lunes, 19 de mayo de 2014

11. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

Habiendo sido estudiante en esta universidad, en su demarcación de Huesca, y abrigando desde adolescente una secreta ambición de llegar a ser profesor universitario, lo más natural era, para mí, poder colocarme como docente en esta institución.
Uno de los inconvenientes que yo considero más importantes para hacer efectiva y estable mi contratación como profesor universitario en Zaragoza es el propio desarrollo de mis estudios. Me diplomé en Magisterio en Huesca; hice el curso puente (de adaptación a la licenciatura) en esta misma ciudad; los cursos siguientes a este último de adaptación, 4º y 5º, los realicé en Francia, universidades de Montpellier y Nantes, como estudiante Erasmus. Tan sólo cursé en Zaragoza –sede del departamento de filología francesa– dos asignaturas de 5º curso que no resultaban convalidadas a los Erasmus, con lo que mi paso por la Facultad de Filología de la capital del Ebro se limitó a efectuar los 2 exámenes con los que completaba mi expediente. Eso significa que no me codeé lo suficiente con los profesores del departamento para hacer méritos "extra-académicos".
No obstante esto, creí poder ofrecer un perfil aplicado y amable al matricularme en los Cursos de Doctorado en mi universidad. Pero limitándose éstos a asistir a clase y, todo lo más, realizar algún trabajillo de poca monta, mis posibilidades de promoción fueron escasas.
Siguiendo los pasos necesarios para satisfacer mi vocación, una vez completados los créditos del doctorado, estimé conveniente e interesante centrar mis esfuerzos en la redacción de una tesis doctoral sobre literatura francesa, que, a mi buen entender, debería facilitarme en algo la apertura de las puertas del departamento. Y aunque ese sea asunto que trataré más adelante, avanzo ya que terminé y presenté mi tesis con éxito, pues con ella en la mano participé en los concursos de la universidad de Zaragoza para cobertura de puestos docentes –que es lo que voy a comentar a continuación, camino plagado de obstáculos y dificultades para quien, como yo, no contaba con la simpatía de los miembros del que debía ser mi departamento de adscripción.
Participé en todos los procesos de selección que salieron a concurso entre 2002 y 2009, y, según corroboro en mis archivos, en todos ellos presenté algún tipo de reclamación: ya fuera por disconformidad por la puntuación asignada, recursos de alzada, hasta un recurso contencioso-administrativo en el que el juez no dio la razón a la argumentación presentada por el abogado que me puso el sindicato UGT en Zaragoza. En mi lugar, siempre aparecían seleccionadas unas pocas candidatas de quienes no pongo en duda, actualmente, su buen hacer a todos los niveles. Pero querría detenerme en uno de los procesos de selección en el que al final, casi por arte de birlibirloque, terminé saliendo victorioso y con una plaza de profesor asociado en la Escuela Universitaria de Ciencias Humanas y de la Educación de Huesca durante 4 años.
Sacó el departamento de francés esa plaza para el curso 2006-2007 a la que sólo nos presentamos dos candidatos; Gemma Aquilué era mi oponente. Tras publicación en el tablón de anuncios del departamento en Zaragoza (sí: antes sólo se publicaba allí y no en la web de la universidad, debiendo los aspirantes contar con la simpatía del secretario departamental en caso de no residir en Zaragoza –como era mi caso) de casi toda la documentación necesaria para llevar adelante el procedimiento los dos candidatos fuimos citados ante la Comisión de Valoración reunida en Zaragoza (aunque la plaza estuviera basada en Huesca). Y he remarcado el casi porque al departamento sólo se le ocurrió publicar los "Instrumentos Auxiliares para asignación de puntuación de méritos", que debían servir para la mejor evaluación de las candidaturas presentadas, 2 meses y medio después de la convocatoria y con los expedientes de los candidatos presentados en mano. Ello significa que, de haber querido favorecer a un candidato en detrimento del otro, dichos "Instrumentos" habrían podido ser confeccionados interesadamente y en base al expediente de tal o cual candidato que se deseara favorecer.
Con esa prevención a flor de piel me presenté en Zaragoza el día de la reunión señalada. En los pasillos del departamento me encontré, como no podía ser de otra manera, con mi amable contendiente, Ana Aquilué, quien, tras hablar de la pluie et du beau temps, me comentó que estaba segura de que la plaza sería para mí al tener yo una tesis leída y aprobada y ella no. No quise, desde luego, cantar victoria –e hice bien.
La Comisión, compuesta por los profesores Déborah Irati, Ana Cuervo, Petra Totón y Antonio Abecé, me hizo entrar para comenzar con la defensa de mi expediente –pues en eso consistía la comparecencia ante le órgano colegiado. Me hicieron algunas preguntas sobre mis estancias en Francia como estudiante y como profesor, con más bien poco interés comparado con el que mostraron sobre mi trabajo en el festival Pirineos Sur. El profesor Abecé insistía e insistía, tanto que, sonriendo hasta donde me permitía mi asombro, le comenté que no entendía tanta importancia concedida a un elemento de mi curriculum que nada tenía que ver con la docencia. Abecé me contestó, entre pillo y resuelto: "c'est que nous sommes très portières: nous nous intéressons à tout". Obligado por la situación, acepté con una leve risa de conveniencia. Y allí se quedó el examen de mis méritos, sin haber entrado tan apenas, por no decir nada, en lo que podia ser relevante para la plaza en cuestión.
Cuando llamaron a Gemma Aquilué, solicité de la Comisión hacer uso de mi derecho a presenciar la entrevista a mi contendiente. Una de las profesoras, repentinamente inquieta, revisó sus papeles para hallar el artículo del reglamento que autorizase ese extremo; al comprobarlo, salió corriendo al pasillo para prevenir a Aquilué de esa incidencia y se preparara antes de entrar en la sala. Imaginé que la relación entre esa profesora y la aspirante debía de ser estrecha, por la afabilidad de las palabras que se dirigían mutuamente; y con el resto de la Comisión. El examen del expediente de mi oponente se vio acompañado de guiños y bromas varias, pasando por sus méritos más levemente incluso que por los míos. Estrechón de manos: yo me fui y Ana se quedó conversando con quienes debieron de ser sus profesores o incluso compañeros suyos –pues ya había ejercido como docente en el Campus de Teruel.
Publicación en el tablón de anuncios del orden de prelación: Gemma Aquilué, 30'88 puntos; Francisco Domínguez, 29'47. La plaza era suya. Yo me enfadé tras el resultado de esa comedia. Y el enfado me duró incluso más allá de la renuncia al puesto por parte de Ana –le debía de resultar incómodo instalarse en Huesca desde su domicilio en Teruel; tanto fue así que, incluso con el contrato firmado que me hacía profesor en la Escuela Universitaria, interpuse un recurso de alzada contra las puntuaciones concedidas a los dos candidatos.1 En el mismo, tras un minucioso análisis de los vagos criterios de valoración, de los méritos presentados por Aquilué y, tras cálculos difíciles, solicitaba una puntuación para mi expediente, 3 veces superior a la concedida. Ese análisis me demostró de manera evidente, gruesa y hasta grosera que el rasero utilizado fue doble; a la candidata del departamento –siempre hay una– se le puntuó por méritos no contemplados en los criterios, o de manera visiblemente superior que a los míos cuando se trataba de temas idénticos: todo con tal de sumar una puntuación superior a la que yo alcanzaba con mi tesis doctoral –mérito que ella no poseía. Releo el contenido de mi recurso unos cuantos años más tarde y me maravillo de la argumentación presentada: fui hábil, aunque de poco me sirivió, ya que ni el Vicerrectorado me contestó ni exigí responsabilidades de los miembros de la Comisión.
Ya en mi puesto en la Escuela Universitaria de Ciencias Humanas y de la Educación, me ocupaba de varias asignaturas (Didáctica de las Lenguas Extranjeras, El Francés con fines específicos para Primaria y El Francés con fines específicos para Educación Física) que yo quise afrontar de acuerdo con lo que enunciaba sus títulos pero cuyo desarrollo programático por parte del departamento de francés convertía en simples clases de lengua francesa. Durante el primer curso insistí en hacer mi propio programa y enseñar de manera concretamente didáctica: siendo estudiantes a maestros de primaria, era lógico que se les formara en técnicas de enseñanza de idiomas. Sin embargo poco tardó mi compañera de despacho en avisarme de que "nosotros", en Magisterio, no podíamos dar materias de didáctica de idiomas porque eran competencia exclusiva de Zaragoza; el título de la asignatura era una sencilla operación cosmética para adaptar el currículum de la Escuela a las normas ministeriales. Obedecí a la velada o implícita orden del departamento y me limité, ¡cuánto más fácil y sencillo para mí!, a dar clases de lengua francesa a un alumnado desmotivado, pasota y que, mayoritariamente, sólo mostraban interés por las tórridas fiestas que organizaba todos los jueves la comunidad estudiantil oscense.
Una verdadera decepción para mi ya lejana vocación: profesor universitario en esas condiciones y ese contexto consistía únicamente en simular y expedir certificados de aprobado a todo quien hubiese cumplido un mínimo –que era realmente escaso. Una prueba de que era poco o muy poco lo que se esperaba del alumnado era lo frecuente que en las materias de idiomas impartidas en carreras universitarias no centradas en lenguas extranjeras se ofreciera aprobados generales; todo con tal de no tener que pechar con la falta de interés de los estudiantes en un régimen de asistencia obligatoria a clase. ¿Dónde depositar mi ansia por enseñar, sino en un cínico pozo de poltronería? Mi ambición había descubierto que, antes de llegar a realizarse por completo, debería luchar en férreos combates de méritos con otros aspirantes, seguir rellenando sin ton ni son mi currículum para ello, besar el suelo que pisaran mis superiores jerárquicos en el departamento radicado en Zaragoza y esperar pacientemente años y años de pobres salarios hasta conseguir la titularidad. Y no era la única decepción que le esperaba.

1 Doc 76

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