11. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Habiendo
sido estudiante en esta universidad, en su demarcación de
Huesca, y abrigando desde adolescente una secreta ambición de
llegar a ser profesor universitario, lo más natural era, para
mí, poder colocarme como docente en esta institución.
Uno
de los inconvenientes que yo considero más importantes para
hacer efectiva y estable mi contratación como profesor
universitario en Zaragoza es el propio desarrollo de mis estudios. Me
diplomé en Magisterio en Huesca; hice el curso puente (de
adaptación a la licenciatura) en esta misma ciudad; los cursos
siguientes a este último de adaptación, 4º y 5º,
los realicé en Francia, universidades de Montpellier y Nantes,
como estudiante Erasmus. Tan sólo cursé en Zaragoza
–sede del departamento de filología francesa– dos
asignaturas de 5º curso que no resultaban convalidadas a los
Erasmus, con lo que mi paso por la Facultad de Filología de la
capital del Ebro se limitó a efectuar los 2 exámenes
con los que completaba mi expediente. Eso significa que no me codeé
lo suficiente con los profesores del departamento para hacer méritos
"extra-académicos".
No
obstante esto, creí poder ofrecer un perfil aplicado y amable
al matricularme en los Cursos de Doctorado en mi universidad. Pero
limitándose éstos a asistir a clase y, todo lo más,
realizar algún trabajillo de poca monta, mis posibilidades de
promoción fueron escasas.
Siguiendo
los pasos necesarios para satisfacer mi vocación, una vez
completados los créditos del doctorado, estimé
conveniente e interesante centrar mis esfuerzos en la redacción
de una tesis doctoral sobre literatura francesa, que, a mi buen
entender, debería facilitarme en algo la apertura de las
puertas del departamento. Y aunque ese sea asunto que trataré
más adelante, avanzo ya que terminé y presenté
mi tesis con éxito, pues con ella en la mano participé
en los concursos de la universidad de Zaragoza para cobertura de
puestos docentes –que es lo que voy a comentar a continuación,
camino plagado de obstáculos y dificultades para quien, como
yo, no contaba con la simpatía de los miembros del que debía
ser mi departamento de adscripción.
Participé
en todos los procesos de selección que salieron a concurso
entre 2002 y 2009, y, según corroboro en mis archivos, en
todos ellos presenté algún tipo de reclamación:
ya fuera por disconformidad por la puntuación asignada,
recursos de alzada, hasta un recurso contencioso-administrativo en el
que el juez no dio la razón a la argumentación
presentada por el abogado que me puso el sindicato UGT en Zaragoza.
En mi lugar, siempre aparecían seleccionadas unas pocas
candidatas de quienes no pongo en duda, actualmente, su buen hacer a
todos los niveles. Pero querría detenerme en uno de los
procesos de selección en el que al final, casi por arte de
birlibirloque, terminé saliendo victorioso y con una plaza de
profesor asociado en la Escuela Universitaria de Ciencias Humanas y
de la Educación de Huesca durante 4 años.
Sacó
el departamento de francés esa plaza para el curso 2006-2007 a
la que sólo nos presentamos dos candidatos; Gemma Aquilué
era mi oponente. Tras publicación en el tablón de
anuncios del departamento en Zaragoza (sí: antes sólo
se publicaba allí y no en la web de la universidad, debiendo
los aspirantes contar con la simpatía del secretario
departamental en caso de no residir en Zaragoza –como era mi caso)
de casi
toda la documentación necesaria para llevar adelante el
procedimiento los dos candidatos fuimos citados ante la Comisión
de Valoración reunida en Zaragoza (aunque la plaza estuviera
basada en Huesca). Y he remarcado el casi
porque al departamento sólo se le ocurrió publicar los
"Instrumentos Auxiliares para asignación de puntuación
de méritos", que debían servir para la mejor
evaluación de las candidaturas presentadas, 2 meses y medio
después de la convocatoria y con los expedientes de los
candidatos presentados en mano. Ello significa que, de haber querido
favorecer a un candidato en detrimento del otro, dichos
"Instrumentos" habrían podido ser confeccionados
interesadamente y en base al expediente de tal o cual candidato que
se deseara favorecer.
Con
esa prevención a flor de piel me presenté en Zaragoza
el día de la reunión señalada. En los pasillos
del departamento me encontré, como no podía ser de otra
manera, con mi amable contendiente, Ana Aquilué, quien, tras
hablar de
la pluie et du beau temps,
me comentó que estaba segura de que la plaza sería para
mí al tener yo una tesis leída y aprobada y ella no. No
quise, desde luego, cantar victoria –e hice bien.
La
Comisión, compuesta por los profesores Déborah Irati,
Ana Cuervo, Petra Totón y Antonio Abecé, me hizo entrar
para comenzar con la defensa de mi expediente –pues en eso
consistía la comparecencia ante le órgano colegiado. Me
hicieron algunas preguntas sobre mis estancias en Francia como
estudiante y como profesor, con más bien poco interés
comparado con el que mostraron sobre mi trabajo en el festival
Pirineos Sur. El profesor Abecé insistía e insistía,
tanto que, sonriendo hasta donde me permitía mi asombro, le
comenté que no entendía tanta importancia concedida a
un elemento de mi curriculum que nada tenía que ver con la
docencia. Abecé me contestó, entre pillo y resuelto:
"c'est
que nous sommes très portières: nous nous intéressons
à tout".
Obligado por la situación, acepté con una leve risa de
conveniencia. Y allí se quedó el examen de mis méritos,
sin haber entrado tan apenas, por no decir nada, en lo que podia ser
relevante para la plaza en cuestión.
Cuando
llamaron a Gemma Aquilué, solicité de la Comisión
hacer uso de mi derecho a presenciar la entrevista a mi contendiente.
Una de las profesoras, repentinamente inquieta, revisó sus
papeles para hallar el artículo del reglamento que autorizase
ese extremo; al comprobarlo, salió corriendo al pasillo para
prevenir a Aquilué de esa incidencia y se preparara antes de
entrar en la sala. Imaginé que la relación entre esa
profesora y la aspirante debía de ser estrecha, por la
afabilidad de las palabras que se dirigían mutuamente; y con
el resto de la Comisión. El examen del expediente de mi
oponente se vio acompañado de guiños y bromas varias,
pasando por sus méritos más levemente incluso que por
los míos. Estrechón de manos: yo me fui y Ana se quedó
conversando con quienes debieron de ser sus profesores o incluso
compañeros suyos –pues ya había ejercido como docente
en el Campus de Teruel.
Publicación
en el tablón de anuncios del orden de prelación: Gemma
Aquilué, 30'88 puntos; Francisco Domínguez, 29'47. La
plaza era suya. Yo me enfadé tras el resultado de esa comedia.
Y el enfado me duró incluso más allá de la
renuncia al puesto por parte de Ana –le debía de resultar
incómodo instalarse en Huesca desde su domicilio en Teruel;
tanto fue así que, incluso con el contrato firmado que me
hacía profesor en la Escuela Universitaria, interpuse un
recurso de alzada contra las puntuaciones concedidas a los dos
candidatos.1
En el mismo, tras un minucioso análisis de los vagos criterios
de valoración, de los méritos presentados por Aquilué
y, tras cálculos difíciles, solicitaba una puntuación
para mi expediente, 3 veces superior a la concedida. Ese análisis
me demostró de manera evidente, gruesa y hasta grosera que el
rasero utilizado fue doble; a la candidata
del departamento
–siempre hay una– se le puntuó por méritos no
contemplados en los criterios, o de manera visiblemente superior que
a los míos cuando se trataba de temas idénticos: todo
con tal de sumar una puntuación superior a la que yo alcanzaba
con mi tesis doctoral –mérito que ella no poseía.
Releo el contenido de mi recurso unos cuantos años más
tarde y me maravillo de la argumentación presentada: fui
hábil, aunque de poco me sirivió, ya que ni el
Vicerrectorado me contestó ni exigí responsabilidades
de los miembros de la Comisión.
Ya
en mi puesto en la Escuela Universitaria de Ciencias Humanas y de la
Educación, me ocupaba de varias asignaturas (Didáctica
de las Lenguas Extranjeras, El Francés con fines específicos
para Primaria y El Francés con fines específicos para
Educación Física) que yo quise afrontar de acuerdo con
lo que enunciaba sus títulos pero cuyo desarrollo programático
por parte del departamento de francés convertía en
simples clases de lengua francesa. Durante el primer curso insistí
en hacer mi propio programa y enseñar de manera concretamente
didáctica: siendo estudiantes a maestros de primaria, era
lógico que se les formara en técnicas de enseñanza
de idiomas. Sin embargo poco tardó mi compañera de
despacho en avisarme de que "nosotros", en Magisterio, no
podíamos dar materias de didáctica de idiomas porque
eran competencia exclusiva de Zaragoza; el título de la
asignatura era una sencilla operación cosmética para
adaptar el currículum de la Escuela a las normas
ministeriales. Obedecí a la velada o implícita orden
del departamento y me limité, ¡cuánto más
fácil y sencillo para mí!, a dar clases de lengua
francesa a un alumnado desmotivado, pasota y que, mayoritariamente,
sólo mostraban interés por las tórridas fiestas
que organizaba todos los jueves la comunidad estudiantil oscense.
Una
verdadera decepción para mi ya lejana vocación:
profesor universitario en esas condiciones y ese contexto consistía
únicamente en simular y expedir certificados de aprobado a
todo quien hubiese cumplido un mínimo –que era realmente
escaso. Una prueba de que era poco o muy poco lo que se esperaba del
alumnado era lo frecuente que en las materias de idiomas impartidas
en carreras universitarias no centradas en lenguas extranjeras se
ofreciera aprobados generales; todo con tal de no tener que pechar
con la falta de interés de los estudiantes en un régimen
de asistencia obligatoria a clase. ¿Dónde depositar mi
ansia por enseñar, sino en un cínico pozo de
poltronería? Mi ambición había descubierto que,
antes de llegar a realizarse por completo, debería luchar en
férreos combates de méritos con otros aspirantes,
seguir rellenando sin ton ni son mi currículum para ello,
besar el suelo que pisaran mis superiores jerárquicos en el
departamento radicado en Zaragoza y esperar pacientemente años
y años de pobres salarios hasta conseguir la titularidad. Y no
era la única decepción que le esperaba.
1
Doc 76

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