frialdad y distanciamiento"; no obstante esto, tal y como queda
reflejado en mi declaración, mis estudiantes me habían
pedido que celebráramos durante el último día de
clase dos cumpleaños: incomprensible petición en medio
del gélido ambiente que se pretendía que yo había
creado.
La
mañana de después, los acontecimientos se aceleraron. A
primera hora, Manuel me anunció, con cara de circunstancias,
que la prevista reunión de apoyo no se iba a celebrar. Le dije
que lo que me hubiese extrañado habría sido lo
contrario. Poco después, Pierrette me llamó a su
despacho de jefatura de personal para entregarme la hoja de despido.5
Ni una despedida, ni un abrazo, ni una muestra de efusividad cuando
mis compañeros me vieron recoger mis pocas pertenencias y
marcharme de allí cabizbajo; triste, sí, pero con una
sensación de liberación, de haber dado carpetazo a una
situación incómoda y molesta, de haber mandado a freír
esparragos un trabajo y a una gente que, me dije para consolarme, no
me merecían.
No
recuerdo si me fui de Alicante habiéndoles enviado una misiva
por correo electrónico en la que les recriminara su actitud
cobarde, sumisa y poco solidaria. Lo cierto es que cuando volví
a esa ciudad para asistir al acto de arbitraje en Trabajo no llamé
a ninguno de mis compañeros profesores; tan sólo a
Pierrette y a Greta, a quienes comenté el resultado del
arbitraje y agradecí su ayuda y su apoyo. El Ministerio
calificó el despido de improcedente y ordenó el pago de
una indemnización.6
Este
episodio de Alicante, como decía más arriba, me inculcó
la insumisión, que se convertiría en una actitud casi
militante en la medida en que la gente de mi entorno se mostrase
proclive a lo contrario. Aun siendo hijo de militar –y tal vez a
causa de ello mismo–, objeté a hacer la mili precisamente
para no tener que acatar órdenes de nadie. Pero una cosa es
cumplir órdenes –lo que responde al concepto de obediencia–
y otra muy distinta es seguir indicaciones en pos de una meta común
–en cuyo caso provienen de alguien en quien se confía para
que coordine o dirija. En la SRI de Alicante, el ambiente era de
obediencia debida y obligada a una jerarquía establecida,
principalmente, por el miedo a bajar puestos en ese misterioso
ranking
en el orden de prelación de los profesores –en definitiva, a
perder el trabajo; y, atenazado por el miedo no se puede, no se debe,
trabajar con la necesaria comodidad. Creo que ese miedo justificaba
en gran medida la actitud de mis compañeros profesores: como
sentimiento irracional, resulta en ocasiones incontrolable. Pero
aceptarlo como viene o decidir trascenderlo pertenece al ámbito
de las decisiones personales: uno elige plegarse o no, y mis
compañeros se plegaron. Lo triste del asunto es que, al
plegarse para conservar su trabajo, dejaran de lado a un compañero
que sufría las consecuencias de esa adocenante gestión
de personal, que hicieran piña –rebaño, podría
decir– frente a la excepción que yo representaba para ellos.
Ahora bien, ¿no podrían haber utilizado esa piña,
ese funcionamiento de grupo cerrado que desmostraron tener frente a
mí, para oponerse en masa a la dirección de la SRI? ¿Un
desplante masivo, que paralizase las clases durante un par de semanas
con la consiguiente pérdida de ingresos, no habría
obligado a la dirección a negociar, a asegurar la
transparencia de los criterios de promoción y a mejorar en
definitiva las condiciones de trabajo de los profesores? Tal vez sí,
pero estamos todos, en general, suficientemente acojonaos
como para arañar siquiera, ya no para morder, la mano que nos
da de comer.
1
Tal vez modificar o actualizar esos datos
2
Adjuntar (tal vez en anexo) Informe Expediente informativo
3
Comprobar festividad de sta águeda en 2001.
4
Ver páginas 1 y 2 del Informe Expediente Informativo.
5
adjuntar (tal vez en anexo) la hoja de despido de 7 de marzo de 2001
firmada por Fco Iváñez Olcina (coord gral)
6
Adjuntar acta de conciliación de 30 abril + la liquidación
firmada por Pierrette

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