martes, 20 de mayo de 2014

3. ANTECEDENTES: TERUEL Y HUESCA, PRIMERAS EOIS

 Tras un tiempo de desempleo en Huesca, me inscribí en las listas de interinos para profesores de EOI y de Secundaria (en ambos casos, en la especialidad de francés). Presenté mis méritos en los diferentes ámbitos de baremación y me concedieron una puntuación que consideré por debajo de mi experiencia y de mi formación. Alegué, sin éxito; recurrí en alzada, sin éxito; tuve que interponer un contencioso, que se resolvió a favor de mis intereses; pero la DGA, como parece ser que hace de oficio, apeló y el caso debió esperar los 4 años habituales a que el Tribunal Superior de Justicia de Aragón lo estudiase. La baremación tuvo lugar en julio de 2002; el contencioso en 2003, el TSJA no falló hasta 2007, instando a la DGA al cumplimiento de mis derechos administrativos y económicos –lo cual sólo se hizo efectivo a principios de 2008: me pagó unos seis millones de pesetas (36.000 euros) en concepto de atrasos y me hizo subir casi 20 puestos en la lista de interinos. ¡Errores de la Administración que terminamos pagando todos los contribuyentes! Pero me estoy desviando del asunto.
Una vez en listas, sólo quedaba esperar la adjudicación en interinidad de alguna plaza que me conviniera. El sistema funcionaba entonces de la misma manera que ahora, seis años más tarde: los aspirantes deben consultar la web de la Consejería aragonesa de Educación todos los lunes y jueves, con el fin de comprobar si han sido convocados para alguno de los puestos liberados en los centros de enseñanza de la comunidad. En caso de que así sea, los aspirantes deben o pueden solicitar optar a esa plaza, dependiendo de dos condiciones marcadas por la normativa: si la plaza se halla dentro de la provincia de referencia del candidato (la elegida en solicitud o asignada de oficio) y si es a tiempo completo; si esas dos condiciones se cumplen, el aspirante está obligado a solicitar esa plaza, o, en caso de no hacerlo, decaerá de las listas hasta nueva rebaremación o convocatoria de oposiciones. Yo quedé en el puesto 66 de la lista de EOI francés, habiéndome asignado por oficio Teruel como provincia de referencia –tal vez porque pocos aspirantes elegían dicha provincia por su lejanía a Zaragoza y Huesca.
A finales de septiembre de 2002, mi amiga Inma Pérez Jordán, andaluza residente en Toulouse, me pidió que le ayudase en la mudanza de sus muebles a Granada; para ello debería alquilar una camioneta en Huesca, ir con ella a la ciudad francesa, cargar, y, juntos, hacer el largo viaje hasta Andalucía. Justo la víspera de iniciar el viaje, vi en la web de la Consejería que me habían seleccionado para optar a una plaza a un cuarto de jornada (sí: ¡eso existe!) en la EOI de Teruel. Nervioso por la coincidencia de la convocatoria con la mudanza de Inma, fui a pedir información a la sección de Personal docente de la Dirección Provincial de Educación de Huesca, con el fin de averiguar hasta qué punto estaba obligado a optar por una plaza de tan poco volumen lectivo y tan lejos de mi ciudad de residencia –entonces yo no conocía la normativa relativa a adjudicaciones. Estando ausente en ese momento la persona que se ocupaba de atender los asuntos de Secundaria y EOIs, me recibió una rubia alta que decía ocuparse de Primaria –lo que venía a ser lo mismo en cuestiones de selección de personal interino. A mi petición de aclaración sobre el asunto, ella me remitió a la normativa recientemente publicada con una insistencia digna del mejor Anguita ("¡programa, programa!", ¿recuerdan?); yo insistí en que su función en ese mostrador era informar a quien así se lo solicitaba, y que habiendo leído la citada normativa encontraba dudas que esperaba que ella me aclarase.
– ¿Debo solicitar una plaza a un cuarto de jornada en mi provincia de referencia? ¿Estoy obligado a ello para no decaer en las listas?
– Tú solicítala por si acaso.
Y así lo hice. Imprimí la solicitud electrónica con mi opción marcada con una cruz y la entregué a esa misma funcionaria, quien la recogió en nombre de su compañero. Y me fui a Toulouse.
Al día siguiente, consulté en un cybercafé tolosano el resultado de las adjudicaciones para las plazas convocadas: a mí me habán adjudicado la plaza en la EOI de Teruel. En ese mismo momento volví a casa de Inma, quien no había dado de baja todavía su línea de teléfono, y llamé a Personal de Teruel para averiguar si me veía obligado a acudir al día siguiente a tomar posesión de la plaza –algo que no deseaba lo más mínimo no sólo porque truncaba mis planes de quedarme unos días por Granada, sino porque no me seducía la idea de trabajar en la ciudad mudéjar a un cuarto de jornada. Una administrativa me pasó con la jefa de personal turolense, quien enseguida me tuteó: me dejó chocado, acostumbrado como estaba otra vez al habitual trato de usted en Francia. Se lo señalé al instante, preguntándole por qué me tuteaba; ella se quedó cortada, enfriando de esa manera nuestro trato telefónico y, como me daría cuenta a la postre, durante los meses venideros. Como era de esperar me contestaron afirmativamente, subrayando la obligación que tenía de firmar la posesión si no quería decaer (ser eliminado) de la lista de interinos para los próximos cuatro años. Alegué que todo había sido un error por parte de Personal de Huesca, pidiéndoles además que se pusieran en contacto con ellos para intentar deshacer el entuerto; eso, comprendí, era asunto mío. Pero en las dependencias de Educación de mi ciudad ya no había nadie. Volví a hablar con Teruel, donde me señalaron la conveniencia de presentarme al día siguiente bien para firmar aceptando la plaza, bien para intentar resolver el malentendido.
Madrugón, carretera y manta, a la una de la tarde estábamos Inma y yo en Teruel tras un viaje agotador. En la Dirección Provincial de Teruel no me permitieron hablar con Huesca, por lo que tuve que hacerlo desde una cabina. Tras varios intentos, conseguí dar con la jefa de personal oscense, quien defendió la eficiencia de sus subalternos y depositó la responsabilidad del error en mi persona: no le faltaba razón. Pero lo cierto es que los funcionarios de Personal docente se debían a los usuarios del servicio, y un fallo en su atención al público podía repercutir no sólo en una adjudicación indebida a un profesor, sino también en una atribución errónea a un escolar. La eficiencia de esos funcionarios ha quedado, además, más de una vez en entredicho. El caso sufrido por un amigo mío da cuenta de ello. Profesor interino de Secundaria, fue convocado para optar a tres plazas de otros tantos institutos en Zaragoza, siendo Huesca su provincia de referencia; preguntó en Personal docente si debía marcar con una cruz las tres opciones, a lo que se le respondió que con una bastaba pues se sobreentendía que cualquiera de las tres le parecía igual, por motivos geográficos: automáticamente se le impidió en lo sucesivo participar en cualquier plaza convocada para la provincia de Zaragoza, pues había rechazado dos plazas (al sólo marcar una de tres) a tiempo completo. Y ello durante los tres años que restaban hasta una nueva rebaremación o convocatoria de oposiciones, por culpa de la pésima disposición de los funcionarios a informar debidamente: "¡normativa, normativa!"
Convine con la jefa de personal oscense que tomaría posesión provisional de la plaza de Teruel, a la espera de que se resolviese la reclamación que prometí formular.1 Y con ese estado de ánimo fui a la EOI. Tuve que esperar a que el director apareciera a las tres de la tarde, hora de inicio de su horario, para hablar con él. A la larga se revelaría como un excelente director y mejor persona, pero en ese momento fue inflexible, pues quería asegurarse la cobertura de esa plaza aunque fuera a causa de un error burocrático. No obstante, me permitió no incorporarme ipso facto y continuar el viaje hasta Granada, prometiendo presentarme sin dilación el próximo lunes por la mañana. Y cumplí.
La existenca de un cuarto de jornada por cubrir se debía a la reducción en su horario solicitada por una profesora de francés, de nombre Patricia; algo a lo que tenía derecho por motivos de maternidad o algo por el estilo. La disposición de Patricia a ayudarme y guiarme en mis primeros pasos fue completa, y no sólo por simpatía o por afinidad profesional, sino sobre todo porque me iba a hacer cargo de sus alumnos, cuya enseñanza retomaría ella tras el paréntesis de su período de reducción de jornada. Este detalle sería crucial en el ejercicio de mis funciones en la EOI de Teruel, así como para la consideración de mi mentora entre sus compañeros.
Tras unos cuantos meses, llegó la fecha de los exámenes de febrero, que si bien tenían una mínima repercusión en la nota final de curso, eran un ensayo de la evaluación de junio. Patricia, apuesto que con buen criterio y en base al motivo expuesto más arriba, me facilitó el ejercicio de examen para un grupo del que ella se encargaría tras ese período de mi interinidad; yo acepté, señalando que encontraba lógico que quien redactara el examen poseyera las claves de corrección. Es decir, que si quería imponerme ese ejercicio, por muy amablemente que lo hiciera, ella debería encargarse de su corrección. Ella se negó, y debo decir que de manera un tanto cerril. En ningún momento, creo recordar, se planteó la posibilidad de que yo mismo elaborara el ejercicio de examen –como sí que hice con el otro grupo del que era responsable, de 5º curso–, lo que conllevaría que me hiciera cargo de su corrección. Lo importante del caso es que ambos, Patricia y yo, pusimos el asunto en conocimiento de la dirección del centro, quienes comprendieron mejor mis motivos que los de mi compañera. Esta no aceptó de buen grado el veredicto del director, por lo que acudió a una persona de su amistad que ocupaba algún cargo elevado en la Dirección turolense de Educación. El asunto volvió a manos del director de la EOI, quien, ante ese evidente puenteo en sus responsabilidades, se reafirmó en su decisión. Patricia se rebeló en vano, y por mucho que elevara la voz y de manera vehemente defendiera su punto de vista ante todos los integrantes del claustro, nadie le dio jamás la razón. Se granjeó, además, una enemistad evidente entre nuestros compañeros profesores, en una especie de ostracismo que, a la postre, ha resultado habitual entre los claustros docentes que he conocido directa o indirectamente.
Mi relación con mis compañeros turolenses fue, sin embargo, excelente; y yo creo que en buena parte debido a las inmejorables cualidades humanas de director y jefa de estudios. Buen ambiente de trabajo, salidas a cenar semanales, intercambio de favores... Recuerdo con especial cariño a Ana, profesora de francés e italiano al mismo tiempo, y a Paola, italiana, quienes en todo momento se desvelaron por hacerme la vida grata en la fría Teruel. En ocasiones se nos unía Teresa, profesora de alemán, quien me alojó desinteresadamente en su casa durante la única noche que, por semana, solía permanecer en la ciudad. Completaba el grupo la secretaria del centro, una tal Fefa, zaragozana exiliada en Teruel por motivos laborales, que centraba su ocio en los cotilleos de la televisión: ha sido la única persona a quien he oído confesar sin sonrojo ninguno que programaba su vídeo para grabar los cotilleos de "Salsa Rosa" en caso de que ella saliera un sábado por la noche.
Creo que mi reputación empezó a forjarse en los pocas reuniones de profesores a las que pude asistir en Teruel. En un par de ocasiones insté al claustro a que se hiciera eco de las reivindicaciones de los interinos para resolver la situación de precariedad laboral de estos; y por mucho que director, jefa de estudios y el delegado del sindicato STE, profesor titular de inglés, insistieran que el claustro de una EOI no era el lugar para formular tales reivindicaciones, mis compañeras y yo conseguimos que el Centro redactara un escrito en el que pedía una solución de estabilidad. Magra victoria, más simbólica que nada, casi pírrica en lo tocante a mi trayectoria dentro de las EOIs aragonesas.
A finales de abril de 2003 terminó mi período de trabajo en Teruel, pues Patricia recuperó la totalidad de su jornada lectiva. De vuelta a Huesca, una de mis obsesiones fue evitar que me adjudicaran de nuevo un puesto tan alejado de mi domicilio, por lo que se hacía necesario un cambio de la asignación de mi provincia de referencia. Ya en octubre del año anterior había solicitado ese cambio a un tal Ángel Martínez respondiéndome un tal Ignacio Taluego: imposible satisfacer mi petición. En otra ocasión, y con motivo de una intervención en un programa televisivo en Localia-Huesca como representante de Ecologistas en Acción, me crucé en los pasillos del estudio con la que era entonces consejera aragonesa de Educación, Eva Molino, a quien me dirigí para exponerle directamente mi caso. Muy comprensiva, me dijo que eso debía solucionarse, y que no dejara de escribirle para contárselo con toda suerte de detalles. Y con fecha de 22 de abril de 2003, remití sendas cartas a la consejera y, a instancias suyas, al director general de personal de Educación, Diego Poblado: inútil, pues ni Molino me contestó para cumplir con su palabra, ni Poblado satisfizo mi petición.2
En mayo de ese mismo 2003, un juez de Zaragoza dictó sentencia a dándome la razón en el contencioso que interpuse contra la DGA por disconformidad con mi puntuación. Ese mes de julio, se publicaron de nuevo las listas de interinos sin que en mis datos figurara ninguna modificación, ni de puntuación ni de provincia de referencia. Formulé una reclamación que fue desoída: como he señalado algunas páginas antes, debí esperar cinco años a que la DGA se viera obligada a darme la razón.
El curso siguiente, 2003-2004, ocupé una sustitución de casi tres meses en la EOI de Huesca. Allí pude darme cuenta de lo avieso de muchos compañeros, reñidos entre sí por un quítame allá esas pajas, recalcitrantes en sus críticas a los colegas que habían perdido su afecto. En el mismo seno del departamento de francés, compuesto por cuatro miembros, dos de sus profesoras tan apenas cruzaban palabra con otra, por motivos que me eran completamente desconocidos; la tensión que esa situación producía en las reuniones periódicas del departamento era molestísima, pues mis compañeras se veían obligadas a conversar entre ellas. En inglés ocurría tres cuartos de lo mismo, con el añadido de que el número de docentes era mayor. En italiano las relaciones y el trabajo eran inmensamente mejores gracias a la presencia balsámica de Alida Albali, excelente profesora, volcada en su trabajo y sus amigos, quien tampoco se explicaba por qué eran tan aficionados los profesores a buscarse enemistades, a nombrar chivos expiatorios, a construir malas reputaciones en base a rumores y falsos indicios...
1 Adjuntar copia de la carta enviada a Angel Martinez, Director Gral Personal

2 Adjuntar documentos 01 y carta enviada a Poblado

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