martes, 20 de mayo de 2014

5. EOI Nº 2 DE ZARAGOZA

A mediados de marzo de 2005 fui llamado a cubrir una interinidad en la EOI "Fernando Lázaro Carreter" de Zaragoza: una tal Josefa Bancal había sufrido una lesión en una mano que le impedía impartir sus clases con normalidad. Nada más llegar a esa escuela, me recibió muy amablemente una profesora que antaño estuviera en la EOI de Huesca y que ostentaba el cargo de jefa de estudios en Zaragoza 2 (que era el antiguo nombre que recibía esa EOI). Tras mostrarme las instalaciones, la sala de profesores, el departamento de francés..., me instó a que me pusiera en contacto con la profesora a la que sustituia, pues deseaba comunicarme el punto de la programación alcanzado con sus alumnos. Ni corto ni perezoso, atendí la petición y llamé a Josefa Bancal, quien me recomendó que acudiera a su domicilio para entregarme en mano material de interés para las clases. Dicho material consistía en fotocopias de libros que figuraban ya en los estantes de la biblioteca del departamento, por lo que tuve que esconder mi malestar por haberme tenido que desplazar hasta ahí para nada (la EOI está en un barrio periférico de la ciudad, el Actur, y Josefa vivía en pleno centro de Zaragoza, cerca del Corte Inglés).
El siguiente día de trabajo era un viernes, para el que había convocada una reunión de claustro. Por motivos de salud, me fue imposible acudir a esa cita, avisando y justificando debidamente mi ausencia mediante un justificante médico. Era ese el último día de clase antes de las vacaciones de semana santa, por lo que no volví a poner los pies en la EOI hasta diez días más tarde. Al llegar de nuevo a la escuela, me encontré con una nota en un "post-it" por la que se me instaba a que acudiera inmediatamente a reunirme con la jefa de estudios y su adjunta, Maitena Fuineta, en el despacho de la primera. Les expuse mis razones y motivos al tiempo que les presentaba esos justificantes y rellenaba los preceptivos partes de ausencia que el centro ponía a disposición de los profesores. El asunto se calmó, pero debería provocar ciertas perturbaciones, como contaré poco más adelante.
Las clases se desarrollaron con total normalidad: creo recordar que tenía tres buenos grupos de nivel elemental, con mayoría de estudiantes adultos y muy motivados. Los problemas no se presentaron a nivel docente, sino en la convivencia con mis compañeras –y lo digo en femenino porque yo era el único varón del departamento. No recuerdo sus nombres, lo cual es una lástima: una encantadora morena, de trato dulce y muy atenta a cualquier solicitud ajena; a su lado pasaría no pocas horas dentro de la sala del departamento. La que he citado anteriormente, jefa de estudios, que siempre iniciaba con la precedente conversaciones sobre cremas, potingues, trapos y demás asuntos que vulgar y acostumbradamente se atribuye a las mujeres. La jefa del departamento, una francesa que parecía no comprender el ámbito de uso de tacos y palabras malsonantes, pues utilizaba sus "¡coño!", sus "¡joder!" y demás maravillas del vocabulario español cuando no venían a cuento; por lo demás, sus maneras eran ásperas y casi brutales, haciendo de las reuniones didácticas verdaderas peleas, estresantes e improductivas en su mayoría. Por último, una interina que se encargaba del 5º curso, y que parecía contar con cierta simpatía entre nuestras compañeras. Yo, con todo lo dicho, era un personaje orbital, ajeno a la vida cotidiana de la escuela, que debería estar allí el tiempo justo para que Josefa se restableciera; en ningún momento me planteé trabar amistad con mis compañeras, pues estaba convencido de no iba a Zaragoza a hacer amigos, sino obligado por la necesidad de hacer carrera y dinero.
Algo que me sorprendió en esa EOI fue el respeto irracional que tenían al horario de trabajo; esta afirmación puede parecer un tanto extraña, pero me explicaré. La labor de todo docente en una escuela de idiomas se compone de una serie de horas de enseñanza a las que se viene a sumar un número de horas complementarias que se destinan a: atención en la biblioteca del centro, atención a alumnos, colaboración con jefatura de estudios y colaboración con jefatura de departamento, grosso modo. En la EOI nº 2 de Zaragoza trabajaban, contratadas como becarias, unas asistentes de la biblioteca que se encargaban de atender a los alumnos, y no siempre a instancias de sus profesores; incluso éstos debían solicitar la atención de esas becarias. Era difícil de comprender que los profesores siguiéramos teniendo una parte de nuestro horario dedicado a ejercer las labores ya desempeñadas por esas becarias. Considero que la atención a los alumnos es del todo inexcusable, pues ningún profesor debe sustraerse de esa función en la que recae parte importante de sus servicios a la comunidad educativa. Ahora bien, ni la jefa de estudios ni la de departamento solicitaban jamás nuestra colaboración para el tema que fuera, por lo que, finalmente, esas horas complementarias se dedicaban exclusivamente a la preparación de clases –cuando no a tomar cafés en el bar del centro. O, dicho de otra manera, cuando no dábamos clases, nuestra estúpida obligación no consistía más que en calentar el asiento.
Cuento esto porque fue el germen de mis problemas en esa escuela. Como yo debía ir y venir todos los días de Huesca, difícilmente comprendía que mis propias compañeras –la jefa de estudios y su adjunta– me exigieran puntualidad británica con tanta vehemencia. Recuerdo una ocasión en que mi viejo Peugeot 205 manifestó algún achaque al llegar a Zaragoza y me acerqué a un taller Midas sito frente a La Aljafería, contando con que ello a nadie debería molestar puesto que estaba en un momento de atención en biblioteca; no pasó ni un cuarto de hora cuando recibí en mi móvil la llamada de una furibunda jefa de estudios recordándome mi obligación de estar allí, en la escuela, y que poco importaban mis asuntos personales frente a eso.
Más adelante, y con motivo de una ausencia por enfermedad, fui convocado el 25 de abril a un nuevo encuentro formal con la jefa de estudios y su adjunta. Ya antes, una compañera de departamento, la interina, me había prevenido de que la jefa de estudios desconfiaba de que tal enfermedad fuera cierta. En esa reunión, a la adjunta Maitena no se le ocurrió nada mejor que basar sus sospechas de fraude por mi parte en mi mala fama: un adulador "tu reputación te precede"; todo ello formulado en un tono amenazador, abusivo y desconsiderado. Yo le contesté que, esas alturas de mi vida, la reputación me importaba un bledo, y que los hechos se limitaban a la existencia de un justificante médico que ellas no podían sino aceptar y tramitar.
No obstante haber terminado ese episodio con una sensación de victoria por mi parte, solicité hablar con el director de la EOI, José Miguel García Gimeno, para exponerle el caso y, sobre todo, pedirle que exigiera a las jefas de estudios una satisfacción siquiera moral: una disculpa cuando menos. Le advertí de que, en caso contrario, remitiría un escrito a inspección educativa para que tomara cartas en el asunto. Eso fue el 29 de abril. Dos meses más tarde, el 27 de junio, envié un escrito a Gimeno y al director provincial de Educación en el que acusaba a la jefas de estudios de haberme tratado con abuso de autoridad, de haber actuado con evidente desconsideración hacia un compañero y/o subordinado y de haberme hecho objeto de los cotilleos y comadreos con sus compañeras de departamento sobre mis indisposiciones de salud, en lo suponía un atentado contra mis dignidad e intimidad. Además, como constitutivos de falta grave, esos hechos debían ser sancionados según lo establecido en la Ley Articulada de Funcionarios Civiles del Estado.1
Ante el silencio de ambos destinatarios de mi petición, solicité aclaración por parte de dirección provincial en oro escrito, de 17 de octubre2, al que añadí, pocos días más tarde, un recurso de alzada que interpuse ante el viceconsejero de Educación.3 A ese respecto, recibí, esta vez sí, una carta de Ignacio Taluego quien me informaba de que se habían tomado las medidas pertinentes para el esclarecimiento de los hechos denunciados, como figuraba en el informe emitido por el inspector de educación responsable de la EOI nº2 de Zaragoza. A esa carta respondí yo con otra en la que pedía que se me dejara consultar el contenido de ese informe: Taluego me contestó que eso no era posible, pues se trataba de información reservada. ¿Y mis derechos como parte interesada, como iniciador del procedimiento? ¿Cómo es que quedó sin perseguir semejante ofensa?4
De acuerdo, no era para tanto, pues cabe suponer que la jefa de estudios adjunto Maitena Fuineta se dejase llevar por un arrebato. Pero, aun así y todo, ese comportamiento no es admisible en un cargo de la Administración, mucho menos cuando la propia ley de funcionarios civiles establece como delito el trato con desconsideración hacia compañeros y subordinados. Y, sobre todo, es todavía menos aceptable cuando, algunos años más tarde, mientras escribo este texto, estoy suspendido de empleo y sueldo por el mismo cargo que yo imputé entonces a las jefas de estudios de la "Lázaro Carreter". "O todos o ninguno", decía Bertolt Brecht en un viejo poema...; parece que la ley jamás se aplica con el mismo rasero, dependiendo ello, y mucho, de quién la aplica y a quién se le debe aplicar.
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