5. EOI Nº 2 DE ZARAGOZA
A
mediados de marzo de 2005 fui llamado a cubrir una interinidad en la
EOI "Fernando Lázaro Carreter" de Zaragoza: una tal
Josefa Bancal había sufrido una lesión en una mano que
le impedía impartir sus clases con normalidad. Nada más
llegar a esa escuela, me recibió muy amablemente una profesora
que antaño estuviera en la EOI de Huesca y que ostentaba el
cargo de jefa de estudios en Zaragoza 2 (que era el antiguo nombre
que recibía esa EOI). Tras mostrarme las instalaciones, la
sala de profesores, el departamento de francés..., me instó
a que me pusiera en contacto con la profesora a la que sustituia,
pues deseaba comunicarme el punto de la programación alcanzado
con sus alumnos. Ni corto ni perezoso, atendí la petición
y llamé a Josefa Bancal, quien me recomendó que
acudiera a su domicilio para entregarme en mano material de interés
para las clases. Dicho material consistía en fotocopias de
libros que figuraban ya en los estantes de la biblioteca del
departamento, por lo que tuve que esconder mi malestar por haberme
tenido que desplazar hasta ahí para nada (la EOI está
en un barrio periférico de la ciudad, el Actur, y Josefa vivía
en pleno centro de Zaragoza, cerca del Corte Inglés).
El
siguiente día de trabajo era un viernes, para el que había
convocada una reunión de claustro. Por motivos de salud, me
fue imposible acudir a esa cita, avisando y justificando debidamente
mi ausencia mediante un justificante médico. Era ese el último
día de clase antes de las vacaciones de semana santa, por lo
que no volví a poner los pies en la EOI hasta diez días
más tarde. Al llegar de nuevo a la escuela, me encontré
con una nota en un "post-it" por la que se me instaba a que
acudiera inmediatamente a reunirme con la jefa de estudios y su
adjunta, Maitena Fuineta, en el despacho de la primera. Les expuse
mis razones y motivos al tiempo que les presentaba esos justificantes
y rellenaba los preceptivos partes de ausencia que el centro ponía
a disposición de los profesores. El asunto se calmó,
pero debería provocar ciertas perturbaciones, como contaré
poco más adelante.
Las
clases se desarrollaron con total normalidad: creo recordar que tenía
tres buenos grupos de nivel elemental, con mayoría de
estudiantes adultos y muy motivados. Los problemas no se presentaron
a nivel docente, sino en la convivencia con mis compañeras –y
lo digo en femenino porque yo era el único varón del
departamento. No recuerdo sus nombres, lo cual es una lástima:
una encantadora morena, de trato dulce y muy atenta a cualquier
solicitud ajena; a su lado pasaría no pocas horas dentro de la
sala del departamento. La que he citado anteriormente, jefa de
estudios, que siempre iniciaba con la precedente conversaciones sobre
cremas, potingues, trapos y demás asuntos que vulgar y
acostumbradamente se atribuye a las mujeres. La jefa del
departamento, una francesa que parecía no comprender el ámbito
de uso de tacos y palabras malsonantes, pues utilizaba sus "¡coño!",
sus "¡joder!" y demás maravillas del
vocabulario español cuando no venían a cuento; por lo
demás, sus maneras eran ásperas y casi brutales,
haciendo de las reuniones didácticas verdaderas peleas,
estresantes e improductivas en su mayoría. Por último,
una interina que se encargaba del 5º curso, y que parecía
contar con cierta simpatía entre nuestras compañeras.
Yo, con todo lo dicho, era un personaje orbital, ajeno a la vida
cotidiana de la escuela, que debería estar allí el
tiempo justo para que Josefa se restableciera; en ningún
momento me planteé trabar amistad con mis compañeras,
pues estaba convencido de no iba a Zaragoza a hacer amigos, sino
obligado por la necesidad de hacer carrera y dinero.
Algo
que me sorprendió en esa EOI fue el respeto irracional que
tenían al horario de trabajo; esta afirmación puede
parecer un tanto extraña, pero me explicaré. La labor
de todo docente en una escuela de idiomas se compone de una serie de
horas de enseñanza a las que se viene a sumar un número
de horas complementarias que se destinan a: atención en la
biblioteca del centro, atención a alumnos, colaboración
con jefatura de estudios y colaboración con jefatura de
departamento, grosso
modo.
En la EOI nº 2 de Zaragoza trabajaban, contratadas como
becarias, unas asistentes de la biblioteca que se encargaban de
atender a los alumnos, y no siempre a instancias de sus profesores;
incluso éstos debían solicitar la atención de
esas becarias. Era difícil de comprender que los profesores
siguiéramos teniendo una parte de nuestro horario dedicado a
ejercer las labores ya desempeñadas por esas becarias.
Considero que la atención a los alumnos es del todo
inexcusable, pues ningún profesor debe sustraerse de esa
función en la que recae parte importante de sus servicios a la
comunidad educativa. Ahora bien, ni la jefa de estudios ni la de
departamento solicitaban jamás nuestra colaboración
para el tema que fuera, por lo que, finalmente, esas horas
complementarias se dedicaban exclusivamente a la preparación
de clases –cuando no a tomar cafés en el bar del centro. O,
dicho de otra manera, cuando no dábamos clases, nuestra
estúpida obligación no consistía más que
en calentar el asiento.
Cuento
esto porque fue el germen de mis problemas en esa escuela. Como yo
debía ir y venir todos los días de Huesca, difícilmente
comprendía que mis propias compañeras –la jefa de
estudios y su adjunta– me exigieran puntualidad británica
con tanta vehemencia. Recuerdo una ocasión en que mi viejo
Peugeot 205 manifestó algún achaque al llegar a
Zaragoza y me acerqué a un taller Midas sito frente a La
Aljafería, contando con que ello a nadie debería
molestar puesto que estaba en un momento de atención en
biblioteca; no pasó ni un cuarto de hora cuando recibí
en mi móvil la llamada de una furibunda jefa de estudios
recordándome mi obligación de estar allí, en la
escuela, y que poco importaban mis asuntos personales frente a eso.
Más
adelante, y con motivo de una ausencia por enfermedad, fui convocado
el 25 de abril a un nuevo encuentro formal con la jefa de estudios y
su adjunta. Ya antes, una compañera de departamento, la
interina, me había prevenido de que la jefa de estudios
desconfiaba de que tal enfermedad fuera cierta. En esa reunión,
a la adjunta Maitena no se le ocurrió nada mejor que basar sus
sospechas de fraude por mi parte en mi mala fama: un adulador "tu
reputación te precede"; todo ello formulado en un tono
amenazador, abusivo y desconsiderado. Yo le contesté que, esas
alturas de mi vida, la reputación me importaba un bledo, y que
los hechos se limitaban a la existencia de un justificante médico
que ellas no podían sino aceptar y tramitar.
No
obstante haber terminado ese episodio con una sensación de
victoria por mi parte, solicité hablar con el director de la
EOI, José Miguel García Gimeno, para exponerle el caso
y, sobre todo, pedirle que exigiera a las jefas de estudios una
satisfacción siquiera moral: una disculpa cuando menos. Le
advertí de que, en caso contrario, remitiría un escrito
a inspección educativa para que tomara cartas en el asunto.
Eso fue el 29 de abril. Dos meses más tarde, el 27 de junio,
envié un escrito a Gimeno y al director provincial de
Educación en el que acusaba a la jefas de estudios de haberme
tratado con abuso de autoridad, de haber actuado con evidente
desconsideración hacia un compañero y/o subordinado y
de haberme hecho objeto de los cotilleos y comadreos con sus
compañeras de departamento sobre mis indisposiciones de salud,
en lo suponía un atentado contra mis dignidad e intimidad.
Además, como constitutivos de falta grave, esos hechos debían
ser sancionados según lo establecido en la Ley
Articulada de Funcionarios Civiles del Estado.1
Ante
el silencio de ambos destinatarios de mi petición, solicité
aclaración por parte de dirección provincial en oro
escrito, de 17 de octubre2,
al que añadí, pocos días más tarde, un
recurso de alzada que interpuse ante el viceconsejero de Educación.3
A ese respecto, recibí, esta vez sí, una carta de
Ignacio
Taluego quien me informaba de que se habían tomado las medidas
pertinentes para el esclarecimiento de los hechos denunciados, como
figuraba en el informe emitido por el inspector de educación
responsable de la EOI nº2 de Zaragoza. A esa carta respondí
yo con otra en la que pedía que se me dejara consultar el
contenido de ese informe: Taluego me contestó que eso no era
posible, pues se trataba de información reservada. ¿Y
mis derechos como parte interesada, como iniciador del procedimiento?
¿Cómo es que quedó sin perseguir semejante
ofensa?4
De
acuerdo, no era para tanto, pues cabe suponer que la jefa de estudios
adjunto Maitena Fuineta se dejase llevar por un arrebato. Pero, aun
así y todo, ese comportamiento no es admisible en un cargo de
la Administración, mucho menos cuando la propia ley de
funcionarios civiles establece como delito el trato con
desconsideración hacia compañeros y subordinados. Y,
sobre todo, es todavía menos aceptable cuando, algunos años
más tarde, mientras escribo este texto, estoy suspendido de
empleo y sueldo por el mismo cargo que yo imputé entonces a
las jefas de estudios de la "Lázaro Carreter". "O
todos o ninguno", decía Bertolt Brecht en un viejo
poema...; parece que la ley jamás se aplica con el mismo
rasero, dependiendo ello, y mucho, de quién la aplica y a
quién se le debe aplicar.
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