martes, 20 de mayo de 2014

1. INTRODUCCIÓN

 Este texto nace de una necesidad: la de hacer justicia en una situación en la que yo he sido en todo momento la parte más débil, y tratado con injusticia por las autoridades educativas y las instancias judiciales oscenses –a cuyas dependencias de lo contencioso llevé mi caso buscando solución a una persecución planeada–, como los lectores podrán comprobar.
Uno de los principales objetos de esta crónica reflexiva es poner de manifiesto la diferencia de rasero con la que la Administración aplica las reglas que ella misma crea: mientras exige un cumplimiento literal a sus administrados, ella se salta los preceptos que le puedan resultar incómodos para la consecución de sus objetivos. Las correas de transmisión de este modus operandi son, como no podía ser de otro modo, los cargos directivos y ejecutivos de la pequeña administración: inspectores, secretarios y directores provinciales.
En el momento en que el administrado –como fue el caso conmigo y verán ustedes, lectoras y lectores, si se sumergen en la lectura de estas páginas– reclama el cumplimiento estricto de la misma normativa que a él le quieren aplicar es considerado como un molesto elemento a abatir, puesto que está mostrando con caracteres gruesos el funcionamiento irregular e ilícito de la Administración, el déficit democrático de nuestras instituciones, y, en última instancia, la discrecionalidad de las decisiones de quien se ve investido con un poder cualquiera.
Otro elemento de enormes importancia y protagonismo en este texto es el comportamiento de los compañeros de trabajo. En un clima de completa y absoluta sumisión a los dictados de quien manda, sin que exista la posibilidad de análisis crítico y cuánto menos de reclamación por su parte, los trabajadores que he tenido la desgracia de cruzarme en el camino descrito en este texto han demostrado no preocuparse más que de cobrar a fin de mes y de ponerse acríticamente al lado de quien podía recompensarles por su fidelidad sin fisuras. Y todo ello en detrimento de un compañero, quien esto escribe, de quien nadie ha intentado conocer los motivos de sus quejas ni los antecedentes de sus peleas. Para citar un adagio compuesto por un político de ya larga trayectoria parlamentaria, "quien se mueva no sale en la foto": el miedo paralizaba a los trabajadores con quienes me codeé, temerosos de que una u otra demostración de independencia y autonomía les hiciera entrar en una "lista negra" en la que sólo hallaran obstáculos para su normal y cómodo ascenso en la relación de prebendados. Nulas demostraciones de solidaridad, menos todavía de compañerismo, que hicieran pensar al acosado que por lo menos contaba con el apoyo moral y sentimental de sus camaradas. Ni una sola visita en su aislamiento, ni una sola llamada que sirviera para reconfortar al acosado en el lugar donde fue arrinconado o expulsado. Esto es algo que, aun pareciéndole chocante al autor, debe de ser bastante habitual según le relató su abogada Mª Gabriela García, más experimentada y versada que él en relaciones laborales y casos de toda índole.
Pero el agent provocateur de todo el tinglado, el que finalmente ha decidido que no se haga justicia, fue un juez: el que fuera titular del juzgado de lo contencioso de Huesca, en quien confió el acosado el desembrollo del asunto y que siempre actuó de manera incomprensiblemente favorable a los intereses de la Administración, desoyendo lo expuesto por los representantes letrados y dejando de considerar aquellas de sus argumentaciones que desactivaban las acusaciones de las autoridades educativas. En todo momento otorgó mayor credibilidad a la palabra de los acosadores que a la del acosado, infringiendo con ello la sacrosanta presunción de inocencia –incluso en situaciones de un único testimonio opuesto a otro en las que no existían elementos suficientes de juicio para dirimir la validez y/o credibilidad de ambos.
Aun actuando así la Justicia de primera instancia, el propio sistema judicial permite la apelación en instancias superiores –que resuelve, en el mejor de los casos, tras tres o cuatro años de inquieta espera. La propia saturación de los juzgados obliga al aggiornamiento de los procedimientos, lo que provoca una merma de los derechos ciudadanos sobre los que se asienta una democracia: el imperio de la ley y su cumplimiento debería ser un derecho fundamental en cualquier Estado democrático avanzado; pero héte aquí que tanto en Justicia como en salud pública, son tales los plazos de espera que antes de que el ciudadano halle curación la enfermedad puede haber avanzado hasta un punto casi irreversible.
Este es por lo tanto el relato de un acoso, de una persecución sufrida en sus propias carnes por quien lo escribe. Él se ha dejado la salud en ello, así como numerosas horas en redacción de peticiones, solicitudes, quejas, denuncias, recursos y defensas; de nada le han servido cuando su exclusión del acrítico funcionariado estaba prevista de antemano. Sean indulgentes con la pasión que dejará traslucir este texto en más de un pasaje y que pone en riesgo la credibilidad de lo que en él se relata: la objetividad absoluta es una entelequia, y cuánto más en el caso del relato de una ofensa sufrida en la primera persona de quien lo narra –y será en esa persona del verbo en la que acometerá la redacción de este sentido y, para él, necesario testimonio.
A título de antecedente, el narrador ha plasmado sus impresiones de los años previos al desempeño del puesto en la EOI de Monzón –que fue donde se produjeron los más gruesos acontecimientos de este relato–; su fin no es otro más que el de mostrar cómo su itinerario profesional y su experiencia anterior han podido determinar, en mayor o menor medida, su actitud ante los casos que expondrá más adelante.

Y, por último le cabe señalar al narrador que todas las opiniones y juicios de valor vertidos en este documento no son más que eso, opiniones. Con ellas no pretende desprestigiar a nadie, ni socavar su honor, cuánto menos insultar a quien sea; únicamente expone el narrador su punto de vista sobre los hechos narrados, en los que, necesariamente, han cumplido un importante papel las personas que, con nombre y apellidos, compartieron esas vivencias. Que esto sea leído en su descargo.

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