lunes, 19 de mayo de 2014

12. TESIS DOCTORAL: LA SINRAZÓN COMO RAZÓN INSTRUMENTAL

Como ya he explicado algunos párrafos más arriba, consideraba la realización de una tesis doctoral como una etapa lógicamente subsiguiente a mis años de estudios y necesaria para satisfacer mi vocación.
Lo cierto es que mis años de Erasmus en Francia cambiaron por completo mi percepción del estudio. Los profesores a cuyas clases tuve la suerte de asistir fueron determinantes, pues inocularon en mi sangre el virus del conocimiento. Hasta entonces, mis docentes universitarios españoles sólo habían conseguido que las asignaturas fueran tan sólo áridas listas de datos que uno olvidaba de la misma manera que las había memorizado. Recuerdo cuando mi profesora de francés en Magisterio, Josefa Naval, nos habló por vez primera de Baudelaire: un poeta que, a la postre, ha residido largamente en la cabecera de mi cama y cuyo retrato todavía corona un anaquel de mis estenterías. En una fotocopia preparada y fotocopiada por ella había plasmado el bello soneto "L'Ennemi", que empieza así:

Me jeunesse ne fut qu'un ténébreux orage,
Traversé ça et là par de brillants soleils;
Le tonnerre et la pluie ont fait un tel ravage,
Qu'il reste en mon jardin bien peu de fruits vermeils.

Y bien, ¿qué nos pido Josefa que hiciéramos con ese poema, de tan rotundas resonancias y exagerado dramatismo? Traducirlo. Me pareció ya desde aquel momento –contaba yo unos 20 años– semejante atentado contra una obra que sólo concebía en ese idioma y con el ritmo que le había impuesto el poeta que, digamos, me rebelé y espeté a la profesora que traicionar el texto original –nosotros, estudiantes de francés– me parecía una mala manera de hacernos con esos versos. Me preguntó que cuál era mi sugerencia y respondí que me cuadraría mejor un análisis personal por cada uno de nosotros, fuera de criterios y guías. Mis compañeros, claro está, me bronquearon: era más simple traducir y callar, con tal de ahorrarnos trabajo innecesario. Cuento esto sencillamente para mostrar qué poca pasión se ponía en lo que se hacía en las aulas que me tocó frecuentar en Huesca.
Y qué diferencia con el arrobo y la entrega en la lectura de Las iluminaciones de Rimbaud (un poeta del que no había leído nada durante mis estudios españoles) que hacía la profesora Plouvier en Montpellier III; qué enorme contraste con la entrega de Jean-Luc Steinmetz en su curso sobre L'Amour fou de Breton y Los cantos de Maldoror de Lautréamont en la Facultad de Letras de Nantes. El estudio, gracias a las clases de profesores como éstos, empezó a antojárseme una fuente de placer; leer las obras de la asignatura así como los ensayos a ellas dedicados se convirtió en una actividad casi lúdica a la que empecé a entregarme de inmejorable grado. A ello contribuyó también los largos intercambios de opinión con un compañero de lances en Montpellier, Armand Carabén: una de las primeras personas del ámbito estudiantil con quien podía hablar de libros y de literatura en total ausencia de los típicos comentarios de hartazgo –¡tuve tantos compañeros de carrera de literatura que confesaban odiar la lectura...!
Esa nueva percepción del estudio como actividad placentera me empujó con total suavidad hacia el avance en mi expediente. Elegí en un primer momento, como tema de investigación, algo así como la figura de Joris-Karl Huysmans en tanto que crisol y punto de inflexión de una época. Desarrollé en un par de folios el tema y se lo presenté a Steinmetz, en Nantes, para que estudiara su dirección. A la luz de mis razones, declaró que el asunto requería de mayor minuciosidad para que él pudiera asumir mi orientación, avisándome ya de que un tema como ese requeriría de mucho trabajo de tipo filosófico –más que literario.
Tomé buena nota de las consignas de mi profesor y, poco después, volví a España, donde no abandoné mi proyecto sino que se lo presenté a una profesora de Zaragoza, Antonia Garrido –quien había dirigido un curso de doctorado consistente en ¡ayudarle en su traducción de Les chants de Maldoror!– para que asumiera su dirección. Aceptó, pero con tan poca decisión y tan poca capacidad de motivación que, ante la falta absoluta de orientación durante mucho tiempo, dejé la cosa estancada. Hasta que se me ocurrió acudir a alguien más dinámico y, sobre todo, influyente en Zaragoza: lo cual no dejaba de formar parte de una estrategia activa de acercamiento al pesebre universitario.
Irene Sangüesa, a la sazón vicerrectora de actividades culturales, había sido profesora mía durante el curso puente en Huesca. Era una mujer, pues, conocida, que me conocía, a quien creía que no le resultaría antipático, y de quien sabía su buen humor e inmejorable disposición. Recuerdo de sus clases que, habiendo sido madre recientemente, nada había tan fácil como hacerle olvidarse del tedioso temario de literatura para pasar a hablar de ls última visita al médico con su hijita; y esa jugada la utilizábamos tan frecuentemente como el decoro nos daba a entender. Además, Irene había despuntado como especialista en materia de género; teniendo en cuenta que, durante el tiempo de abandono a que me había sometido Antonia Garrido, había cambiado la perspectiva de mi estudio sobre Huysmans dirigiéndola hacia ese tipo de cuestiones, la docrora Ibeas era una perfecta candidata. Y ello a pesar de que otra especialista en género y filosofía, Elvira Burgos, me había advertido de que Irene no consideraba a los hombres aptos a los estudios de género –según había escrito ésta en el prólogo a una publicación sobre el asunto.
Así que, no recuerdo bien de qué modo, me puse en contacto con ella y acudí a la cita que me dio en su despacho del departamento. Hablamos largo, le expuse mi proyecto, mis deseos de que sus reservas sobre la incapacidad masculina para estudiar desde esa perspectiva no le supusiera ningún inconveniente y... aceptó. Pero su actuación fue tan leve, despreocupada como la de Garrido. Cuando meses más tarde, me cité con ella en Zaragoza para darle un empujón al asunto, me reveló que me había escrito un correo electrónico a una vieja dirección para comunicarme que, obligada por la asunción de un nuevo cargo directivo, debía abandonar una parte de su carga docente: había elegido la dirección de mi tesis. Y, ni corto ni perezoso, le canté las cuarenta en el pasillo del departamento –pues no se había dignado siquiera a invitarme a puerta cerrada a su despacho. Recuerdo que pasó por allí un profesor, atraído por el griterío, quien se inquirió sorprendido por lo que ocurría: "¡ya ves, por aquí, haciendo amigos...!" –le contesté.
Me quedé por consiguiente sin directora de tesis, con el proyecto matriculado y pagado en la universidad, con escasas posibilidades de encontrar a alguien del departamento con conocimientos en esa perspectiva que, tras el altercado con Irene, estuviese dispuesto a dirigir mi trabajo. Vacío, sensación hueca, parón obligado. No tardé en ponerme a la busca de una nueva directora en otras universidades cercanas: Lérida, Logroño, Barcelona... A esta última escribí para proponerle el asunto a Marta Segarra, notable especialista en los estudios de género y autora de algún título de referencia: sin respuesta.
Quien sí respondió fue la decana de la Facultad de Letras de otra universidad catalana, Florinda Voytila, a la sazón profesora de Filología francesa y especializada, según decía su perfil en la web universitaria, en autobiografía femenina: ¡por fuerza tenía que poseer un buen bagaje en asuntos de género! ¡Ah, infelice! Más bien poco, me confesó, así como, con aplastante sinceridad, declaró no conocer a Huysmans más que de nombre y poco más, lo mismo que la literatura que traza el vínculo entre feminismo y psicoanálisis. Su feminismo era antes de militancia pasiva –pues no le conocí grandes manifestaciones sobre la emancipación de las féminas del yugo patriarcal–, tal vez algo intuitivo y sólo por ser mujer sentirse forzada a ello, que de enunciación de causas, consecuencias y posibles luchas. No obstante todo esto, mi exposición debió de resultarle convinvente y aceptó dirigir mi tesis.
Era ese un nuevo paso adelante a favor de mi creciente y ya inevitable decepción acerca del mundo universitario y mi vocación docente, tantas fueron las sorpresas que ofreció mi directora Florinda a mi por aquel entonces todavía esperanzada ingenuidad. Y no obstante todo lo que voy a escribir en los párrafos que siguen, creo que debería antes bien sentirme muy agradecido, a pesar de los sinsabores y decepciones producidos, por haberme aceptado bajo su ala estando yo como estaba compuesta y sin dirección de tesis –sea como decir "colgado del todo".
Inició, pues, Florinda su dirección teniendo yo el trabajo bastante adelantado; con el plan ya organizado y a falta de escribir algunos capítulos. Antes de continuar adelante, ella me pidió lo redactado para su lectura; y fue allí donde empezó la verdadera frustración de mi confianza en la universidad y sus representantes. Mi directora no puso ningún reparo a casi nada de lo que le presenté: sus apuntes, correcciones y críticas se centraron casi exclusivamente en la manera de citar a pie de página las publicaciones utilizadas. El método científico en que debería basarse la excelencia investigadora se limitaba, en este caso, a que el apellido del autor citado precediera las iniciales de su nombre, tras una coma se escribiera el título en cursiva, tras otra coma la ciudad de publicación, la editorial y el año de edición, para plasmar, tras otra coma más, el número de la página de la cita; si la cursiva alcanzaba a, por ejemplo, la coma que estaba justo detrás del título del libro citado, la referencia era deficiente. De ahí que una inmensa parte de mi trabajo de revisión consistiera en corregir todas y cada una de las citas a pie de página (que, en total, llegaron a ser más de 1.100), poniendo una coma donde hubiera un punto y cosas de ese jaez. Trabajo tedioso y mecánico donde los hubiera, me entristeció enormemente que la verificación de cientifismo consistiera sólo en eso –y así se lo hice saber.
Si siguiente propuesta de corrección, como aparente reacción a mis comentarios, incluyó una acusación de plagio y copia. En un pasaje en el que yo resumía la dinámica del Edipo según Freud, ella creyó vislumbrar los ecos de un texto de Roland Barthes desconocido para mí, y que no había citado debidamente –lo que dejaba a las claras mi deshonestidad investigadora, capaz como me veía ella de apoderarme de un texto ajeno para hacerlo pasar como propio. Desde luego, negué la acusación, aseguré que el párrafo en cuestión provenía de mi pluma y le anuncié que, como satisfacción a sus dudas, añadiría una nota a pie de página con una referencia a una obra de Freud y, otra, al diccionario sobre términos del psicoanálisis de Laplanche y Pontalis. La polémica se calmó.
Otros episodios más sobre acuerdos y desacuerdos aparte –en cuya mayor parte, al final, ella me dejaba hacer habida cuenta de que siempre argumentaba férreamente mi oposición a sus correcciones–, conseguimos cerrar el texto y dar por definitiva la redacción. Por lo tanto, el siguiente paso consistía en la encuadernación del trabajo: ella me sugirió que, siendo Huysmans un autor tenido por decadente y preciosista, la encuadernación debía incluir algún elemento estetizante y bello. Yo me opuse, y no sólo por razones económicas, sino principalmente porque –le dije– si difícilmente podía ninguno de los miembros del tribunal leerse semejante tocho, importaba poco el envoltorio: en realidad, a quien iba a evaluar el tribunal era a Florinda –añadí– y a su amistad –yo me consideraba un simple convidado de quien sólo se esperaba, además, que pagara las copas. Y como ella rebatiera mi descreída opinión e insistiera en la necesidad de presentar el texto decentemente, accedí. Eso encareció la ya de por sí costosa factura de la imprenta, predisponiéndome contra posteriores propuestas de mi directora encaminadas a agradar a sus invitados –los miembros del tribunal.
La principal de ellas no fue otra que la asunción, por mi parte, de los habituales gastos de restaurantes a que se somete a los doctorandos. Yo me negué arguyendo que ya iba siendo hora de terminar con una tradición decimonónica muy desacorde con el talante igualitario de nuestr tiempo. Ella, indignada, argumentó que no se trataba de eso, sino de agasajar a mis evaluadores para facilitar mi entrada entre los pares de la comunidad docente universitaria. Y yo añadí que sería mucho mejor, más elegante y mayor muestra de mi aceptación como doctor que fueran ellos y la universidad donde me doctoraba quienes costearan una ceremonia en la que se homenajeaba a la comunidad universitaria en lugar de a mi nueva condición de doctor. A lo que ella respondió advirtiéndome de que si rehusaba pagar el sarao pondría en peligro la calificación "cum laude". ¡Acabáramos! –debí de exclamar. Y yo le espeté que, confiado como estaba de que no me iban a suspender por no hacerle un feo a ella, no necesitaba ningún "cum laude" que me hiciera confiar en la apertura total de las puertas de cualquier universidad. La conversación, como puede imaginar quien lea estas líneas, se cerró de esa manera abrupta, teniendo como consecuencia subsiguiente el cambio de actitud de Florinda hacia mi persona.
Sin embargo, todo parecía indicar que la lecturas de tesis no pasaban de ser un mero rite de passage en el a la que la profesora que presentaba al candidato le interesaba que todo saliera a su gusto; de ahí que Florinda hubiera propuesto formar parte del tribunal a gente de su cuerda y perfectamente comprometidos con ella y sus intereses. Para asegurarme el pleno éxito –a pesar de mi negativa a pagar el pato–, Florinda me escribió en correoe electrónico en enero de 2006 sobre la composición del tribunal: todos amigos, todos gente de confianza, ya sea con vínculos especiales con mi directora, ya con intereses compartidos, ya con servidumbres descaradas. Siendo que los miembros de tribunal tenían favores que devolver a Florinda –o contaban con ella para su apoyo en futuros proyectos– y no cobraban ni un euro por su participación (viaje, alojamiento y manutención corrían a cargo de Lérida – Florinda me diría más tarde que se los llevó a la Peña del Barça en la que su marido ocupaba un puesto eminente) , ¿cómo no pensar que todo estaba pactado de antemano?
La defensa de mi tesis tuvo lugar un viernes. Recuerdo que mientras esperaba a que el tribunal me ofreciera entrar en la sala, apareció Florinda acompañada del jefe del departamento de francés de la universidad: ni una sonrisa, ni un deseo de buena suerte... Tan sólo un torero "ya veo que estás en capilla" que, lejos de hacerla cómplice, me pareció como un acicate a mis nervios. Y me hicieron entrar. Los 5 miembros del tribunal sentados ante una gran mesa presidencial, antigua y pomposa, que acentuaba la distancia –y sobre todo la altura– que separaba a los amigos de Florinda del aspirante a doctor; yo, sentado ante un pupitre escolar que evidenciaba mi estatus de alumno. Silencio, seriedad, ceremonia. El presidente del Prado me dio la palabra, que yo utilicé para saludar a cada uno en su lengua: castellano, francés, italiano y catalán –a lo que del Prado hizo un rictus de asquito digno de reseña. Dí las gracias a los miembros del tribunal y abordé el comentario sobre mi trabajo, primero en castellano y después en francés –como correspondía a la defensa de una tesis para doctorado europeo: otro rito. En cuanto hube terminado, tomaron la palabra los distintos invitados de mi directora.
Mencionable, en especial, la intervención del presidente: un tío pomposo, pagado de sí mismo, seguro de la pleitesía brindada por su anfitriona y compañeros de tribunal, quien hizo un comentario más que superficial de mi trabajo y se lanzó a disquisiciones hors sujet sobre lo humano, lo divino y sobre sí mismo. Como hiciera una referencia al masoquismo y su presencia en no recuerdo qué obra de las que citó a partir de su amplia y erudita memoria, en mi turno de réplica creí hacerle un honor "de par a par"· al servirme de su comentario y ampliarlo con las peticiones que el marqués de Bradomín hacía a Concha, en la Sonata de Otoño de Valle-Inclán, para que ésta lo azotara con sus largas trenzas. No había dicho tres frases que ya Florinda, desde su puesto de espectadora en primera fila, me chistó para que obviara ese comentario –que, según se me ocurrió pensar, podría disputarle al presidente la erudición que él necesitaba ser el único en demostrar a toda costa. ¡Valle-Inclán, tan empapado del ambiente finisecular y por consiguiente tan cerca de Huysmans! –no en balde formaba parte del programa de la asignatura, cursada en Nantes, gracias a la que conocí al autor de A contrapelo.
Terminó la sesión. Salí junto con Florinda al pasillo a esperar la deliberación del tribunal. Tras unos 20 minutos, me volvieron a hacer entrar para que el presidente me comunicara el "cum laude" otorgado. Agradecimientos, felicitaciones por parte del tribunal, ánimos para continuar en esa vía sin cejar... Y me despedí de todos ellos, de Florinda en especial, sin que nadie hiciera el más mínimo gesto para retenerme. Una ceremonia a la que yo asistí como pretexto para la reunión de esos prohombres y promujeres, soporte de la erudición y de los estudios franceses en España.

Continuación de mi relación con Florinda Voytila fue las colaboraciones que me pidió para dos obras: el Diccionario de mujeres creadoras y un artículo sobre un libro del que ella fue coautora sobre el francés Paul Nizan.
En el primer caso, Florinda fue amable al contar conmigo para que redactara algunas de las entradas de ese Dictionnaire, proyecto de las Editions des Femmes parisiense y del que mi exdirectora había sido nombrada coordinadora de grupo para toda España. Ella me facilitó una lista de autoras sobre las que yo debía reseñar trayectoria y obra. La mayoría, catalanas y absolutamente desconocidas para mí: Tecla de Borja, Isabel Suaris, Teresa Pascual, Hermínia Mas, Maria Barbal, Aurora Bertrana y, la única que conocía, Mercedes Salisachs. Al lado de cada uno de estos nombres, Florinda me hacía una propuesta acerca del número de caracteres que cada uno de ellos debía merecer. Tras indagar sobre ellas, me percaté de que, en algunos casos, la obra de estas mujeres se limitaba a una carta, a un par de libritos de poemas, a unas pocas novelas –salvo en el caso de Salisachs, autora como se sabe de una monumental producción, aunque... en castellano. De ahí que equiparar la importancia de la autora de La gangrena con la autora de dos libros de cuentos para niños con nula repercusión fuera del ámbito estrictamente catalán –pues junto al nombre de cada una de ellas se me propuso la longitud para el artículo que les fuera dedicado– me pareciera no sólo injusto, sino terriblemente tendencioso. A este propósito, le escribí un correo en el que le hacía partícipe de mi sorpresa por el hecho de que algunas autoras desconocidas para el gran público merecieran la mayor extensión –tanta como la de las más grandes:

"En cuanto a MARIA BARBAL, adivino que tienes un interés personal en dar realce a esta escritora, autora de 9 novelas, 3 libros de relatos cortos, una obra de teatro y 3 libros para niños. Lo que he podido leer sobre ella no me ayuda a considerarla como a una autora importante: prosa sencilla, giros dialectales, localizaciones pallaresas, superficialidad psicológica de los personajes. De ahí que "darle" 5.000 caracteres es concederle un espacio que no está en consonancia con su obra; un espacio desmesurado, que no creo que merezca. Imagino que ese número de caracteres, 5.000, es poner a cualquier autor a la altura de María Zambrano, o de Ana Mª Matute, o de Rosalía de Castro, o de otras escritoras con muchos mayores méritos literarios que Maria Barbal. Me gustaría que consideraras la posibilidad de limitar el espacio a 2.500 caracteres: darle más sería introducir un desequilibrio notable, que sólo favorecería a la Sra Barbal y perjudicaría a las autoras que ocupasen un espacio igual de grande que ella. ¿Cuánto ocupa la entrada sobre Simone de Beauvoir? ¿y la de George Sand? ¿y la de Duras?"
A lo que Florinda me contestó: "No tengo ningún interés especial en Maria Barbal, Curro, de veras. Todo lo referente a Literatura catalana no proviene de mi, sino de los consejos de dos buenas amigas".
Entregué mis artículos (sobre las ya citadas más Anna Dodas, Concha Espina y Rosa Fabregat), la editorial me envió el artículo que devolví firmado, me pagaron aproximadamente 300 euros y... no he vuelto a saber nada más
A esta nueva decepción sobre el mundo académico que me rodeaba y en el que tuve la suerte de moverme, se unió el de una nueva colaboración solicitada por Florinda: una reseña para la revista de la asociación de profesores universitarios de francés de la recopilación de artículos de Paul Nizan que mi exdirectora, editora, tituló De la España ensoñada a la España republicana y que un tal Ramon Usall se encargó de verter al castellano. Hice el trabajo con seriedad y rigor, por lo que no puede obviar los numerosísimos errores del librito en cuestión. Una muestra de mi artículo:

Encomiable objetivo ... que habría merecido, en virtud de la estatura literaria, moral y política de Nizan, unos mejores medios. Son tantos los errores y erratas de este meritorio libro que el lector ha de ver por fuerza mermado el valor histórico del autor de La Conspiración. El lector interesado tropieza con numerosas fallos tipográficos, a causa de los cuales se encuentra con que «los anarquistas están agrupados en la gran Confederación Nacional del Trabajo, afiliados a la Federación Anarquista Internacional» (¿no será mejor Ibérica, en el sentido de la FAI?) (Nizan, 2008: 47); le choca a ese lector que la mayoría en Cortes del Bloque Popular consista en «más de 25 diputados de 473» (Nizan, 2008: 48); le asombra que en un mitín en Tarancón, Mª Teresa León cuente a las mujeres que 'Gorka', el autor de La Madre, se está muriendo (Nizan, 2008: 90); le llama la atención que se transforme en "Durruls" el nombre del famoso dirigente miliciano en el frente de Aragón Durruti (Nizan, 2008: 110); y le extraña, por fin, que Gerda Tero sea un «joven fotógrafo» y al tiempo «la novia bonita de Robert Capa» (Nizan, 2008: 253), que el servicio internacional británico se llame Foreing Office (125), que Nizan ortografíe Almudévar con B (135) y que los fascistas españoles utilicen la costa basca francesa para sus propósitos (128).
Cuando no son tipográficos, los errores son de traducción: dice Nizan, por boca de su transcriptor, que la serie «Secretos de España» es una «encuesta» (84); que en la Sierra de Madrid abundan los «robles verdes» (143) –chêne vert = encina–; y que los generales «complotaban contra la República»1 (146).
No obstante esto resulta del todo inadmisible que una edición moderna se permita faltas de acentuación («...en las provincias en dónde las derechas...», p. 43; «... el ministro no se fía de nadie: el mismo...», p. 67; «cual no fue mi perplejidad (...) cual no fue mi sorpresa...», p. 1532), de morfología o de sintaxis («... no se trata del conflicto de dos potencias soberanas, si no de la lucha de un gobierno legítimo...», p. 125; que deprisa sea transformado en dos ocasiones en de prisa, pp. 142 y 164; que se lea que «quizás no es escandaloso que hay jóvenes que exponen a la luz pública...», p. 147; que Negrín tan pronto tutee como trate de usted a los miembros de la Sociedad de Naciones, pp. 178-9; o que Malraux sea «un novelista uno de cuyos valores más grandes es la imaginación metafísica», p. 183). Ya, para terminar con la relación no exaustiva de erratas, lamentar que en el epílogo no se utilicen las cursivas –que evitarían la ambigüedad de un título nizaniano: «España en el corazón de Pablo Neruda» (260).3
Uno se pregunta cómo la siempre rigurosa Dra Florinda Voytila ha permitido que lleve su nombre una edición tan catastrófica. Afortunadamente, semejante batería de errores no logra oscurecer el interés de esta obra nizaniana, que permanece intacto gracias a sus apasionados y justos comentarios sobre nuestra historia política y social.

Antes de enviar mi reseña a Çédille –tal es el título de la revista–, caí en tentación de lealtad y se la envié a Florinda para su aprobación –estando convencido de que no iba a permitir que semejantes diatribas aparecieran en un medio en el que, si bien de escasa difusión, ella no dejaba de tener un cierto prestigio (seguramente más sustentado por estructuras de amiguismo y favores que por verdadero valor propio). Como era de esperar, me pidió que no lo remitiera a la revista... y acepté.

Soy doctor, doctor en Filología francesa: algo a lo que, sinceramente, concedo muy poca importancia. "Pero, hombre, ¿hacer una tesis es algo grande!" –recuerdo que me dijo una compañera de trabajo, asombrada ante mi descreimiento y falta de valor que otorgaba al hecho. No creo que a estas alturas de la lectura a nadia sorprenda que yo escriba que, en esas condiciones, ser doctor, hacer una tesis, no consiste más que en ser perseverante –porque haberla escrito y presentado con éxito no significa la excelencia de quien lo haya hecho: antes bien su sumisión a un statu quo y a unas reglas del juego. Y no es que sea yo doctor a mi pesar –lo quiera o no, me ha servido para sumar puntos a mi expediente en los concursos de profesor interino–: lo soy conocedor de lo poco que vale.
1 El DRAE considera ese verbo como un americanismo, mientras que en francés, de uso común, existe desde el siglo XV.
2 Error tanto menos aceptable cuando ese pasaje, correspondiente a la obra de Jean-Richard Bloch ¡España!, ¡España!, conoce ya una estupenda versión castellana sin faltas de ortografía –obra de Mª Carme Figuerola (Bloch, 1996: 145).

3 Anotar asimismo el error de datación de este artículo; mientras en el epílogo de los editores aparece con fecha de 23 de junio de 1938, «España en el corazón de Pablo Neruda» aparece fechado en el texto principal a 26 de enero de 1939.

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