martes, 20 de mayo de 2014

2. ANTECEDENTES: DE FRANCIA A LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE

 Aun habiendo trabajado en varias cosas para ganarme unos cuartos o incluso la vida, mi principal ocupación anterior a los hechos narrados consistió siempre en enseñar, y, especialmente, idiomas: español, durante cinco años en una universidad francesa y uno en una española; francés, seis años entre Escuelas Oficiales de Idiomas y la Universidad de Zaragoza –que es donde ejerzo como profesor asociado en el momento en que escribo estas líneas.1
Tanto tiempo pasado en Francia, entre el disfrute de dos becas Erasmus, un curso de asistente lingüístico en un instituto parisino y cinco en la Universidad de Nantes, hicieron de mí un expatriado nostálgico del tipo de vida español. No era yo, desde luego, el único, pues la inmensa mayoría de los componentes de lo que bauticé como "colonia española" en Nantes había idealizado la luz, las calles, el ambiente, el paisaje y el paisanaje de los pueblos de España. A ello contribuía también la atmósfera ciertamente individualista y de escaso compañerismo de mis colegas franceses; tan amistosa era la ligazón que nos unía a los españoles trabajadores en los distintos centros universitarios de Nantes, tan cercana la relación entre los estudiantes Erasmus ultrapirenaicos, y tan distante el trato con la mayoría de profesores galos, que elevé al rango del ideal a la gente que vivía en España. Se me antojaba que en las escuelas, institutos y facultades ibéricas el ambiente de trabajo debía de ser extraordinario, en el que el compañerismo, la solidaridad y la ayuda mutua tenían por fuerza que excluir el arribismo insolidario y egoísta. Créanme si les digo que pedí mi dimisión en Nantes esperanzado con un futuro próximo poblado de amores y amistades.
Tras un paréntesis de unos cuantos meses pasados en Barcelona, di con mis huesos en la Universidad de Alicante, adonde me llevó una oferta de trabajo y el hecho de que mi hermana viviera en esa ciudad mediterránea. En la Sociedad de Relaciones Internacionales (en adelante SRI), empresa privada participada por la universidad, enseñé Español para extranjeros durante ocho meses; y la experiencia fue, me cabe decirlo, reveladora. Allí se abrieron mis ojos a la realidad –quiero pensar que no todo el monte es orégano, aunque confieso una cierta tendencia a la ensoñación–, dándome cuenta de que cada uno no atiende más que a sus intereses personales aun a riesgo de entorpecer y dinamitar los de los compañeros de trabajo. Yo era muy ingenuo: sí, lo he de confesar.
En la SRI trabajábamos unos 10 profesores de español, de los cuales tan sólo tres tenían un contrato fijo; el resto íbamos siendo contratados a medida que se llenaba la matrícula de los cursos propuestos. Es decir, que si había seis grupos, trabajaban sólo los tres profesores fijos; si se conseguían más alumnos, los profesores inestables se encargaban de esos nuevos grupos en base a un orden de prelación que a todo el profesorado nos resultaba desconocido. Ese ranking, esa lista de preferencia a la hora de dar clase, se establecía sobre criterios a los que nosotros, profesores, no teníamos acceso: ¿la antigüedad?, ¿la buena apreciación de los alumnos?, ¿la formación previa?, ¿la experiencia? Nadie lo sabía, lo que hacía de nuestra situación en la SRI una enorme fuente de inestabilidad.
Al no tener acceso a nuestras puntuaciones y posición en el ranking, los profesores estábamos siempre pendientes de hacer nuestro trabajo lo mejor posible, de rehuir todo tipo de problema o de polémica y, sobre todo, de estar a bien con quienes nos clasificaban: el coordinador pedagógico (un irlandés de pésima pronunciación y vocabulario castellanos que hacía valer su importancia a base de desplantes y rechazos del saludo), el director de la empresa ("el turronero" creo que le llamábamos, un tipo oscuro, seco y de malos modos, que basaba en una desagradable altivez la consideración que debíamos a su puesto), el jefe de estudios (un alicantino del interior que se creía el rey del mambo y que parecía distinguir la profesionalidad de sus compañeros en base a la amistad) y la jefa de personal (una excelente profesional, nantesa de nacimiento, que era consciente del ambiente de constreñimiento al que nos sometía el modo de trabajar en esa casa y nos compadecía por ello). Con Pierrette Cholet –pues tal era el nombre de esta última–, la conversación era sencilla, grata, amistosa y, sobre todo, horizontal; con Julián Oceán, el jefe de estudios, uno no sabía siempre a qué atenerse: tan pronto parecía el más cordial y cercano de los humanos como la persona más ingrata y fría que uno podía echarse a la cara; al "turronero" todo el mundo lo temía por su poder de crear y romper contratos según su gusto: ello hacía que, cuando bajaba silencioso las escaleras desde su elevado despacho personal, todos los profesores lo saludaran con una leve pero visible inclinación de cabeza. Con el irlandés, de nombre Bryan Moody, uno tampoco sabía cómo actuar. Recuerdo una ocasión en que yo estaba con otro compañero preparando mis clases en la sala de profesores cuando entró él por la puerta sin saludar ni señalar nuestra presencia allí; yo lo saludé de manera ostensible con el fin de que se percatara de su falta de delicadeza al no decirnos siquiera un lacónico "buenas tardes": él se corrigió de mala gana, sin pedir disculpas ni nada que se le pareciera. Mi compañero me reprendió por haber actuado así, señalando que más valía no ponerse en contra de los que mandaban por si las moscas; yo me reí de su consejo y le acusé con frivolidad de ser un cobarde sumiso –o algo por el estilo, pues relato sobre recuerdos en parte difusos.
Lo cierto es que la mayor parte de mis compañeros en la SRI provenían de situaciones laborales tan extrañas e inestables que lo ofrecido por la Universidad de Alicante les parecía un lujo asiático: el Español para extranjeros era una materia implantada en las universidades de manera casi extraoficial; de ahí que, en la mayoría de los casos, se trabajara en condiciones cercanas a la esclavitud. Algunos habían ejercido en academias privadas sin contrato ni seguridad social: la precariedad era habitual en ese tipo de centros, por lo que se comprendía su deslumbramiento ante lo que se les presentaba en Alicante. Otros, sin embargo, provenían de universidades públicas donde también habían trabajado sin contrato alguno; lo que en las academias parecía normal, en el caso de la enseñanza superior pública era flagrante. A mí, todo eso se me antojaba insoportable, con un bagaje profesional forjado en la muy protectora educación pública francesa, donde todo era regulado y normalizado hasta el último detalle; e incluso mi trabajo en un centro privado francés (una escuela universitaria de alta gestión y comercio) se desarrolló con las mayores transparencia y legalidad imaginables. Por eso no podía compartir el punto de vista de mis compañeros: porque mi experiencia había sido muy distinta de la suya, en el sentido de que yo jamás me sentí explotado ni menospreciado en el ejercicio de mi profesión docente. Sus muestras de cobarde sumisión o de acomodaticia comunión con todo tipo de ruedas de molino a mí me resultaban inaceptables; de ahí que yo no dejara de demostrar mi enfado ante lo que ellos y ellas consideraban como algo normal e incluido en las reglas del juego. Ese fue, creo yo, el germen de mis problemas laborales en la SRI de Alicante –y, por extensión, en mis experiencias profesionales posteriores–: ese centro de trabajo me forjó como rebelde (para parafrasear el título de Arturo Barea), como alguien que difícilmente se adaptaría, en lo sucesivo, a la sumisión a lo inaceptable en los lugares donde me ha tocado trabajar.
Las normas de esa casa eran de lo más peregrinas, y, por consiguiente, de difícil acatamiento. En aras de la buena imagen, la dirección empezó por prohibirnos comer en la sala de profesores –como si la visión de un bocadillo mordisqueado fuera a empañar la reputación y la seriedad de nuestro oficio. Para demostrar nuestra constante disposición al trabajo, se indicó la incoveniencia de leer la prensa en la sala de profesores, así como de libros que no tuvieran relación directa con nuestras clases. Por último, y para acabar de rizar el rizo, un compañero me señaló que jefatura y dirección no veían con buenos ojos las conversaciones sobre política entre los profesores. Aun resultando extrañas todas estas consignas, lo más disparatado del asunto es que mis compañeros las aceptaran y cumplieran sin rechistar, sin que un solo comentario crítico aflorara a sus bocas. Como pueden ustedes imaginar, yo intenté por todos los medios mostrar una oposición lúdica a esas prohibiciones: no me comía el bocadillo pero sí alguna galleta que otra; dejaba el periódico abierto encima de la mesa mientras preparaba mis clases; proponía a mis compañeros hablar de fútbol aun avisándoles de que mi tema preferido era la política. Y todo ello de forma ostensible y bien visible, para hacer evidente a "nuestros superiores" lo ridículo de tales planteamientos.
Recuerdo otra ocasión en que el jefe de estudios –que no sé ahora si se apellidaba Oceán, o tal vez Ferris, como las camisetas–, firmó uno de sus cotidianos comunicados por correo electrónico con su cargo: "Fdo.: el Jefe de Estudios". Al recibirlo en la salita donde se habían instalado los ordenadores, comuniqué mi extrañeza a una compañera, sobre todo porque Julián mostraba con todos nosotros una cercanía que hacía extraño el trato oficial. Leí a mi compañera el encabezado de mi respuesta, que empezaba con algo parecido a "estimado y excelentísimo señor jefe de estudios - espero que estas líneas te hallarán en perfecta salud... etc, etc". Mi colega no participó de mis risas, añadiendo que a Julián le gustaba mucho que le trataran con cortesía y utilizando el nombre de su cargo.
– Pero...: ¿no te das cuenta de que si le seguimos la corriente terminará por creerse superior a nosotros? –le dije yo con asombro–. Julián es un compañero, cuyas competencias consisten en la coordinación de las clases sin que ello merezca respetos oficiales ni mucho menos pleitesía.
– Tú haz lo que quieras –me previno, cabizbaja–. Yo prefiero hacer lo que me manden.
– Yo creo que no se trata de que nadie nos mande ni de que nosotros debamos obedecer; ahora bien, si tú prefieres llamarlo así, allá tú...
Lo cierto es que modifiqué el texto de mi respuesta y dejé de lado cualquier malabarismo irónico: me plegué al consejo de mi compañera. Pero Julián lo había oído todo desde su despacho, cuya puerta permanecía siempre abierta para abundar en su compañerismo y buena disposición.
Poco después, fui convocado por una las facultades de Magisterio de Madrid para ocupar una plaza como profesor de francés, puesto al que había optado recientemente. Me hallé en un dilema que me resultaba, por aquel entonces, de difícil solución, y ello por varios motivos: el primero, de tipo económico, ya que el salario que percibiría de una universidad pública como profesor asociado o ayudante –no recuerdo muy bien de qué tipo de plaza se trataba– era inferior al que estaba percibiendo en la SRI, empresa privada aunque participada por la pública Universidad de Alicante; el segundo motivo, de tipo profesional, ya que las posibilidades de permanencia y promoción en una facultad pública eran siempre dudosas; el tercero, de tipo logístico, ya que pensar en el inicio de una nueva mudanza, búsqueda de piso y organización de clases me producían una pereza y desazón terribles. Obraba a favor de mi marcha a Madrid que allí viviera una buena amiga como Luisa, santanderina instalada en la capital desde hacía ya varios años y con una agradable pandilla de amigos y amigas bastante asentada con la que había compartido no pocos momentos. En ese mar de dudas, telefoneé a Luisa para consultar su opinión, quien me aconsejó vivamente que fuera a Madrid, que mientras encontrara algo mejor viviría en su piso, casualmente sito a un par de manzanas de la facultad que requería mis servicios. Y aunque esos argumentos pudieran ser de peso, las dudas seguían acosándome, por lo que pedí a Bryan Moody –el irlandés coordinador pedagógico de la SRI– consejo y guía. Este me recibió en su despacho y, tras escuchar mi relato y la enumeración de mis vacilaciones, me instó a quedarme en Alicante y disfrutar de una situación laboral más satisfactoria para mi carrera y para mi cuenta bancaria. Ello me pareció una promesa de mejora que, en cierto modo, recompensaría tanto mi trabajo docente como mi decisión favorable a la SRI. Así que acepté su criterio como el más válido –que, además, me reafirmaba en mi pereza y escaso ánimo para afrontar otro cambio más– y decidí permanecer en el cálido mediterráneo junto a mi hermana, su familia y los compañeros con los que poco a poco iba congeniando ¡Qué poco preveía en ese momento que mi talante y mi forma de afrontar los conflictos me iban a deparar no pocos problemas!
A pesar de la engañosa promesa de promoción y permanencia en la SRI que me hizo el irlandés, mis problemas en ese centro empezaron a hacerse evidentes con ocasión de un par de encontronazos que tuve con unas cuantas alumnas matriculadas en mis cursos. En el primer caso, se trataba de dos estudiantes italianas, de Nápoles, provenientes del programa europeo Sócrates, quienes parecían venir a clase más a ligotear que a aprender lo que yo pudiera enseñarles. En una ocasión en que entraron en el aula bien pasada media hora desde el comienzo de la clase, interrumpiendo a sus compañeros con sus aspavientos, comentarios y coqueteos varios, les indiqué que otra vez que llegaran tarde procuraran no molestar; una de ellas, mientras yo les decía eso, seguía de cháchara con un guapo alemán; la otra me espetó de manera en exceso desenfadada que si se retrasaban era porque otras obligaciones las requerían. Tal fue el desparpajo con que me dijo eso que les pedí que abandonaran el aula, a lo que se negaron; yo insistí comprendiendo que de ello dependía mi autoridad moral ante mi alumnado, consiguiendo al final que se fueran. Al terminar la clase, me dirigí como siempre a la sala de profesores, cruzándome con ellas a salir del despacho del jefe de estudios. Éste me llamó para contarme que había hablado con las dos chicas italianas, que estaban indignadas por haber sido expulsadas de clase delante de todos sus compañeros. De poco valieron mis argumentos ante la aseveración de que esa escuela, la SRI, era un centro privado en el que los alumnos pagaban por recibir clases y que debían sentirse a gusto.
– O sea, que, como clientes, siempre tendrán la razón, ¿no es así? –le pregunté yo con sarcasmo.
– Así es. Y nosotros estamos a su servicio.
Le recriminé con suavidad que hubiera antepuesto el bienestar de dos niñas caprichosas al de un profesor en el ejercicio de su trabajo, y que eso dejaba entrever un sentido muy poco habitual del compañerismo. "Esto es una empresa", me espetó.
El otro episodio, decisivo éste para mi permanencia en la SRI, se produjo a raíz de un rifirrafe con dos alumnas rusas, residentes en el Mediterráneo desde poco tiempo atrás. Una de ellas, alta, rubia y delgada, de largos y poderosos dientes, era la simpatía personificada; la otra, rubia también, pero de rostro y cuerpo poderosos y hombrunos, estaba habitada por un incontrolable espíritu de contradicción, que le empujaba a maltratar verbalmente a quien le viniera en gana. En una ocasión, mientras yo escribía la solución a un ejercicio encargado la víspera, ella dijo con su voz de barítono:
¡Eso no se escribe así!
¿El qué? –le pregunté yo al tiempo que me volvía para darle la cara.
Esa frase, que no se escribe así –insistió.
¿Pretendes saber más de lengua española que yo?
Yo pretendo lo que quiero; pero eso lo has escrito mal –replicó en tono condenatorio.
Al día siguiente, con ocasión de otro rifirrafe parecido, le señalé que no comprendía esa actitud constantemente negativa, pues contribuia con ella a crear un ambiente de crispación en el aula; a ella pareció gustarle esa afirmación, pues se sonrió satisfecha de los efectos de su comportamiento. Yo no pude disimular una expresión de molesto enfado.
A la mañana siguiente, día 1 de marzo de 2001, tras hora y media de clase normal, y después del descanso, dije a mis alumnos que íbamos a hacer un ensayo del examen oral, y que para ello debían esperar fuera del aula a que los fuera llamando uno a uno. Cuando ya habían pasado cuatro o cinco alumnos, se presentó el jefe de estudios para decirme que la clase había terminado y que acudiera de inmediato a su despacho. Las rusas me sonrieron con sorna cuando pasé a su lado camino de las oficinas. En su despacho, Julián me dijo que eso no podía seguir así; que era ya la segunda ocasión en que se producían quejas por parte de mis alumnos, lo que resultaba del todo inadmisible en una escuela privada como la nuestra. De común acuerdo con el coordinador pedagógico –el irlandés–, habían decidido suspenderme de empleo hasta nueva orden, por lo que, si lo deseaba, podía marcharme del centro y no volver hasta que me lo dijeran.
  • Gracias por la zancadilla –le espeté con no poca rabia.
Lo ocurrido podía deberse a que, mientras esperaban su turno para el ensayo de examen oral, las dos rusas fueron a hablar con el jefe de estudios y exponerle la situación desde su punto de vista. De dicho encuentro da fe la presentación de motivos del "Informe Expediente Informativo" que me abrieron sin que mediara comunicación ninguna y que debió de serme entregado en algún momento de su tramitación.2
Como pueden imaginar ustedes, mi asombro fue mayúsculo. A una hora en que todos mis compañeros seguían en clase, recogí mi chaqueta y mi cartera de la sala de profesores y abandoné la universidad presa de una perplejidad absoluta. El desplazamiento hasta mi domicilio me permitió asentar un poco mis ideas, decidiendo no dejar de acudir al día siguiente al trabajo por temor a que me acusaran de abandono del puesto.
A la mañana siguiente llegué a las nueve menos cinco, cruzándome en la puerta de la sala de profesores con mis compañeros, que salían camino de sus respectivas aulas cargados con sus libros, carpetas y magnetófonos para actividades de escucha. Me sentí en cierto modo privilegiado, por saber que iba a disponer de mi tiempo como quisiera mientras ellos deberían cumplir con su tarea de todos los días. Julián, el jefe de estudios, se sorprendió sobremanera al verme. Me senté ante un ordenador y me dispuse a dejar pasar las horas con el mejor de los talantes, con aplomo, convencido de que yo no tenía culpa en el asunto y que era ese enrarecido ambiente laboral el causante de todo, al intentar hacerme plegar a sus inútiles exigencias. Al cabo de un rato, fui al despacho de Pierrette Cholet, la jefa de personal, para intentar recabar de ella algún consejo para salir bien parado de la situación.
Ya sabes cómo son las cosas aquí, Francisco. ¿Has hablado con Greta, la delegada sindical?
Fui a ver a la tal Greta –cuyo nombre acabo de inventar, pues no recuerdo cuál era la gracia de esta alemana campechana y simpaticona, tan directa y sincera en sus apreciaciones como un puñetazo en el estómago.
Sí –me comentó Greta–, ya sé de lo tuyo con Julián. Pero..., ¿habéis tenido alguna gresca? –me preguntó extrañada–. ¿Le has robado la novia o algo por el estilo?
Yo le contesté que no, desde luego que no. Ella me aclaró que me lo preguntaba ante las demostraciones de encono de Julián; como si todo ello viniera de un asunto personal.
Si hay algo personal en todo esto –le dije–, lo desconozco. Pero, ¡si este fin de semana hemos estado como dos buenos amigos, riendo y charlando juntos, en casa de Hermann (otro profesor, alemán, cuyo nombre he olvidado), con Pierrette y algunos profesores cuando nos invitó a una paella...!
Pues parece que el puñetero Oceán te la tenía jurada –me señaló–. Yo que tú hablaría con tus compañeras Ana y Pilar, que son de los sindicatos, y a ver qué te dicen. Pero, ¡cuidado!, porque son amigas de Julián desde hace tiempo; y si son fijas, debe de ser por algo.
Greta tenía razón: debí haber tenido cuidado al hablar con las dos sindicalistas, quienes dieron en todo momento razón al jefe de estudios reafirmando la tesis oficial.
¿No me vais a apoyar en caso de que la cosa vaya a peor? –les pregunté, verdaderamente extrañado por su actitud pasota.
Desde luego que sí: para eso somos las representantes de los trabajadores en esta empresa.
Al cabo de un rato, los profesores fueron acudiendo a la sala conforme terminaban sus clases. A medida que se presentaban y dejaban sus bártulos en los estantes, yo les informé de la situación, demostrando un asombro temeroso a medida que escuchaban mi relato de los hechos; algo que debió de hacerse patente para el jefe de estudios quien escuchaba atento tras su abierta puerta. Uno de mis compañeros, andaluz de Granada, Manuel (pongamos por caso que se llamara así), con bastante predicamento entre los profesores, me invitó a salir al patio para intercambiar unas palabras; allí me dijo que estaba a mi disposición para lo que necesitara, y que ya algunos compañeros habían pensado en que nos reuniéramos esa misma tarde para pergeñar juntos una estrategia de defensa. Quedó en que me llamaría en caso de que esa reunión se convocara, y a mí me hizo recuperar la confianza que Ana y Pilar, las sindicalistas fijas amigas de Oceán, habían deshecho con su actitud.
El día siguiente, santa Águeda (5 de marzo?)3, el jefe de estudios envió por correo electrónico interno una imagen de una rosa, dirigida especialmente a todas las compañeras. Hubo mensajes de agradecimiento; hubo quien no respondió; en general, el detalle fue bien aceptado. Yo elegí, sin embargo, intentar compensar mi resquemor mediante el ataque a esa iniciativa. Redacté un texto en el que decía que la celebración del día de las mujeres en esos términos, con flores y palabras acarameladas, no era sino un recordatorio de la sumisión en la que los hombres quieren obligar a permanecer a sus compañeras féminas; regalarles una flor e invitarles a permanecer siempre frescas y bellas era una llamada a la infantilización femenina, y que cualquier mujer autónoma y responsable de sí misma debería rechazar esas demostraciones de machismo paternalista. O algo así. Ojalá hubiese conservado ese correo, que debía de estar cargado de rabia y ánimo de ofender.
Las reacciones no se hicieron esperar. Mis compañeras Ana y Pilar, las sindicalistas fijas, reprendieron mi conducta; el resto de profesoras comentó con desdén no finjido que me había excedido; Pierrette y Greta, la francesa y la alemana, fueron las únicas mujeres que aplaudieron mi texto y dijeron estar de acuerdo con lo que en él se exponía. En cuanto a los hombres, el alemán Hermann me felicitó con risas, al contrario de mis compañeros profesores, quienes manifestaron que se trataba de un detalle simpático y que no había que sacarle punta a todo. ¿Seremos machistas los españoles? Greta dijo que sí, y que además, la gente de la SRI eran todos unos carcas, por lo que no debían extrañarme sus reacciones.
Esa misma mañana fui convocado a una reunión con Pierrette Cholet, jefa de personal, y Pilar Barra, una de las dos sindicalistas fijas, en la que me informaron del cariz que habían tomado las cosas y me pidieron declaración. Por lo leído4, parecer ser que algunos alumnos se mostraron descontentos con mi manera de enseñar, en ocasiones exigente y en otras posiblemente desdeñosa con quien no poseía los conocimientos necesarios para figurar en determinado nivel lingüístico, y que ello determinó sus quejas en bloque. Las conclusiones del "Informe" que me entregaron más adelante, y que intentan contrastar los testimonios de todas las partes implicadas, muestran no obstante algunas incoherencias a ese respecto que impiden comprender con claridad el diferendo. Como se puede leer en la página 4 de ese "Informe", sólo se mantuvo entrevista con cinco alumnos de un grupo de 13 –lo que hace difícil extraer de ello una opinión generalizada–; de esos cinco, tan sólo tres mostraron su descontento, dentro de los cuales uno manifestó que los problemas se presentaron a partir de febrero –cuando entraron las dos rusas en el grupo–. Más adelante, el "informe" declara la siguiente duda: "es difícil comprender el por qué (sic.) si únicamente dos alumnos han tenido problemas con el profesor la queja fue generalizada por parte del grupo al jefe de estudios". Y la pregunta que cabe formularse tras esta conclusión se centra en el tratamiento de la información por parte de ese jefe de estudios. En otro punto se concluye que las quejas podían provenir de que yo hubiese creado en los alumnos "una imagen de frialdad y distanciamiento"; no obstante esto, tal y como queda reflejado en mi declaración, mis estudiantes me habían pedido que celebráramos durante el último día de clase dos cumpleaños: incomprensible petición en medio del gélido ambiente que se pretendía que yo había creado.
La mañana de después, los acontecimientos se aceleraron. A primera hora, Manuel me anunció, con cara de circunstancias, que la prevista reunión de apoyo no se iba a celebrar. Le dije que lo que me hubiese extrañado habría sido lo contrario. Poco después, Pierrette me llamó a su despacho de jefatura de personal para entregarme la hoja de despido.5 Ni una despedida, ni un abrazo, ni una muestra de efusividad cuando mis compañeros me vieron recoger mis pocas pertenencias y marcharme de allí cabizbajo; triste, sí, pero con una sensación de liberación, de haber dado carpetazo a una situación incómoda y molesta, de haber mandado a freír esparragos un trabajo y a una gente que, me dije para consolarme, no me merecían.
No recuerdo si me fui de Alicante habiéndoles enviado una misiva por correo electrónico en la que les recriminara su actitud cobarde, sumisa y poco solidaria. Lo cierto es que cuando volví a esa ciudad para asistir al acto de arbitraje en Trabajo no llamé a ninguno de mis compañeros profesores; tan sólo a Pierrette y a Greta, a quienes comenté el resultado del arbitraje y agradecí su ayuda y su apoyo. El Ministerio calificó el despido de improcedente y ordenó el pago de una indemnización.6
Este episodio de Alicante, como decía más arriba, me inculcó la insumisión, que se convertiría en una actitud casi militante en la medida en que la gente de mi entorno se mostrase proclive a lo contrario. Aun siendo hijo de militar –y tal vez a causa de ello mismo–, objeté a hacer la mili precisamente para no tener que acatar órdenes de nadie. Pero una cosa es cumplir órdenes –lo que responde al concepto de obediencia– y otra muy distinta es seguir indicaciones en pos de una meta común –en cuyo caso provienen de alguien en quien se confía para que coordine o dirija. En la SRI de Alicante, el ambiente era de obediencia debida y obligada a una jerarquía establecida, principalmente, por el miedo a bajar puestos en ese misterioso ranking en el orden de prelación de los profesores –en definitiva, a perder el trabajo; y, atenazado por el miedo no se puede, no se debe, trabajar con la necesaria comodidad. Creo que ese miedo justificaba en gran medida la actitud de mis compañeros profesores: como sentimiento irracional, resulta en ocasiones incontrolable. Pero aceptarlo como viene o decidir trascenderlo pertenece al ámbito de las decisiones personales: uno elige plegarse o no, y mis compañeros se plegaron. Lo triste del asunto es que, al plegarse para conservar su trabajo, dejaran de lado a un compañero que sufría las consecuencias de esa adocenante gestión de personal, que hicieran piña –rebaño, podría decir– frente a la excepción que yo representaba para ellos. Ahora bien, ¿no podrían haber utilizado esa piña, ese funcionamiento de grupo cerrado que desmostraron tener frente a mí, para oponerse en masa a la dirección de la SRI? ¿Un desplante masivo, que paralizase las clases durante un par de semanas con la consiguiente pérdida de ingresos, no habría obligado a la dirección a negociar, a asegurar la transparencia de los criterios de promoción y a mejorar en definitiva las condiciones de trabajo de los profesores? Tal vez sí, pero estamos todos, en general, suficientemente acojonaos como para arañar siquiera, ya no para morder, la mano que nos da de comer.
1 Tal vez modificar o actualizar esos datos
2 Adjuntar (tal vez en anexo) Informe Expediente informativo
3 Comprobar festividad de sta águeda en 2001.
4 Ver páginas 1 y 2 del Informe Expediente Informativo.
5 adjuntar (tal vez en anexo) la hoja de despido de 7 de marzo de 2001 firmada por Fco Iváñez Olcina (coord gral)

6 Adjuntar acta de conciliación de 30 abril + la liquidación firmada por Pierrette

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