12. TESIS DOCTORAL: LA SINRAZÓN COMO RAZÓN INSTRUMENTAL
Como
ya he explicado algunos párrafos más arriba,
consideraba la realización de una tesis doctoral como una
etapa lógicamente subsiguiente a mis años de estudios y
necesaria para satisfacer mi vocación.
Lo
cierto es que mis años de Erasmus en Francia cambiaron por
completo mi percepción del estudio. Los profesores a cuyas
clases tuve la suerte de asistir fueron determinantes, pues
inocularon en mi sangre el virus del conocimiento. Hasta entonces,
mis docentes universitarios españoles sólo habían
conseguido que las asignaturas fueran tan sólo áridas
listas de datos que uno olvidaba de la misma manera que las había
memorizado. Recuerdo cuando mi profesora de francés en
Magisterio, Josefa Naval, nos habló por vez primera de
Baudelaire: un poeta que, a la postre, ha residido largamente en la
cabecera de mi cama y cuyo retrato todavía corona un anaquel
de mis estenterías. En una fotocopia preparada y fotocopiada
por ella había plasmado el bello soneto "L'Ennemi",
que empieza así:
Me
jeunesse ne fut qu'un ténébreux orage,
Traversé
ça et là par de brillants soleils;
Le
tonnerre et la pluie ont fait un tel ravage,
Qu'il
reste en mon jardin bien peu de fruits vermeils.
Y
bien, ¿qué nos pido Josefa que hiciéramos con
ese poema, de tan rotundas resonancias y exagerado dramatismo?
Traducirlo. Me pareció ya desde aquel momento –contaba yo
unos 20 años– semejante atentado contra una obra que sólo
concebía en ese idioma y con el ritmo que le había
impuesto el poeta que, digamos, me rebelé y espeté a la
profesora que traicionar el texto original –nosotros, estudiantes
de francés– me parecía una mala manera de hacernos
con esos versos. Me preguntó que cuál era mi sugerencia
y respondí que me cuadraría mejor un análisis
personal por cada uno de nosotros, fuera de criterios y guías.
Mis compañeros, claro está, me bronquearon: era más
simple traducir y callar, con tal de ahorrarnos trabajo innecesario.
Cuento esto sencillamente para mostrar qué poca pasión
se ponía en lo que se hacía en las aulas que me tocó
frecuentar en Huesca.
Y
qué diferencia con el arrobo y la entrega en la lectura de Las
iluminaciones
de Rimbaud (un poeta del que no había leído nada
durante mis estudios españoles) que hacía la profesora
Plouvier en Montpellier III; qué enorme contraste con la
entrega de Jean-Luc Steinmetz en su curso sobre L'Amour
fou de
Breton y Los
cantos de Maldoror
de Lautréamont en la Facultad de Letras de Nantes. El estudio,
gracias a las clases de profesores como éstos, empezó a
antojárseme una fuente de placer; leer las obras de la
asignatura así como los ensayos a ellas dedicados se convirtió
en una actividad casi lúdica a la que empecé a
entregarme de inmejorable grado. A ello contribuyó también
los largos intercambios de opinión con un compañero de
lances en Montpellier, Armand Carabén: una de las primeras
personas del ámbito estudiantil con quien podía hablar
de libros y de literatura en total ausencia de los típicos
comentarios de hartazgo –¡tuve tantos compañeros de
carrera de literatura que confesaban odiar la lectura...!
Esa
nueva percepción del estudio como actividad placentera me
empujó con total suavidad hacia el avance en mi expediente.
Elegí en un primer momento, como tema de investigación,
algo así como la figura de Joris-Karl Huysmans en tanto que
crisol y punto de inflexión de una época. Desarrollé
en un par de folios el tema y se lo presenté a Steinmetz, en
Nantes, para que estudiara su dirección. A la luz de mis
razones, declaró que el asunto requería de mayor
minuciosidad para que él pudiera asumir mi orientación,
avisándome ya de que un tema como ese requeriría de
mucho trabajo de tipo filosófico –más que literario.
Tomé
buena nota de las consignas de mi profesor y, poco después,
volví a España, donde no abandoné mi proyecto
sino que se lo presenté a una profesora de Zaragoza, Antonia
Garrido –quien había dirigido un curso de doctorado
consistente en ¡ayudarle en su traducción de Les
chants de Maldoror!–
para que asumiera su dirección. Aceptó, pero con tan
poca decisión y tan poca capacidad de motivación que,
ante la falta absoluta de orientación durante mucho tiempo,
dejé la cosa estancada. Hasta que se me ocurrió acudir
a alguien más dinámico y, sobre todo, influyente en
Zaragoza: lo cual no dejaba de formar parte de una estrategia activa
de acercamiento al pesebre universitario.
Irene
Sangüesa, a la sazón vicerrectora de actividades
culturales, había sido profesora mía durante el curso
puente en Huesca. Era una mujer, pues, conocida, que me conocía,
a quien creía que no le resultaría antipático, y
de quien sabía su buen humor e inmejorable disposición.
Recuerdo de sus clases que, habiendo sido madre recientemente, nada
había tan fácil como hacerle olvidarse del tedioso
temario de literatura para pasar a hablar de ls última visita
al médico con su hijita; y esa jugada la utilizábamos
tan frecuentemente como el decoro nos daba a entender. Además,
Irene había despuntado como especialista en materia de género;
teniendo en cuenta que, durante el tiempo de abandono a que me había
sometido Antonia Garrido, había cambiado la perspectiva de mi
estudio sobre Huysmans dirigiéndola hacia ese tipo de
cuestiones, la docrora Ibeas era una perfecta candidata. Y ello a
pesar de que otra especialista en género y filosofía,
Elvira Burgos, me había advertido de que Irene no consideraba
a los hombres aptos a los estudios de género –según
había escrito ésta en el prólogo a una
publicación sobre el asunto.
Así
que, no recuerdo bien de qué modo, me puse en contacto con
ella y acudí a la cita que me dio en su despacho del
departamento. Hablamos largo, le expuse mi proyecto, mis deseos de
que sus reservas sobre la incapacidad masculina para estudiar desde
esa perspectiva no le supusiera ningún inconveniente y...
aceptó. Pero su actuación fue tan leve, despreocupada
como la de Garrido. Cuando meses más tarde, me cité con
ella en Zaragoza para darle un empujón al asunto, me reveló
que me había escrito un correo electrónico a una vieja
dirección para comunicarme que, obligada por la asunción
de un nuevo cargo directivo, debía abandonar una parte de su
carga docente: había elegido la dirección de mi tesis.
Y, ni corto ni perezoso, le canté las cuarenta en el pasillo
del departamento –pues no se había dignado siquiera a
invitarme a puerta cerrada a su despacho. Recuerdo que pasó
por allí un profesor, atraído por el griterío,
quien se inquirió sorprendido por lo que ocurría: "¡ya
ves, por aquí, haciendo amigos...!" –le contesté.
Me
quedé por consiguiente sin directora de tesis, con el proyecto
matriculado y pagado en la universidad, con escasas posibilidades de
encontrar a alguien del departamento con conocimientos en esa
perspectiva que, tras el altercado con Irene, estuviese dispuesto a
dirigir mi trabajo. Vacío, sensación hueca, parón
obligado. No tardé en ponerme a la busca de una nueva
directora en otras universidades cercanas: Lérida, Logroño,
Barcelona... A esta última escribí para proponerle el
asunto a Marta Segarra, notable especialista en los estudios de
género y autora de algún título de referencia:
sin respuesta.
Quien
sí respondió fue la decana de la Facultad de Letras de
otra universidad catalana, Florinda Voytila, a la sazón
profesora de Filología francesa y especializada, según
decía su perfil en la web universitaria, en autobiografía
femenina: ¡por fuerza tenía que poseer un buen bagaje en
asuntos de género! ¡Ah, infelice! Más bien poco,
me confesó, así como, con aplastante sinceridad,
declaró no conocer a Huysmans más que de nombre y poco
más, lo mismo que la literatura que traza el vínculo
entre feminismo y psicoanálisis. Su feminismo era antes de
militancia pasiva –pues no le conocí grandes manifestaciones
sobre la emancipación de las féminas del yugo
patriarcal–, tal vez algo intuitivo y sólo por ser mujer
sentirse forzada a ello, que de enunciación de causas,
consecuencias y posibles luchas. No obstante todo esto, mi exposición
debió de resultarle convinvente y aceptó dirigir mi
tesis.
Era
ese un nuevo paso adelante a favor de mi creciente y ya inevitable
decepción acerca del mundo universitario y mi vocación
docente, tantas fueron las sorpresas que ofreció mi directora
Florinda a mi por aquel entonces todavía esperanzada
ingenuidad. Y no obstante todo lo que voy a escribir en los párrafos
que siguen, creo que debería antes bien sentirme muy
agradecido, a pesar de los sinsabores y decepciones producidos, por
haberme aceptado bajo su ala estando yo como estaba compuesta y sin
dirección de tesis –sea como decir "colgado del todo".
Inició,
pues, Florinda su dirección teniendo yo el trabajo bastante
adelantado; con el plan ya organizado y a falta de escribir algunos
capítulos. Antes de continuar adelante, ella me pidió
lo redactado para su lectura; y fue allí donde empezó
la verdadera frustración de mi confianza en la universidad y
sus representantes. Mi directora no puso ningún reparo a casi
nada de lo que le presenté: sus apuntes, correcciones y
críticas se centraron casi exclusivamente en la manera de
citar a pie de página las publicaciones utilizadas. El método
científico en que debería basarse la excelencia
investigadora se limitaba, en este caso, a que el apellido del autor
citado precediera las iniciales de su nombre, tras una coma se
escribiera el título en cursiva, tras otra coma la ciudad de
publicación, la editorial y el año de edición,
para plasmar, tras otra coma más, el número de la
página de la cita; si la cursiva alcanzaba a, por ejemplo, la
coma que estaba justo detrás del título del libro
citado, la referencia era deficiente. De ahí que una inmensa
parte de mi trabajo de revisión consistiera en corregir todas
y cada una de las citas a pie de página (que, en total,
llegaron a ser más de 1.100), poniendo una coma donde hubiera
un punto y cosas de ese jaez. Trabajo tedioso y mecánico donde
los hubiera, me entristeció enormemente que la verificación
de cientifismo consistiera sólo en eso –y así se lo
hice saber.
Si
siguiente propuesta de corrección, como aparente reacción
a mis comentarios, incluyó una acusación de plagio y
copia. En un pasaje en el que yo resumía la dinámica
del Edipo según Freud, ella creyó vislumbrar los ecos
de un texto de Roland Barthes desconocido para mí, y que no
había citado debidamente –lo que dejaba a las claras mi
deshonestidad investigadora, capaz como me veía ella de
apoderarme de un texto ajeno para hacerlo pasar como propio. Desde
luego, negué la acusación, aseguré que el
párrafo en cuestión provenía de mi pluma y le
anuncié que, como satisfacción a sus dudas, añadiría
una nota a pie de página con una referencia a una obra de
Freud y, otra, al diccionario sobre términos del psicoanálisis
de Laplanche y Pontalis. La polémica se calmó.
Otros
episodios más sobre acuerdos y desacuerdos aparte –en cuya
mayor parte, al final, ella me dejaba hacer habida cuenta de que
siempre argumentaba férreamente mi oposición a sus
correcciones–, conseguimos cerrar el texto y dar por definitiva la
redacción. Por lo tanto, el siguiente paso consistía en
la encuadernación del trabajo: ella me sugirió que,
siendo Huysmans un autor tenido por decadente y preciosista, la
encuadernación debía incluir algún elemento
estetizante y bello. Yo me opuse, y no sólo por razones
económicas, sino principalmente porque –le dije– si
difícilmente podía ninguno de los miembros del tribunal
leerse semejante tocho, importaba poco el envoltorio: en realidad, a
quien iba a evaluar el tribunal era a Florinda –añadí–
y a su amistad –yo me consideraba un simple convidado de quien sólo
se esperaba, además, que pagara las copas. Y como ella
rebatiera mi descreída opinión e insistiera en la
necesidad de presentar el texto decentemente, accedí. Eso
encareció la ya de por sí costosa factura de la
imprenta, predisponiéndome contra posteriores propuestas de mi
directora encaminadas a agradar a sus invitados –los miembros del
tribunal.
La
principal de ellas no fue otra que la asunción, por mi parte,
de los habituales gastos de restaurantes a que se somete a los
doctorandos. Yo me negué arguyendo que ya iba siendo hora de
terminar con una tradición decimonónica muy desacorde
con el talante igualitario de nuestr tiempo. Ella, indignada,
argumentó que no se trataba de eso, sino de agasajar a mis
evaluadores para facilitar mi entrada entre los pares de la
comunidad docente universitaria. Y yo añadí que sería
mucho mejor, más elegante y mayor muestra de mi aceptación
como doctor que fueran ellos y la universidad donde me doctoraba
quienes costearan una ceremonia en la que se homenajeaba a la
comunidad universitaria en lugar de a mi nueva condición de
doctor. A lo que ella respondió advirtiéndome de que si
rehusaba pagar el sarao pondría en peligro la calificación
"cum laude". ¡Acabáramos! –debí de
exclamar. Y yo le espeté que, confiado como estaba de que no
me iban a suspender por no hacerle un feo a ella, no necesitaba
ningún "cum laude" que me hiciera confiar en la
apertura total de las puertas de cualquier universidad. La
conversación, como puede imaginar quien lea estas líneas,
se cerró de esa manera abrupta, teniendo como consecuencia
subsiguiente el cambio de actitud de Florinda hacia mi persona.
Sin
embargo, todo parecía indicar que la lecturas de tesis no
pasaban de ser un mero rite
de passage
en el a la que la profesora que presentaba al candidato le interesaba
que todo saliera a su gusto; de ahí que Florinda hubiera
propuesto formar parte del tribunal a gente de su cuerda y
perfectamente comprometidos con ella y sus intereses. Para asegurarme
el pleno éxito –a pesar de mi negativa a pagar el pato–,
Florinda me escribió en correoe electrónico en enero de
2006 sobre la composición del tribunal: todos amigos, todos
gente de confianza, ya sea con vínculos especiales con mi
directora, ya con intereses compartidos, ya con servidumbres
descaradas. Siendo que los miembros de tribunal tenían favores
que devolver a Florinda –o contaban con ella para su apoyo en
futuros proyectos– y no cobraban ni un euro por su participación
(viaje, alojamiento y manutención corrían a cargo de
Lérida – Florinda me diría más tarde que se
los llevó a la Peña del Barça en la que su
marido ocupaba un puesto eminente) , ¿cómo no pensar
que todo estaba pactado de antemano?
La
defensa de mi tesis tuvo lugar un viernes. Recuerdo que mientras
esperaba a que el tribunal me ofreciera entrar en la sala, apareció
Florinda acompañada del jefe del departamento de francés
de la universidad: ni una sonrisa, ni un deseo de buena suerte... Tan
sólo un torero "ya veo que estás en capilla"
que, lejos de hacerla cómplice, me pareció como un
acicate a mis nervios. Y me hicieron entrar. Los 5 miembros del
tribunal sentados ante una gran mesa presidencial, antigua y pomposa,
que acentuaba la distancia –y sobre todo la altura– que separaba
a los amigos de Florinda del aspirante a doctor; yo, sentado ante un
pupitre escolar que evidenciaba mi estatus de alumno. Silencio,
seriedad, ceremonia. El presidente del Prado me dio la palabra, que
yo utilicé para saludar a cada uno en su lengua: castellano,
francés, italiano y catalán –a lo que del Prado hizo
un rictus de asquito digno de reseña. Dí las gracias a
los miembros del tribunal y abordé el comentario sobre mi
trabajo, primero en castellano y después en francés
–como correspondía a la defensa de una tesis para doctorado
europeo: otro rito. En cuanto hube terminado, tomaron la palabra los
distintos invitados de mi directora.
Mencionable,
en especial, la intervención del presidente: un tío
pomposo, pagado de sí mismo, seguro de la pleitesía
brindada por su anfitriona y compañeros de tribunal, quien
hizo un comentario más que superficial de mi trabajo y se
lanzó a disquisiciones hors
sujet
sobre lo humano, lo divino y sobre sí mismo. Como hiciera una
referencia al masoquismo y su presencia en no recuerdo qué
obra de las que citó a partir de su amplia y erudita memoria,
en mi turno de réplica creí hacerle un honor "de
par a par"· al servirme de su comentario y ampliarlo con
las peticiones que el marqués de Bradomín hacía
a Concha, en la Sonata
de Otoño
de Valle-Inclán, para que ésta lo azotara con sus
largas trenzas. No había dicho tres frases que ya Florinda,
desde su puesto de espectadora en primera fila, me chistó para
que obviara ese comentario –que, según se me ocurrió
pensar, podría disputarle al presidente la erudición
que él necesitaba ser el único en demostrar a toda
costa. ¡Valle-Inclán, tan empapado del ambiente
finisecular y por consiguiente tan cerca de Huysmans! –no en balde
formaba parte del programa de la asignatura, cursada en Nantes,
gracias a la que conocí al autor de A
contrapelo.
Terminó
la sesión. Salí junto con Florinda al pasillo a esperar
la deliberación del tribunal. Tras unos 20 minutos, me
volvieron a hacer entrar para que el presidente me comunicara el "cum
laude" otorgado. Agradecimientos, felicitaciones por parte del
tribunal, ánimos para continuar en esa vía sin cejar...
Y me despedí de todos ellos, de Florinda en especial, sin que
nadie hiciera el más mínimo gesto para retenerme. Una
ceremonia a la que yo asistí como pretexto para la reunión
de esos prohombres y promujeres, soporte de la erudición y de
los estudios franceses en España.
Continuación
de mi relación con Florinda Voytila fue las colaboraciones que
me pidió para dos obras: el Diccionario de mujeres creadoras y
un artículo sobre un libro del que ella fue coautora sobre el
francés Paul Nizan.
En
el primer caso, Florinda fue amable al contar conmigo para que
redactara algunas de las entradas de ese Dictionnaire,
proyecto de las Editions des Femmes parisiense y del que mi
exdirectora había sido nombrada coordinadora de grupo para
toda España. Ella me facilitó una lista de autoras
sobre las que yo debía reseñar trayectoria y obra. La
mayoría, catalanas y absolutamente desconocidas para mí:
Tecla
de Borja, Isabel Suaris, Teresa Pascual, Hermínia Mas, Maria
Barbal, Aurora Bertrana y, la única que conocía,
Mercedes Salisachs. Al lado de cada uno de estos nombres, Florinda
me hacía una propuesta acerca del número de caracteres
que cada uno de ellos debía merecer. Tras indagar sobre ellas,
me percaté de que, en algunos casos, la obra de estas mujeres
se limitaba a una carta, a un par de libritos de poemas, a unas pocas
novelas –salvo en el caso de Salisachs, autora como se sabe de una
monumental producción, aunque... en castellano. De ahí
que equiparar la importancia de la autora de La
gangrena
con la autora de dos libros de cuentos para niños con nula
repercusión fuera del ámbito estrictamente catalán
–pues junto al nombre de cada una de ellas se me propuso la
longitud para el artículo que les fuera dedicado– me
pareciera no sólo injusto, sino terriblemente tendencioso. A
este propósito, le escribí un correo en el que le hacía
partícipe de mi sorpresa por el hecho de que algunas autoras
desconocidas para el gran público merecieran la mayor
extensión –tanta como la de las más grandes:
"En
cuanto a MARIA BARBAL, adivino que tienes un interés personal
en dar realce a esta escritora, autora de 9 novelas, 3 libros de
relatos cortos, una obra de teatro y 3 libros para niños. Lo
que he podido leer sobre ella no me ayuda a considerarla como a una
autora importante: prosa sencilla, giros dialectales, localizaciones
pallaresas, superficialidad psicológica de los personajes. De
ahí que "darle" 5.000 caracteres es concederle un
espacio que no está en consonancia con su obra; un espacio
desmesurado, que no creo que merezca. Imagino que ese número
de caracteres, 5.000, es poner a cualquier autor a la altura de María
Zambrano, o de Ana Mª Matute, o de Rosalía de Castro, o
de otras escritoras con muchos mayores méritos literarios que
Maria Barbal. Me gustaría que consideraras la posibilidad de
limitar el espacio a 2.500 caracteres: darle más sería
introducir un desequilibrio notable, que sólo favorecería
a la Sra Barbal y perjudicaría a las autoras que ocupasen un
espacio igual de grande que ella. ¿Cuánto ocupa la
entrada sobre Simone de Beauvoir? ¿y la de George Sand? ¿y
la de Duras?"
A
lo que Florinda me contestó: "No
tengo ningún interés especial en Maria Barbal, Curro,
de veras. Todo lo referente a Literatura catalana no proviene de mi,
sino de los consejos de dos buenas amigas".
Entregué
mis artículos (sobre las ya citadas más Anna Dodas,
Concha Espina y Rosa Fabregat), la editorial me envió el
artículo que devolví firmado, me pagaron
aproximadamente 300 euros y... no he vuelto a saber nada más
A
esta nueva decepción sobre el mundo académico que me
rodeaba y en el que tuve la suerte de moverme, se unió el de
una nueva colaboración solicitada por Florinda:
una reseña para la revista de la asociación de
profesores universitarios de francés de la recopilación
de artículos de Paul Nizan que mi exdirectora, editora, tituló
De
la España ensoñada a la España republicana
y que un tal Ramon Usall se encargó de verter al castellano.
Hice el trabajo con seriedad y rigor, por lo que no puede obviar los
numerosísimos errores del librito en cuestión. Una
muestra de mi artículo:
Encomiable
objetivo ... que habría merecido, en virtud de la estatura
literaria, moral y política de Nizan, unos mejores medios. Son
tantos los errores y erratas de este meritorio libro que el lector ha
de ver por fuerza mermado el valor histórico del autor de La
Conspiración. El lector
interesado tropieza con numerosas fallos tipográficos, a causa
de los cuales se encuentra con que «los anarquistas están
agrupados en la gran Confederación Nacional del Trabajo,
afiliados a la Federación Anarquista Internacional»
(¿no será mejor Ibérica, en el sentido de la
FAI?) (Nizan, 2008: 47); le choca a ese lector que la mayoría
en Cortes del Bloque Popular consista en «más de 25
diputados de 473» (Nizan, 2008: 48); le asombra que en un mitín
en Tarancón, Mª Teresa León cuente a las mujeres
que 'Gorka', el autor de La Madre,
se está muriendo (Nizan, 2008: 90); le llama la atención
que se transforme en "Durruls" el nombre del famoso
dirigente miliciano en el frente de Aragón Durruti (Nizan,
2008: 110); y le extraña, por fin, que Gerda Tero sea un
«joven fotógrafo» y al tiempo «la novia
bonita de Robert Capa» (Nizan, 2008: 253), que el servicio
internacional británico se llame Foreing
Office (125), que Nizan ortografíe Almudévar con B
(135) y que los fascistas españoles utilicen la costa basca
francesa para sus propósitos (128).
Cuando no son tipográficos, los errores
son de traducción: dice Nizan, por boca de su transcriptor,
que la serie «Secretos de España» es una
«encuesta» (84); que en la Sierra de Madrid abundan los
«robles verdes» (143) –chêne vert = encina–; y
que los generales «complotaban
contra la República»1
(146).
No obstante esto resulta del todo inadmisible
que una edición moderna se permita faltas de acentuación
(«...en las provincias en dónde
las derechas...», p. 43; «...
el ministro no se fía de nadie: el
mismo...», p. 67; «cual
no fue mi perplejidad (...) cual
no fue mi sorpresa...», p. 1532),
de morfología o de sintaxis («... no se trata del
conflicto de dos potencias soberanas, si no de la lucha de un
gobierno legítimo...», p. 125; que deprisa
sea transformado en dos ocasiones en de
prisa, pp. 142 y 164; que se lea que
«quizás no es escandaloso que hay
jóvenes que exponen a la luz pública...», p. 147;
que Negrín tan pronto tutee como trate de usted a los miembros
de la Sociedad de Naciones, pp. 178-9; o que Malraux sea «un
novelista uno de cuyos
valores más grandes es la imaginación metafísica»,
p. 183). Ya, para terminar con la relación no exaustiva de
erratas, lamentar que en el epílogo no se utilicen las
cursivas –que evitarían la ambigüedad de un título
nizaniano: «España en el
corazón de Pablo Neruda»
(260).3
Uno se pregunta cómo la siempre rigurosa
Dra Florinda Voytila ha permitido que lleve su nombre una edición
tan catastrófica. Afortunadamente, semejante batería de
errores no logra oscurecer el interés de esta obra nizaniana,
que permanece intacto gracias a sus apasionados y justos comentarios
sobre nuestra historia política y social.
Antes
de enviar mi reseña a Çédille
–tal es el título de la revista–, caí en tentación
de lealtad y se la envié a Florinda para su aprobación
–estando convencido de que no iba a permitir que semejantes
diatribas aparecieran en un medio en el que, si bien de escasa
difusión, ella no dejaba de tener un cierto prestigio
(seguramente más sustentado por estructuras de amiguismo y
favores que por verdadero valor propio). Como era de esperar, me
pidió que no lo remitiera a la revista... y acepté.
Soy
doctor, doctor en Filología francesa: algo a lo que,
sinceramente, concedo muy poca importancia. "Pero, hombre,
¿hacer una tesis es algo grande!" –recuerdo que me dijo
una compañera de trabajo, asombrada ante mi descreimiento y
falta de valor que otorgaba al hecho. No creo que a estas alturas de
la lectura a nadia sorprenda que yo escriba que, en esas condiciones,
ser doctor, hacer una tesis, no consiste más que en ser
perseverante –porque haberla escrito y presentado con éxito
no significa la excelencia de quien lo haya hecho: antes bien su
sumisión a un statu
quo y a
unas reglas del juego. Y no es que sea yo doctor a mi pesar –lo
quiera o no, me ha servido para sumar puntos a mi expediente en los
concursos de profesor interino–: lo soy conocedor de lo poco que
vale.
1
El DRAE considera ese verbo
como un americanismo, mientras que en francés, de uso común,
existe desde el siglo XV.
2
Error tanto menos aceptable cuando ese pasaje, correspondiente a la
obra de Jean-Richard Bloch ¡España!, ¡España!,
conoce ya una estupenda versión castellana sin faltas de
ortografía –obra de Mª Carme Figuerola (Bloch, 1996:
145).
3
Anotar asimismo el error de datación de este artículo;
mientras en el epílogo de los editores aparece con fecha de
23 de junio de 1938, «España
en el corazón de Pablo Neruda»
aparece fechado en el texto principal a 26 de enero de 1939.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio