3. ANTECEDENTES: TERUEL Y HUESCA, PRIMERAS EOIS
Tras
un tiempo de desempleo en Huesca, me inscribí en las listas de
interinos para profesores de EOI y de Secundaria (en ambos casos, en
la especialidad de francés). Presenté mis méritos
en los diferentes ámbitos de baremación y me
concedieron una puntuación que consideré por debajo de
mi experiencia y de mi formación. Alegué, sin éxito;
recurrí en alzada, sin éxito; tuve que interponer un
contencioso, que se resolvió a favor de mis intereses; pero la
DGA, como parece ser que hace de oficio, apeló y el caso debió
esperar los 4 años habituales a que el Tribunal Superior de
Justicia de Aragón lo estudiase. La baremación tuvo
lugar en julio de 2002; el contencioso en 2003, el TSJA no falló
hasta 2007, instando a la DGA al cumplimiento de mis derechos
administrativos y económicos –lo cual sólo se hizo
efectivo a principios de 2008: me pagó unos seis millones de
pesetas (36.000 euros) en concepto de atrasos y me hizo subir casi 20
puestos en la lista de interinos. ¡Errores de la Administración
que terminamos pagando todos los contribuyentes! Pero me estoy
desviando del asunto.
Una
vez en listas, sólo quedaba esperar la adjudicación en
interinidad de alguna plaza que me conviniera. El sistema funcionaba
entonces de la misma manera que ahora, seis años más
tarde: los aspirantes deben consultar la web de la Consejería
aragonesa de Educación todos los lunes y jueves, con el fin de
comprobar si han sido convocados para alguno de los puestos liberados
en los centros de enseñanza de la comunidad. En caso de que
así sea, los aspirantes deben o pueden solicitar optar a esa
plaza, dependiendo de dos condiciones marcadas por la normativa: si
la plaza se halla dentro de la provincia de referencia del candidato
(la elegida en solicitud o asignada de oficio) y si es a tiempo
completo; si esas dos condiciones se cumplen, el aspirante está
obligado a solicitar esa plaza, o, en caso de no hacerlo, decaerá
de las listas hasta nueva rebaremación o convocatoria de
oposiciones. Yo quedé en el puesto 66 de la lista de EOI
francés, habiéndome asignado por oficio Teruel como
provincia de referencia –tal vez porque pocos aspirantes elegían
dicha provincia por su lejanía a Zaragoza y Huesca.
A
finales de septiembre de 2002, mi amiga Inma Pérez Jordán,
andaluza residente en Toulouse, me pidió que le ayudase en la
mudanza de sus muebles a Granada; para ello debería alquilar
una camioneta en Huesca, ir con ella a la ciudad francesa, cargar, y,
juntos, hacer el largo viaje hasta Andalucía. Justo la víspera
de iniciar el viaje, vi en la web de la Consejería que me
habían seleccionado para optar a una plaza a un cuarto de
jornada (sí: ¡eso existe!) en la EOI de Teruel. Nervioso
por la coincidencia de la convocatoria con la mudanza de Inma, fui a
pedir información a la sección de Personal docente de
la Dirección Provincial de Educación de Huesca, con el
fin de averiguar hasta qué punto estaba obligado a optar por
una plaza de tan poco volumen lectivo y tan lejos de mi ciudad de
residencia –entonces yo no conocía la normativa relativa a
adjudicaciones. Estando ausente en ese momento la persona que se
ocupaba de atender los asuntos de Secundaria y EOIs, me recibió
una rubia alta que decía ocuparse de Primaria –lo que venía
a ser lo mismo en cuestiones de selección de personal
interino. A mi petición de aclaración sobre el asunto,
ella me remitió a la normativa recientemente publicada con una
insistencia digna del mejor Anguita ("¡programa,
programa!", ¿recuerdan?); yo insistí en que su
función en ese mostrador era informar a quien así se lo
solicitaba, y que habiendo leído la citada normativa
encontraba dudas que esperaba que ella me aclarase.
–
¿Debo solicitar una plaza a un cuarto de jornada en mi
provincia de referencia? ¿Estoy obligado a ello para no decaer
en las listas?
–
Tú solicítala por si acaso.
Y
así lo hice. Imprimí la solicitud electrónica
con mi opción marcada con una cruz y la entregué a esa
misma funcionaria, quien la recogió en nombre de su compañero.
Y
me fui a Toulouse.
Al
día siguiente, consulté en un cybercafé tolosano
el resultado de las adjudicaciones para las plazas convocadas: a mí
me habán adjudicado la plaza en la EOI de Teruel. En ese mismo
momento volví a casa de Inma, quien no había dado de
baja todavía su línea de teléfono, y llamé
a Personal de Teruel para averiguar si me veía obligado a
acudir al día siguiente a tomar posesión de la plaza
–algo que no deseaba lo más mínimo no sólo
porque truncaba mis planes de quedarme unos días por Granada,
sino porque no me seducía la idea de trabajar en la ciudad
mudéjar a un cuarto de jornada. Una administrativa me pasó
con la jefa de personal turolense, quien enseguida me tuteó:
me dejó chocado, acostumbrado como estaba otra vez al habitual
trato de usted en Francia. Se lo señalé al instante,
preguntándole por qué me tuteaba; ella se quedó
cortada, enfriando de esa manera nuestro trato telefónico y,
como me daría cuenta a la postre, durante los meses venideros.
Como era de esperar me contestaron afirmativamente, subrayando la
obligación que tenía de firmar la posesión si no
quería decaer (ser eliminado) de la lista de interinos para
los próximos cuatro años. Alegué que todo había
sido un error por parte de Personal de Huesca, pidiéndoles
además que se pusieran en contacto con ellos para intentar
deshacer el entuerto; eso, comprendí, era asunto mío.
Pero en las dependencias de Educación de mi ciudad ya no había
nadie. Volví a hablar con Teruel, donde me señalaron la
conveniencia de presentarme al día siguiente bien para firmar
aceptando la plaza, bien para intentar resolver el malentendido.
Madrugón,
carretera y manta, a la una de la tarde estábamos Inma y yo en
Teruel tras un viaje agotador. En la Dirección Provincial de
Teruel no me permitieron hablar con Huesca, por lo que tuve que
hacerlo desde una cabina. Tras varios intentos, conseguí dar
con la jefa de personal oscense, quien defendió la eficiencia
de sus subalternos y depositó la responsabilidad del error en
mi persona: no le faltaba razón. Pero lo cierto es que los
funcionarios de Personal docente se debían a los usuarios del
servicio, y un fallo en su atención al público podía
repercutir no sólo en una adjudicación indebida a un
profesor, sino también en una atribución errónea
a un escolar. La eficiencia de esos funcionarios ha quedado, además,
más de una vez en entredicho. El caso sufrido por un amigo mío
da cuenta de ello. Profesor interino de Secundaria, fue convocado
para optar a tres plazas de otros tantos institutos en Zaragoza,
siendo Huesca su provincia de referencia; preguntó en Personal
docente si debía marcar con una cruz las tres opciones, a lo
que se le respondió que con una bastaba pues se sobreentendía
que cualquiera de las tres le parecía igual, por motivos
geográficos: automáticamente se le impidió en lo
sucesivo participar en cualquier plaza convocada para la provincia de
Zaragoza, pues había rechazado dos plazas (al sólo
marcar una de tres) a tiempo completo. Y ello durante los tres años
que restaban hasta una nueva rebaremación o convocatoria de
oposiciones, por culpa de la pésima disposición de los
funcionarios a informar debidamente: "¡normativa,
normativa!"
Convine
con la jefa de personal oscense que tomaría posesión
provisional de la plaza de Teruel, a la espera de que se resolviese
la reclamación que prometí formular.1
Y con ese estado de ánimo fui a la EOI. Tuve que esperar a que
el director apareciera a las tres de la tarde, hora de inicio de su
horario, para hablar con él. A la larga se revelaría
como un excelente director y mejor persona, pero en ese momento fue
inflexible, pues quería asegurarse la cobertura de esa plaza
aunque fuera a causa de un error burocrático. No obstante, me
permitió no incorporarme ipso
facto y
continuar el viaje hasta Granada, prometiendo presentarme sin
dilación el próximo lunes por la mañana. Y
cumplí.
La
existenca de un cuarto de jornada por cubrir se debía a la
reducción en su horario solicitada por una profesora de
francés, de nombre Patricia; algo a lo que tenía
derecho por motivos de maternidad o algo por el estilo. La
disposición de Patricia a ayudarme y guiarme en mis primeros
pasos fue completa, y no sólo por simpatía o por
afinidad profesional, sino sobre todo porque me iba a hacer cargo de
sus alumnos, cuya enseñanza retomaría ella tras el
paréntesis de su período de reducción de
jornada. Este detalle sería crucial en el ejercicio de mis
funciones en la EOI de Teruel, así como para la consideración
de mi mentora entre sus compañeros.
Tras
unos cuantos meses, llegó la fecha de los exámenes de
febrero, que si bien tenían una mínima repercusión
en la nota final de curso, eran un ensayo de la evaluación de
junio. Patricia, apuesto que con buen criterio y en base al motivo
expuesto más arriba, me facilitó el ejercicio de examen
para un grupo del que ella se encargaría tras ese período
de mi interinidad; yo acepté, señalando que encontraba
lógico que quien redactara el examen poseyera las claves de
corrección. Es decir, que si quería imponerme ese
ejercicio, por muy amablemente que lo hiciera, ella debería
encargarse de su corrección. Ella se negó, y debo decir
que de manera un tanto cerril. En ningún momento, creo
recordar, se planteó la posibilidad de que yo mismo elaborara
el ejercicio de examen –como sí que hice con el otro grupo
del que era responsable, de 5º curso–, lo que conllevaría
que me hiciera cargo de su corrección. Lo importante del caso
es que ambos, Patricia y yo, pusimos el asunto en conocimiento de la
dirección del centro, quienes comprendieron mejor mis motivos
que los de mi compañera. Esta no aceptó de buen grado
el veredicto del director, por lo que acudió a una persona de
su amistad que ocupaba algún cargo elevado en la Dirección
turolense de Educación. El asunto volvió a manos del
director de la EOI, quien, ante ese evidente puenteo en sus
responsabilidades, se reafirmó en su decisión. Patricia
se rebeló en vano, y por mucho que elevara la voz y de manera
vehemente defendiera su punto de vista ante todos los integrantes del
claustro, nadie le dio jamás la razón. Se granjeó,
además, una enemistad evidente entre nuestros compañeros
profesores, en una especie de ostracismo que, a la postre, ha
resultado habitual entre los claustros docentes que he conocido
directa o indirectamente.
Mi
relación con mis compañeros turolenses fue, sin
embargo, excelente; y yo creo que en buena parte debido a las
inmejorables cualidades humanas de director y jefa de estudios. Buen
ambiente de trabajo, salidas a cenar semanales, intercambio de
favores... Recuerdo con especial cariño a Ana, profesora de
francés e italiano al mismo tiempo, y a Paola, italiana,
quienes en todo momento se desvelaron por hacerme la vida grata en la
fría Teruel. En ocasiones se nos unía Teresa, profesora
de alemán, quien me alojó desinteresadamente en su casa
durante la única noche que, por semana, solía
permanecer en la ciudad. Completaba el grupo la secretaria del
centro, una tal Fefa, zaragozana exiliada en Teruel por motivos
laborales, que centraba su ocio en los cotilleos de la televisión:
ha sido la única persona a quien he oído confesar sin
sonrojo ninguno que programaba su vídeo para grabar los
cotilleos de "Salsa Rosa" en caso de que ella saliera un
sábado por la noche.
Creo
que mi reputación empezó a forjarse en los pocas
reuniones de profesores a las que pude asistir en Teruel. En un par
de ocasiones insté al claustro a que se hiciera eco de las
reivindicaciones de los interinos para resolver la situación
de precariedad laboral de estos; y por mucho que director, jefa de
estudios y el delegado del sindicato STE, profesor titular de inglés,
insistieran que el claustro de una EOI no era el lugar para formular
tales reivindicaciones, mis compañeras y yo conseguimos que el
Centro redactara un escrito en el que pedía una solución
de estabilidad. Magra victoria, más simbólica que nada,
casi pírrica en lo tocante a mi trayectoria dentro de las EOIs
aragonesas.
A
finales de abril de 2003 terminó mi período de trabajo
en Teruel, pues Patricia recuperó la totalidad de su jornada
lectiva. De vuelta a Huesca, una de mis obsesiones fue evitar que me
adjudicaran de nuevo un puesto tan alejado de mi domicilio, por lo
que se hacía necesario un cambio de la asignación de mi
provincia de referencia. Ya en octubre del año anterior había
solicitado ese cambio a un tal Ángel Martínez
respondiéndome un tal Ignacio Taluego: imposible satisfacer mi
petición. En otra ocasión, y con motivo de una
intervención en un programa televisivo en Localia-Huesca como
representante de Ecologistas en Acción, me crucé en los
pasillos del estudio con la que era entonces consejera aragonesa de
Educación, Eva Molino, a quien me dirigí para exponerle
directamente mi caso. Muy comprensiva, me dijo que eso debía
solucionarse, y que no dejara de escribirle para contárselo
con toda suerte de detalles. Y con fecha de 22 de abril de 2003,
remití sendas cartas a la consejera y, a instancias suyas, al
director general de personal de Educación, Diego Poblado:
inútil, pues ni Molino me contestó para cumplir con su
palabra, ni Poblado satisfizo mi petición.2
En
mayo de ese mismo 2003, un juez de Zaragoza dictó sentencia a
dándome la razón en el contencioso que interpuse contra
la DGA por disconformidad con mi puntuación. Ese mes de julio,
se publicaron de nuevo las listas de interinos sin que en mis datos
figurara ninguna modificación, ni de puntuación ni de
provincia de referencia. Formulé una reclamación que
fue desoída: como he señalado algunas páginas
antes, debí esperar cinco años a que la DGA se viera
obligada a darme la razón.
El
curso siguiente, 2003-2004, ocupé una sustitución de
casi tres meses en la EOI de Huesca. Allí pude darme cuenta de
lo avieso de muchos compañeros, reñidos entre sí
por un quítame allá esas pajas, recalcitrantes en sus
críticas a los colegas que habían perdido su afecto. En
el mismo seno del departamento de francés, compuesto por
cuatro miembros, dos de sus profesoras tan apenas cruzaban palabra
con otra, por motivos que me eran completamente desconocidos; la
tensión que esa situación producía en las
reuniones periódicas del departamento era molestísima,
pues mis compañeras se veían obligadas a conversar
entre ellas. En inglés ocurría tres cuartos de lo
mismo, con el añadido de que el número de docentes era
mayor. En italiano las relaciones y el trabajo eran inmensamente
mejores gracias a la presencia balsámica de Alida Albali,
excelente profesora, volcada en su trabajo y sus amigos, quien
tampoco se explicaba por qué eran tan aficionados los
profesores a buscarse enemistades, a nombrar chivos expiatorios, a
construir malas reputaciones en base a rumores y falsos indicios...
1
Adjuntar copia de la carta enviada a Angel Martinez, Director Gral
Personal
2
Adjuntar documentos 01 y carta enviada a Poblado

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