martes, 20 de mayo de 2014

1. INTRODUCCIÓN

 Este texto nace de una necesidad: la de hacer justicia en una situación en la que yo he sido en todo momento la parte más débil, y tratado con injusticia por las autoridades educativas y las instancias judiciales oscenses –a cuyas dependencias de lo contencioso llevé mi caso buscando solución a una persecución planeada–, como los lectores podrán comprobar.
Uno de los principales objetos de esta crónica reflexiva es poner de manifiesto la diferencia de rasero con la que la Administración aplica las reglas que ella misma crea: mientras exige un cumplimiento literal a sus administrados, ella se salta los preceptos que le puedan resultar incómodos para la consecución de sus objetivos. Las correas de transmisión de este modus operandi son, como no podía ser de otro modo, los cargos directivos y ejecutivos de la pequeña administración: inspectores, secretarios y directores provinciales.
En el momento en que el administrado –como fue el caso conmigo y verán ustedes, lectoras y lectores, si se sumergen en la lectura de estas páginas– reclama el cumplimiento estricto de la misma normativa que a él le quieren aplicar es considerado como un molesto elemento a abatir, puesto que está mostrando con caracteres gruesos el funcionamiento irregular e ilícito de la Administración, el déficit democrático de nuestras instituciones, y, en última instancia, la discrecionalidad de las decisiones de quien se ve investido con un poder cualquiera.
Otro elemento de enormes importancia y protagonismo en este texto es el comportamiento de los compañeros de trabajo. En un clima de completa y absoluta sumisión a los dictados de quien manda, sin que exista la posibilidad de análisis crítico y cuánto menos de reclamación por su parte, los trabajadores que he tenido la desgracia de cruzarme en el camino descrito en este texto han demostrado no preocuparse más que de cobrar a fin de mes y de ponerse acríticamente al lado de quien podía recompensarles por su fidelidad sin fisuras. Y todo ello en detrimento de un compañero, quien esto escribe, de quien nadie ha intentado conocer los motivos de sus quejas ni los antecedentes de sus peleas. Para citar un adagio compuesto por un político de ya larga trayectoria parlamentaria, "quien se mueva no sale en la foto": el miedo paralizaba a los trabajadores con quienes me codeé, temerosos de que una u otra demostración de independencia y autonomía les hiciera entrar en una "lista negra" en la que sólo hallaran obstáculos para su normal y cómodo ascenso en la relación de prebendados. Nulas demostraciones de solidaridad, menos todavía de compañerismo, que hicieran pensar al acosado que por lo menos contaba con el apoyo moral y sentimental de sus camaradas. Ni una sola visita en su aislamiento, ni una sola llamada que sirviera para reconfortar al acosado en el lugar donde fue arrinconado o expulsado. Esto es algo que, aun pareciéndole chocante al autor, debe de ser bastante habitual según le relató su abogada Mª Gabriela García, más experimentada y versada que él en relaciones laborales y casos de toda índole.
Pero el agent provocateur de todo el tinglado, el que finalmente ha decidido que no se haga justicia, fue un juez: el que fuera titular del juzgado de lo contencioso de Huesca, en quien confió el acosado el desembrollo del asunto y que siempre actuó de manera incomprensiblemente favorable a los intereses de la Administración, desoyendo lo expuesto por los representantes letrados y dejando de considerar aquellas de sus argumentaciones que desactivaban las acusaciones de las autoridades educativas. En todo momento otorgó mayor credibilidad a la palabra de los acosadores que a la del acosado, infringiendo con ello la sacrosanta presunción de inocencia –incluso en situaciones de un único testimonio opuesto a otro en las que no existían elementos suficientes de juicio para dirimir la validez y/o credibilidad de ambos.
Aun actuando así la Justicia de primera instancia, el propio sistema judicial permite la apelación en instancias superiores –que resuelve, en el mejor de los casos, tras tres o cuatro años de inquieta espera. La propia saturación de los juzgados obliga al aggiornamiento de los procedimientos, lo que provoca una merma de los derechos ciudadanos sobre los que se asienta una democracia: el imperio de la ley y su cumplimiento debería ser un derecho fundamental en cualquier Estado democrático avanzado; pero héte aquí que tanto en Justicia como en salud pública, son tales los plazos de espera que antes de que el ciudadano halle curación la enfermedad puede haber avanzado hasta un punto casi irreversible.
Este es por lo tanto el relato de un acoso, de una persecución sufrida en sus propias carnes por quien lo escribe. Él se ha dejado la salud en ello, así como numerosas horas en redacción de peticiones, solicitudes, quejas, denuncias, recursos y defensas; de nada le han servido cuando su exclusión del acrítico funcionariado estaba prevista de antemano. Sean indulgentes con la pasión que dejará traslucir este texto en más de un pasaje y que pone en riesgo la credibilidad de lo que en él se relata: la objetividad absoluta es una entelequia, y cuánto más en el caso del relato de una ofensa sufrida en la primera persona de quien lo narra –y será en esa persona del verbo en la que acometerá la redacción de este sentido y, para él, necesario testimonio.
A título de antecedente, el narrador ha plasmado sus impresiones de los años previos al desempeño del puesto en la EOI de Monzón –que fue donde se produjeron los más gruesos acontecimientos de este relato–; su fin no es otro más que el de mostrar cómo su itinerario profesional y su experiencia anterior han podido determinar, en mayor o menor medida, su actitud ante los casos que expondrá más adelante.

Y, por último le cabe señalar al narrador que todas las opiniones y juicios de valor vertidos en este documento no son más que eso, opiniones. Con ellas no pretende desprestigiar a nadie, ni socavar su honor, cuánto menos insultar a quien sea; únicamente expone el narrador su punto de vista sobre los hechos narrados, en los que, necesariamente, han cumplido un importante papel las personas que, con nombre y apellidos, compartieron esas vivencias. Que esto sea leído en su descargo.

2. ANTECEDENTES: DE FRANCIA A LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE

 Aun habiendo trabajado en varias cosas para ganarme unos cuartos o incluso la vida, mi principal ocupación anterior a los hechos narrados consistió siempre en enseñar, y, especialmente, idiomas: español, durante cinco años en una universidad francesa y uno en una española; francés, seis años entre Escuelas Oficiales de Idiomas y la Universidad de Zaragoza –que es donde ejerzo como profesor asociado en el momento en que escribo estas líneas.1
Tanto tiempo pasado en Francia, entre el disfrute de dos becas Erasmus, un curso de asistente lingüístico en un instituto parisino y cinco en la Universidad de Nantes, hicieron de mí un expatriado nostálgico del tipo de vida español. No era yo, desde luego, el único, pues la inmensa mayoría de los componentes de lo que bauticé como "colonia española" en Nantes había idealizado la luz, las calles, el ambiente, el paisaje y el paisanaje de los pueblos de España. A ello contribuía también la atmósfera ciertamente individualista y de escaso compañerismo de mis colegas franceses; tan amistosa era la ligazón que nos unía a los españoles trabajadores en los distintos centros universitarios de Nantes, tan cercana la relación entre los estudiantes Erasmus ultrapirenaicos, y tan distante el trato con la mayoría de profesores galos, que elevé al rango del ideal a la gente que vivía en España. Se me antojaba que en las escuelas, institutos y facultades ibéricas el ambiente de trabajo debía de ser extraordinario, en el que el compañerismo, la solidaridad y la ayuda mutua tenían por fuerza que excluir el arribismo insolidario y egoísta. Créanme si les digo que pedí mi dimisión en Nantes esperanzado con un futuro próximo poblado de amores y amistades.
Tras un paréntesis de unos cuantos meses pasados en Barcelona, di con mis huesos en la Universidad de Alicante, adonde me llevó una oferta de trabajo y el hecho de que mi hermana viviera en esa ciudad mediterránea. En la Sociedad de Relaciones Internacionales (en adelante SRI), empresa privada participada por la universidad, enseñé Español para extranjeros durante ocho meses; y la experiencia fue, me cabe decirlo, reveladora. Allí se abrieron mis ojos a la realidad –quiero pensar que no todo el monte es orégano, aunque confieso una cierta tendencia a la ensoñación–, dándome cuenta de que cada uno no atiende más que a sus intereses personales aun a riesgo de entorpecer y dinamitar los de los compañeros de trabajo. Yo era muy ingenuo: sí, lo he de confesar.
En la SRI trabajábamos unos 10 profesores de español, de los cuales tan sólo tres tenían un contrato fijo; el resto íbamos siendo contratados a medida que se llenaba la matrícula de los cursos propuestos. Es decir, que si había seis grupos, trabajaban sólo los tres profesores fijos; si se conseguían más alumnos, los profesores inestables se encargaban de esos nuevos grupos en base a un orden de prelación que a todo el profesorado nos resultaba desconocido. Ese ranking, esa lista de preferencia a la hora de dar clase, se establecía sobre criterios a los que nosotros, profesores, no teníamos acceso: ¿la antigüedad?, ¿la buena apreciación de los alumnos?, ¿la formación previa?, ¿la experiencia? Nadie lo sabía, lo que hacía de nuestra situación en la SRI una enorme fuente de inestabilidad.
Al no tener acceso a nuestras puntuaciones y posición en el ranking, los profesores estábamos siempre pendientes de hacer nuestro trabajo lo mejor posible, de rehuir todo tipo de problema o de polémica y, sobre todo, de estar a bien con quienes nos clasificaban: el coordinador pedagógico (un irlandés de pésima pronunciación y vocabulario castellanos que hacía valer su importancia a base de desplantes y rechazos del saludo), el director de la empresa ("el turronero" creo que le llamábamos, un tipo oscuro, seco y de malos modos, que basaba en una desagradable altivez la consideración que debíamos a su puesto), el jefe de estudios (un alicantino del interior que se creía el rey del mambo y que parecía distinguir la profesionalidad de sus compañeros en base a la amistad) y la jefa de personal (una excelente profesional, nantesa de nacimiento, que era consciente del ambiente de constreñimiento al que nos sometía el modo de trabajar en esa casa y nos compadecía por ello). Con Pierrette Cholet –pues tal era el nombre de esta última–, la conversación era sencilla, grata, amistosa y, sobre todo, horizontal; con Julián Oceán, el jefe de estudios, uno no sabía siempre a qué atenerse: tan pronto parecía el más cordial y cercano de los humanos como la persona más ingrata y fría que uno podía echarse a la cara; al "turronero" todo el mundo lo temía por su poder de crear y romper contratos según su gusto: ello hacía que, cuando bajaba silencioso las escaleras desde su elevado despacho personal, todos los profesores lo saludaran con una leve pero visible inclinación de cabeza. Con el irlandés, de nombre Bryan Moody, uno tampoco sabía cómo actuar. Recuerdo una ocasión en que yo estaba con otro compañero preparando mis clases en la sala de profesores cuando entró él por la puerta sin saludar ni señalar nuestra presencia allí; yo lo saludé de manera ostensible con el fin de que se percatara de su falta de delicadeza al no decirnos siquiera un lacónico "buenas tardes": él se corrigió de mala gana, sin pedir disculpas ni nada que se le pareciera. Mi compañero me reprendió por haber actuado así, señalando que más valía no ponerse en contra de los que mandaban por si las moscas; yo me reí de su consejo y le acusé con frivolidad de ser un cobarde sumiso –o algo por el estilo, pues relato sobre recuerdos en parte difusos.
Lo cierto es que la mayor parte de mis compañeros en la SRI provenían de situaciones laborales tan extrañas e inestables que lo ofrecido por la Universidad de Alicante les parecía un lujo asiático: el Español para extranjeros era una materia implantada en las universidades de manera casi extraoficial; de ahí que, en la mayoría de los casos, se trabajara en condiciones cercanas a la esclavitud. Algunos habían ejercido en academias privadas sin contrato ni seguridad social: la precariedad era habitual en ese tipo de centros, por lo que se comprendía su deslumbramiento ante lo que se les presentaba en Alicante. Otros, sin embargo, provenían de universidades públicas donde también habían trabajado sin contrato alguno; lo que en las academias parecía normal, en el caso de la enseñanza superior pública era flagrante. A mí, todo eso se me antojaba insoportable, con un bagaje profesional forjado en la muy protectora educación pública francesa, donde todo era regulado y normalizado hasta el último detalle; e incluso mi trabajo en un centro privado francés (una escuela universitaria de alta gestión y comercio) se desarrolló con las mayores transparencia y legalidad imaginables. Por eso no podía compartir el punto de vista de mis compañeros: porque mi experiencia había sido muy distinta de la suya, en el sentido de que yo jamás me sentí explotado ni menospreciado en el ejercicio de mi profesión docente. Sus muestras de cobarde sumisión o de acomodaticia comunión con todo tipo de ruedas de molino a mí me resultaban inaceptables; de ahí que yo no dejara de demostrar mi enfado ante lo que ellos y ellas consideraban como algo normal e incluido en las reglas del juego. Ese fue, creo yo, el germen de mis problemas laborales en la SRI de Alicante –y, por extensión, en mis experiencias profesionales posteriores–: ese centro de trabajo me forjó como rebelde (para parafrasear el título de Arturo Barea), como alguien que difícilmente se adaptaría, en lo sucesivo, a la sumisión a lo inaceptable en los lugares donde me ha tocado trabajar.
Las normas de esa casa eran de lo más peregrinas, y, por consiguiente, de difícil acatamiento. En aras de la buena imagen, la dirección empezó por prohibirnos comer en la sala de profesores –como si la visión de un bocadillo mordisqueado fuera a empañar la reputación y la seriedad de nuestro oficio. Para demostrar nuestra constante disposición al trabajo, se indicó la incoveniencia de leer la prensa en la sala de profesores, así como de libros que no tuvieran relación directa con nuestras clases. Por último, y para acabar de rizar el rizo, un compañero me señaló que jefatura y dirección no veían con buenos ojos las conversaciones sobre política entre los profesores. Aun resultando extrañas todas estas consignas, lo más disparatado del asunto es que mis compañeros las aceptaran y cumplieran sin rechistar, sin que un solo comentario crítico aflorara a sus bocas. Como pueden ustedes imaginar, yo intenté por todos los medios mostrar una oposición lúdica a esas prohibiciones: no me comía el bocadillo pero sí alguna galleta que otra; dejaba el periódico abierto encima de la mesa mientras preparaba mis clases; proponía a mis compañeros hablar de fútbol aun avisándoles de que mi tema preferido era la política. Y todo ello de forma ostensible y bien visible, para hacer evidente a "nuestros superiores" lo ridículo de tales planteamientos.
Recuerdo otra ocasión en que el jefe de estudios –que no sé ahora si se apellidaba Oceán, o tal vez Ferris, como las camisetas–, firmó uno de sus cotidianos comunicados por correo electrónico con su cargo: "Fdo.: el Jefe de Estudios". Al recibirlo en la salita donde se habían instalado los ordenadores, comuniqué mi extrañeza a una compañera, sobre todo porque Julián mostraba con todos nosotros una cercanía que hacía extraño el trato oficial. Leí a mi compañera el encabezado de mi respuesta, que empezaba con algo parecido a "estimado y excelentísimo señor jefe de estudios - espero que estas líneas te hallarán en perfecta salud... etc, etc". Mi colega no participó de mis risas, añadiendo que a Julián le gustaba mucho que le trataran con cortesía y utilizando el nombre de su cargo.
– Pero...: ¿no te das cuenta de que si le seguimos la corriente terminará por creerse superior a nosotros? –le dije yo con asombro–. Julián es un compañero, cuyas competencias consisten en la coordinación de las clases sin que ello merezca respetos oficiales ni mucho menos pleitesía.
– Tú haz lo que quieras –me previno, cabizbaja–. Yo prefiero hacer lo que me manden.
– Yo creo que no se trata de que nadie nos mande ni de que nosotros debamos obedecer; ahora bien, si tú prefieres llamarlo así, allá tú...
Lo cierto es que modifiqué el texto de mi respuesta y dejé de lado cualquier malabarismo irónico: me plegué al consejo de mi compañera. Pero Julián lo había oído todo desde su despacho, cuya puerta permanecía siempre abierta para abundar en su compañerismo y buena disposición.
Poco después, fui convocado por una las facultades de Magisterio de Madrid para ocupar una plaza como profesor de francés, puesto al que había optado recientemente. Me hallé en un dilema que me resultaba, por aquel entonces, de difícil solución, y ello por varios motivos: el primero, de tipo económico, ya que el salario que percibiría de una universidad pública como profesor asociado o ayudante –no recuerdo muy bien de qué tipo de plaza se trataba– era inferior al que estaba percibiendo en la SRI, empresa privada aunque participada por la pública Universidad de Alicante; el segundo motivo, de tipo profesional, ya que las posibilidades de permanencia y promoción en una facultad pública eran siempre dudosas; el tercero, de tipo logístico, ya que pensar en el inicio de una nueva mudanza, búsqueda de piso y organización de clases me producían una pereza y desazón terribles. Obraba a favor de mi marcha a Madrid que allí viviera una buena amiga como Luisa, santanderina instalada en la capital desde hacía ya varios años y con una agradable pandilla de amigos y amigas bastante asentada con la que había compartido no pocos momentos. En ese mar de dudas, telefoneé a Luisa para consultar su opinión, quien me aconsejó vivamente que fuera a Madrid, que mientras encontrara algo mejor viviría en su piso, casualmente sito a un par de manzanas de la facultad que requería mis servicios. Y aunque esos argumentos pudieran ser de peso, las dudas seguían acosándome, por lo que pedí a Bryan Moody –el irlandés coordinador pedagógico de la SRI– consejo y guía. Este me recibió en su despacho y, tras escuchar mi relato y la enumeración de mis vacilaciones, me instó a quedarme en Alicante y disfrutar de una situación laboral más satisfactoria para mi carrera y para mi cuenta bancaria. Ello me pareció una promesa de mejora que, en cierto modo, recompensaría tanto mi trabajo docente como mi decisión favorable a la SRI. Así que acepté su criterio como el más válido –que, además, me reafirmaba en mi pereza y escaso ánimo para afrontar otro cambio más– y decidí permanecer en el cálido mediterráneo junto a mi hermana, su familia y los compañeros con los que poco a poco iba congeniando ¡Qué poco preveía en ese momento que mi talante y mi forma de afrontar los conflictos me iban a deparar no pocos problemas!
A pesar de la engañosa promesa de promoción y permanencia en la SRI que me hizo el irlandés, mis problemas en ese centro empezaron a hacerse evidentes con ocasión de un par de encontronazos que tuve con unas cuantas alumnas matriculadas en mis cursos. En el primer caso, se trataba de dos estudiantes italianas, de Nápoles, provenientes del programa europeo Sócrates, quienes parecían venir a clase más a ligotear que a aprender lo que yo pudiera enseñarles. En una ocasión en que entraron en el aula bien pasada media hora desde el comienzo de la clase, interrumpiendo a sus compañeros con sus aspavientos, comentarios y coqueteos varios, les indiqué que otra vez que llegaran tarde procuraran no molestar; una de ellas, mientras yo les decía eso, seguía de cháchara con un guapo alemán; la otra me espetó de manera en exceso desenfadada que si se retrasaban era porque otras obligaciones las requerían. Tal fue el desparpajo con que me dijo eso que les pedí que abandonaran el aula, a lo que se negaron; yo insistí comprendiendo que de ello dependía mi autoridad moral ante mi alumnado, consiguiendo al final que se fueran. Al terminar la clase, me dirigí como siempre a la sala de profesores, cruzándome con ellas a salir del despacho del jefe de estudios. Éste me llamó para contarme que había hablado con las dos chicas italianas, que estaban indignadas por haber sido expulsadas de clase delante de todos sus compañeros. De poco valieron mis argumentos ante la aseveración de que esa escuela, la SRI, era un centro privado en el que los alumnos pagaban por recibir clases y que debían sentirse a gusto.
– O sea, que, como clientes, siempre tendrán la razón, ¿no es así? –le pregunté yo con sarcasmo.
– Así es. Y nosotros estamos a su servicio.
Le recriminé con suavidad que hubiera antepuesto el bienestar de dos niñas caprichosas al de un profesor en el ejercicio de su trabajo, y que eso dejaba entrever un sentido muy poco habitual del compañerismo. "Esto es una empresa", me espetó.
El otro episodio, decisivo éste para mi permanencia en la SRI, se produjo a raíz de un rifirrafe con dos alumnas rusas, residentes en el Mediterráneo desde poco tiempo atrás. Una de ellas, alta, rubia y delgada, de largos y poderosos dientes, era la simpatía personificada; la otra, rubia también, pero de rostro y cuerpo poderosos y hombrunos, estaba habitada por un incontrolable espíritu de contradicción, que le empujaba a maltratar verbalmente a quien le viniera en gana. En una ocasión, mientras yo escribía la solución a un ejercicio encargado la víspera, ella dijo con su voz de barítono:
¡Eso no se escribe así!
¿El qué? –le pregunté yo al tiempo que me volvía para darle la cara.
Esa frase, que no se escribe así –insistió.
¿Pretendes saber más de lengua española que yo?
Yo pretendo lo que quiero; pero eso lo has escrito mal –replicó en tono condenatorio.
Al día siguiente, con ocasión de otro rifirrafe parecido, le señalé que no comprendía esa actitud constantemente negativa, pues contribuia con ella a crear un ambiente de crispación en el aula; a ella pareció gustarle esa afirmación, pues se sonrió satisfecha de los efectos de su comportamiento. Yo no pude disimular una expresión de molesto enfado.
A la mañana siguiente, día 1 de marzo de 2001, tras hora y media de clase normal, y después del descanso, dije a mis alumnos que íbamos a hacer un ensayo del examen oral, y que para ello debían esperar fuera del aula a que los fuera llamando uno a uno. Cuando ya habían pasado cuatro o cinco alumnos, se presentó el jefe de estudios para decirme que la clase había terminado y que acudiera de inmediato a su despacho. Las rusas me sonrieron con sorna cuando pasé a su lado camino de las oficinas. En su despacho, Julián me dijo que eso no podía seguir así; que era ya la segunda ocasión en que se producían quejas por parte de mis alumnos, lo que resultaba del todo inadmisible en una escuela privada como la nuestra. De común acuerdo con el coordinador pedagógico –el irlandés–, habían decidido suspenderme de empleo hasta nueva orden, por lo que, si lo deseaba, podía marcharme del centro y no volver hasta que me lo dijeran.
  • Gracias por la zancadilla –le espeté con no poca rabia.
Lo ocurrido podía deberse a que, mientras esperaban su turno para el ensayo de examen oral, las dos rusas fueron a hablar con el jefe de estudios y exponerle la situación desde su punto de vista. De dicho encuentro da fe la presentación de motivos del "Informe Expediente Informativo" que me abrieron sin que mediara comunicación ninguna y que debió de serme entregado en algún momento de su tramitación.2
Como pueden imaginar ustedes, mi asombro fue mayúsculo. A una hora en que todos mis compañeros seguían en clase, recogí mi chaqueta y mi cartera de la sala de profesores y abandoné la universidad presa de una perplejidad absoluta. El desplazamiento hasta mi domicilio me permitió asentar un poco mis ideas, decidiendo no dejar de acudir al día siguiente al trabajo por temor a que me acusaran de abandono del puesto.
A la mañana siguiente llegué a las nueve menos cinco, cruzándome en la puerta de la sala de profesores con mis compañeros, que salían camino de sus respectivas aulas cargados con sus libros, carpetas y magnetófonos para actividades de escucha. Me sentí en cierto modo privilegiado, por saber que iba a disponer de mi tiempo como quisiera mientras ellos deberían cumplir con su tarea de todos los días. Julián, el jefe de estudios, se sorprendió sobremanera al verme. Me senté ante un ordenador y me dispuse a dejar pasar las horas con el mejor de los talantes, con aplomo, convencido de que yo no tenía culpa en el asunto y que era ese enrarecido ambiente laboral el causante de todo, al intentar hacerme plegar a sus inútiles exigencias. Al cabo de un rato, fui al despacho de Pierrette Cholet, la jefa de personal, para intentar recabar de ella algún consejo para salir bien parado de la situación.
Ya sabes cómo son las cosas aquí, Francisco. ¿Has hablado con Greta, la delegada sindical?
Fui a ver a la tal Greta –cuyo nombre acabo de inventar, pues no recuerdo cuál era la gracia de esta alemana campechana y simpaticona, tan directa y sincera en sus apreciaciones como un puñetazo en el estómago.
Sí –me comentó Greta–, ya sé de lo tuyo con Julián. Pero..., ¿habéis tenido alguna gresca? –me preguntó extrañada–. ¿Le has robado la novia o algo por el estilo?
Yo le contesté que no, desde luego que no. Ella me aclaró que me lo preguntaba ante las demostraciones de encono de Julián; como si todo ello viniera de un asunto personal.
Si hay algo personal en todo esto –le dije–, lo desconozco. Pero, ¡si este fin de semana hemos estado como dos buenos amigos, riendo y charlando juntos, en casa de Hermann (otro profesor, alemán, cuyo nombre he olvidado), con Pierrette y algunos profesores cuando nos invitó a una paella...!
Pues parece que el puñetero Oceán te la tenía jurada –me señaló–. Yo que tú hablaría con tus compañeras Ana y Pilar, que son de los sindicatos, y a ver qué te dicen. Pero, ¡cuidado!, porque son amigas de Julián desde hace tiempo; y si son fijas, debe de ser por algo.
Greta tenía razón: debí haber tenido cuidado al hablar con las dos sindicalistas, quienes dieron en todo momento razón al jefe de estudios reafirmando la tesis oficial.
¿No me vais a apoyar en caso de que la cosa vaya a peor? –les pregunté, verdaderamente extrañado por su actitud pasota.
Desde luego que sí: para eso somos las representantes de los trabajadores en esta empresa.
Al cabo de un rato, los profesores fueron acudiendo a la sala conforme terminaban sus clases. A medida que se presentaban y dejaban sus bártulos en los estantes, yo les informé de la situación, demostrando un asombro temeroso a medida que escuchaban mi relato de los hechos; algo que debió de hacerse patente para el jefe de estudios quien escuchaba atento tras su abierta puerta. Uno de mis compañeros, andaluz de Granada, Manuel (pongamos por caso que se llamara así), con bastante predicamento entre los profesores, me invitó a salir al patio para intercambiar unas palabras; allí me dijo que estaba a mi disposición para lo que necesitara, y que ya algunos compañeros habían pensado en que nos reuniéramos esa misma tarde para pergeñar juntos una estrategia de defensa. Quedó en que me llamaría en caso de que esa reunión se convocara, y a mí me hizo recuperar la confianza que Ana y Pilar, las sindicalistas fijas amigas de Oceán, habían deshecho con su actitud.
El día siguiente, santa Águeda (5 de marzo?)3, el jefe de estudios envió por correo electrónico interno una imagen de una rosa, dirigida especialmente a todas las compañeras. Hubo mensajes de agradecimiento; hubo quien no respondió; en general, el detalle fue bien aceptado. Yo elegí, sin embargo, intentar compensar mi resquemor mediante el ataque a esa iniciativa. Redacté un texto en el que decía que la celebración del día de las mujeres en esos términos, con flores y palabras acarameladas, no era sino un recordatorio de la sumisión en la que los hombres quieren obligar a permanecer a sus compañeras féminas; regalarles una flor e invitarles a permanecer siempre frescas y bellas era una llamada a la infantilización femenina, y que cualquier mujer autónoma y responsable de sí misma debería rechazar esas demostraciones de machismo paternalista. O algo así. Ojalá hubiese conservado ese correo, que debía de estar cargado de rabia y ánimo de ofender.
Las reacciones no se hicieron esperar. Mis compañeras Ana y Pilar, las sindicalistas fijas, reprendieron mi conducta; el resto de profesoras comentó con desdén no finjido que me había excedido; Pierrette y Greta, la francesa y la alemana, fueron las únicas mujeres que aplaudieron mi texto y dijeron estar de acuerdo con lo que en él se exponía. En cuanto a los hombres, el alemán Hermann me felicitó con risas, al contrario de mis compañeros profesores, quienes manifestaron que se trataba de un detalle simpático y que no había que sacarle punta a todo. ¿Seremos machistas los españoles? Greta dijo que sí, y que además, la gente de la SRI eran todos unos carcas, por lo que no debían extrañarme sus reacciones.
Esa misma mañana fui convocado a una reunión con Pierrette Cholet, jefa de personal, y Pilar Barra, una de las dos sindicalistas fijas, en la que me informaron del cariz que habían tomado las cosas y me pidieron declaración. Por lo leído4, parecer ser que algunos alumnos se mostraron descontentos con mi manera de enseñar, en ocasiones exigente y en otras posiblemente desdeñosa con quien no poseía los conocimientos necesarios para figurar en determinado nivel lingüístico, y que ello determinó sus quejas en bloque. Las conclusiones del "Informe" que me entregaron más adelante, y que intentan contrastar los testimonios de todas las partes implicadas, muestran no obstante algunas incoherencias a ese respecto que impiden comprender con claridad el diferendo. Como se puede leer en la página 4 de ese "Informe", sólo se mantuvo entrevista con cinco alumnos de un grupo de 13 –lo que hace difícil extraer de ello una opinión generalizada–; de esos cinco, tan sólo tres mostraron su descontento, dentro de los cuales uno manifestó que los problemas se presentaron a partir de febrero –cuando entraron las dos rusas en el grupo–. Más adelante, el "informe" declara la siguiente duda: "es difícil comprender el por qué (sic.) si únicamente dos alumnos han tenido problemas con el profesor la queja fue generalizada por parte del grupo al jefe de estudios". Y la pregunta que cabe formularse tras esta conclusión se centra en el tratamiento de la información por parte de ese jefe de estudios. En otro punto se concluye que las quejas podían provenir de que yo hubiese creado en los alumnos "una imagen de frialdad y distanciamiento"; no obstante esto, tal y como queda reflejado en mi declaración, mis estudiantes me habían pedido que celebráramos durante el último día de clase dos cumpleaños: incomprensible petición en medio del gélido ambiente que se pretendía que yo había creado.
La mañana de después, los acontecimientos se aceleraron. A primera hora, Manuel me anunció, con cara de circunstancias, que la prevista reunión de apoyo no se iba a celebrar. Le dije que lo que me hubiese extrañado habría sido lo contrario. Poco después, Pierrette me llamó a su despacho de jefatura de personal para entregarme la hoja de despido.5 Ni una despedida, ni un abrazo, ni una muestra de efusividad cuando mis compañeros me vieron recoger mis pocas pertenencias y marcharme de allí cabizbajo; triste, sí, pero con una sensación de liberación, de haber dado carpetazo a una situación incómoda y molesta, de haber mandado a freír esparragos un trabajo y a una gente que, me dije para consolarme, no me merecían.
No recuerdo si me fui de Alicante habiéndoles enviado una misiva por correo electrónico en la que les recriminara su actitud cobarde, sumisa y poco solidaria. Lo cierto es que cuando volví a esa ciudad para asistir al acto de arbitraje en Trabajo no llamé a ninguno de mis compañeros profesores; tan sólo a Pierrette y a Greta, a quienes comenté el resultado del arbitraje y agradecí su ayuda y su apoyo. El Ministerio calificó el despido de improcedente y ordenó el pago de una indemnización.6
Este episodio de Alicante, como decía más arriba, me inculcó la insumisión, que se convertiría en una actitud casi militante en la medida en que la gente de mi entorno se mostrase proclive a lo contrario. Aun siendo hijo de militar –y tal vez a causa de ello mismo–, objeté a hacer la mili precisamente para no tener que acatar órdenes de nadie. Pero una cosa es cumplir órdenes –lo que responde al concepto de obediencia– y otra muy distinta es seguir indicaciones en pos de una meta común –en cuyo caso provienen de alguien en quien se confía para que coordine o dirija. En la SRI de Alicante, el ambiente era de obediencia debida y obligada a una jerarquía establecida, principalmente, por el miedo a bajar puestos en ese misterioso ranking en el orden de prelación de los profesores –en definitiva, a perder el trabajo; y, atenazado por el miedo no se puede, no se debe, trabajar con la necesaria comodidad. Creo que ese miedo justificaba en gran medida la actitud de mis compañeros profesores: como sentimiento irracional, resulta en ocasiones incontrolable. Pero aceptarlo como viene o decidir trascenderlo pertenece al ámbito de las decisiones personales: uno elige plegarse o no, y mis compañeros se plegaron. Lo triste del asunto es que, al plegarse para conservar su trabajo, dejaran de lado a un compañero que sufría las consecuencias de esa adocenante gestión de personal, que hicieran piña –rebaño, podría decir– frente a la excepción que yo representaba para ellos. Ahora bien, ¿no podrían haber utilizado esa piña, ese funcionamiento de grupo cerrado que desmostraron tener frente a mí, para oponerse en masa a la dirección de la SRI? ¿Un desplante masivo, que paralizase las clases durante un par de semanas con la consiguiente pérdida de ingresos, no habría obligado a la dirección a negociar, a asegurar la transparencia de los criterios de promoción y a mejorar en definitiva las condiciones de trabajo de los profesores? Tal vez sí, pero estamos todos, en general, suficientemente acojonaos como para arañar siquiera, ya no para morder, la mano que nos da de comer.
1 Tal vez modificar o actualizar esos datos
2 Adjuntar (tal vez en anexo) Informe Expediente informativo
3 Comprobar festividad de sta águeda en 2001.
4 Ver páginas 1 y 2 del Informe Expediente Informativo.
5 adjuntar (tal vez en anexo) la hoja de despido de 7 de marzo de 2001 firmada por Fco Iváñez Olcina (coord gral)

6 Adjuntar acta de conciliación de 30 abril + la liquidación firmada por Pierrette

3. ANTECEDENTES: TERUEL Y HUESCA, PRIMERAS EOIS

 Tras un tiempo de desempleo en Huesca, me inscribí en las listas de interinos para profesores de EOI y de Secundaria (en ambos casos, en la especialidad de francés). Presenté mis méritos en los diferentes ámbitos de baremación y me concedieron una puntuación que consideré por debajo de mi experiencia y de mi formación. Alegué, sin éxito; recurrí en alzada, sin éxito; tuve que interponer un contencioso, que se resolvió a favor de mis intereses; pero la DGA, como parece ser que hace de oficio, apeló y el caso debió esperar los 4 años habituales a que el Tribunal Superior de Justicia de Aragón lo estudiase. La baremación tuvo lugar en julio de 2002; el contencioso en 2003, el TSJA no falló hasta 2007, instando a la DGA al cumplimiento de mis derechos administrativos y económicos –lo cual sólo se hizo efectivo a principios de 2008: me pagó unos seis millones de pesetas (36.000 euros) en concepto de atrasos y me hizo subir casi 20 puestos en la lista de interinos. ¡Errores de la Administración que terminamos pagando todos los contribuyentes! Pero me estoy desviando del asunto.
Una vez en listas, sólo quedaba esperar la adjudicación en interinidad de alguna plaza que me conviniera. El sistema funcionaba entonces de la misma manera que ahora, seis años más tarde: los aspirantes deben consultar la web de la Consejería aragonesa de Educación todos los lunes y jueves, con el fin de comprobar si han sido convocados para alguno de los puestos liberados en los centros de enseñanza de la comunidad. En caso de que así sea, los aspirantes deben o pueden solicitar optar a esa plaza, dependiendo de dos condiciones marcadas por la normativa: si la plaza se halla dentro de la provincia de referencia del candidato (la elegida en solicitud o asignada de oficio) y si es a tiempo completo; si esas dos condiciones se cumplen, el aspirante está obligado a solicitar esa plaza, o, en caso de no hacerlo, decaerá de las listas hasta nueva rebaremación o convocatoria de oposiciones. Yo quedé en el puesto 66 de la lista de EOI francés, habiéndome asignado por oficio Teruel como provincia de referencia –tal vez porque pocos aspirantes elegían dicha provincia por su lejanía a Zaragoza y Huesca.
A finales de septiembre de 2002, mi amiga Inma Pérez Jordán, andaluza residente en Toulouse, me pidió que le ayudase en la mudanza de sus muebles a Granada; para ello debería alquilar una camioneta en Huesca, ir con ella a la ciudad francesa, cargar, y, juntos, hacer el largo viaje hasta Andalucía. Justo la víspera de iniciar el viaje, vi en la web de la Consejería que me habían seleccionado para optar a una plaza a un cuarto de jornada (sí: ¡eso existe!) en la EOI de Teruel. Nervioso por la coincidencia de la convocatoria con la mudanza de Inma, fui a pedir información a la sección de Personal docente de la Dirección Provincial de Educación de Huesca, con el fin de averiguar hasta qué punto estaba obligado a optar por una plaza de tan poco volumen lectivo y tan lejos de mi ciudad de residencia –entonces yo no conocía la normativa relativa a adjudicaciones. Estando ausente en ese momento la persona que se ocupaba de atender los asuntos de Secundaria y EOIs, me recibió una rubia alta que decía ocuparse de Primaria –lo que venía a ser lo mismo en cuestiones de selección de personal interino. A mi petición de aclaración sobre el asunto, ella me remitió a la normativa recientemente publicada con una insistencia digna del mejor Anguita ("¡programa, programa!", ¿recuerdan?); yo insistí en que su función en ese mostrador era informar a quien así se lo solicitaba, y que habiendo leído la citada normativa encontraba dudas que esperaba que ella me aclarase.
– ¿Debo solicitar una plaza a un cuarto de jornada en mi provincia de referencia? ¿Estoy obligado a ello para no decaer en las listas?
– Tú solicítala por si acaso.
Y así lo hice. Imprimí la solicitud electrónica con mi opción marcada con una cruz y la entregué a esa misma funcionaria, quien la recogió en nombre de su compañero. Y me fui a Toulouse.
Al día siguiente, consulté en un cybercafé tolosano el resultado de las adjudicaciones para las plazas convocadas: a mí me habán adjudicado la plaza en la EOI de Teruel. En ese mismo momento volví a casa de Inma, quien no había dado de baja todavía su línea de teléfono, y llamé a Personal de Teruel para averiguar si me veía obligado a acudir al día siguiente a tomar posesión de la plaza –algo que no deseaba lo más mínimo no sólo porque truncaba mis planes de quedarme unos días por Granada, sino porque no me seducía la idea de trabajar en la ciudad mudéjar a un cuarto de jornada. Una administrativa me pasó con la jefa de personal turolense, quien enseguida me tuteó: me dejó chocado, acostumbrado como estaba otra vez al habitual trato de usted en Francia. Se lo señalé al instante, preguntándole por qué me tuteaba; ella se quedó cortada, enfriando de esa manera nuestro trato telefónico y, como me daría cuenta a la postre, durante los meses venideros. Como era de esperar me contestaron afirmativamente, subrayando la obligación que tenía de firmar la posesión si no quería decaer (ser eliminado) de la lista de interinos para los próximos cuatro años. Alegué que todo había sido un error por parte de Personal de Huesca, pidiéndoles además que se pusieran en contacto con ellos para intentar deshacer el entuerto; eso, comprendí, era asunto mío. Pero en las dependencias de Educación de mi ciudad ya no había nadie. Volví a hablar con Teruel, donde me señalaron la conveniencia de presentarme al día siguiente bien para firmar aceptando la plaza, bien para intentar resolver el malentendido.
Madrugón, carretera y manta, a la una de la tarde estábamos Inma y yo en Teruel tras un viaje agotador. En la Dirección Provincial de Teruel no me permitieron hablar con Huesca, por lo que tuve que hacerlo desde una cabina. Tras varios intentos, conseguí dar con la jefa de personal oscense, quien defendió la eficiencia de sus subalternos y depositó la responsabilidad del error en mi persona: no le faltaba razón. Pero lo cierto es que los funcionarios de Personal docente se debían a los usuarios del servicio, y un fallo en su atención al público podía repercutir no sólo en una adjudicación indebida a un profesor, sino también en una atribución errónea a un escolar. La eficiencia de esos funcionarios ha quedado, además, más de una vez en entredicho. El caso sufrido por un amigo mío da cuenta de ello. Profesor interino de Secundaria, fue convocado para optar a tres plazas de otros tantos institutos en Zaragoza, siendo Huesca su provincia de referencia; preguntó en Personal docente si debía marcar con una cruz las tres opciones, a lo que se le respondió que con una bastaba pues se sobreentendía que cualquiera de las tres le parecía igual, por motivos geográficos: automáticamente se le impidió en lo sucesivo participar en cualquier plaza convocada para la provincia de Zaragoza, pues había rechazado dos plazas (al sólo marcar una de tres) a tiempo completo. Y ello durante los tres años que restaban hasta una nueva rebaremación o convocatoria de oposiciones, por culpa de la pésima disposición de los funcionarios a informar debidamente: "¡normativa, normativa!"
Convine con la jefa de personal oscense que tomaría posesión provisional de la plaza de Teruel, a la espera de que se resolviese la reclamación que prometí formular.1 Y con ese estado de ánimo fui a la EOI. Tuve que esperar a que el director apareciera a las tres de la tarde, hora de inicio de su horario, para hablar con él. A la larga se revelaría como un excelente director y mejor persona, pero en ese momento fue inflexible, pues quería asegurarse la cobertura de esa plaza aunque fuera a causa de un error burocrático. No obstante, me permitió no incorporarme ipso facto y continuar el viaje hasta Granada, prometiendo presentarme sin dilación el próximo lunes por la mañana. Y cumplí.
La existenca de un cuarto de jornada por cubrir se debía a la reducción en su horario solicitada por una profesora de francés, de nombre Patricia; algo a lo que tenía derecho por motivos de maternidad o algo por el estilo. La disposición de Patricia a ayudarme y guiarme en mis primeros pasos fue completa, y no sólo por simpatía o por afinidad profesional, sino sobre todo porque me iba a hacer cargo de sus alumnos, cuya enseñanza retomaría ella tras el paréntesis de su período de reducción de jornada. Este detalle sería crucial en el ejercicio de mis funciones en la EOI de Teruel, así como para la consideración de mi mentora entre sus compañeros.
Tras unos cuantos meses, llegó la fecha de los exámenes de febrero, que si bien tenían una mínima repercusión en la nota final de curso, eran un ensayo de la evaluación de junio. Patricia, apuesto que con buen criterio y en base al motivo expuesto más arriba, me facilitó el ejercicio de examen para un grupo del que ella se encargaría tras ese período de mi interinidad; yo acepté, señalando que encontraba lógico que quien redactara el examen poseyera las claves de corrección. Es decir, que si quería imponerme ese ejercicio, por muy amablemente que lo hiciera, ella debería encargarse de su corrección. Ella se negó, y debo decir que de manera un tanto cerril. En ningún momento, creo recordar, se planteó la posibilidad de que yo mismo elaborara el ejercicio de examen –como sí que hice con el otro grupo del que era responsable, de 5º curso–, lo que conllevaría que me hiciera cargo de su corrección. Lo importante del caso es que ambos, Patricia y yo, pusimos el asunto en conocimiento de la dirección del centro, quienes comprendieron mejor mis motivos que los de mi compañera. Esta no aceptó de buen grado el veredicto del director, por lo que acudió a una persona de su amistad que ocupaba algún cargo elevado en la Dirección turolense de Educación. El asunto volvió a manos del director de la EOI, quien, ante ese evidente puenteo en sus responsabilidades, se reafirmó en su decisión. Patricia se rebeló en vano, y por mucho que elevara la voz y de manera vehemente defendiera su punto de vista ante todos los integrantes del claustro, nadie le dio jamás la razón. Se granjeó, además, una enemistad evidente entre nuestros compañeros profesores, en una especie de ostracismo que, a la postre, ha resultado habitual entre los claustros docentes que he conocido directa o indirectamente.
Mi relación con mis compañeros turolenses fue, sin embargo, excelente; y yo creo que en buena parte debido a las inmejorables cualidades humanas de director y jefa de estudios. Buen ambiente de trabajo, salidas a cenar semanales, intercambio de favores... Recuerdo con especial cariño a Ana, profesora de francés e italiano al mismo tiempo, y a Paola, italiana, quienes en todo momento se desvelaron por hacerme la vida grata en la fría Teruel. En ocasiones se nos unía Teresa, profesora de alemán, quien me alojó desinteresadamente en su casa durante la única noche que, por semana, solía permanecer en la ciudad. Completaba el grupo la secretaria del centro, una tal Fefa, zaragozana exiliada en Teruel por motivos laborales, que centraba su ocio en los cotilleos de la televisión: ha sido la única persona a quien he oído confesar sin sonrojo ninguno que programaba su vídeo para grabar los cotilleos de "Salsa Rosa" en caso de que ella saliera un sábado por la noche.
Creo que mi reputación empezó a forjarse en los pocas reuniones de profesores a las que pude asistir en Teruel. En un par de ocasiones insté al claustro a que se hiciera eco de las reivindicaciones de los interinos para resolver la situación de precariedad laboral de estos; y por mucho que director, jefa de estudios y el delegado del sindicato STE, profesor titular de inglés, insistieran que el claustro de una EOI no era el lugar para formular tales reivindicaciones, mis compañeras y yo conseguimos que el Centro redactara un escrito en el que pedía una solución de estabilidad. Magra victoria, más simbólica que nada, casi pírrica en lo tocante a mi trayectoria dentro de las EOIs aragonesas.
A finales de abril de 2003 terminó mi período de trabajo en Teruel, pues Patricia recuperó la totalidad de su jornada lectiva. De vuelta a Huesca, una de mis obsesiones fue evitar que me adjudicaran de nuevo un puesto tan alejado de mi domicilio, por lo que se hacía necesario un cambio de la asignación de mi provincia de referencia. Ya en octubre del año anterior había solicitado ese cambio a un tal Ángel Martínez respondiéndome un tal Ignacio Taluego: imposible satisfacer mi petición. En otra ocasión, y con motivo de una intervención en un programa televisivo en Localia-Huesca como representante de Ecologistas en Acción, me crucé en los pasillos del estudio con la que era entonces consejera aragonesa de Educación, Eva Molino, a quien me dirigí para exponerle directamente mi caso. Muy comprensiva, me dijo que eso debía solucionarse, y que no dejara de escribirle para contárselo con toda suerte de detalles. Y con fecha de 22 de abril de 2003, remití sendas cartas a la consejera y, a instancias suyas, al director general de personal de Educación, Diego Poblado: inútil, pues ni Molino me contestó para cumplir con su palabra, ni Poblado satisfizo mi petición.2
En mayo de ese mismo 2003, un juez de Zaragoza dictó sentencia a dándome la razón en el contencioso que interpuse contra la DGA por disconformidad con mi puntuación. Ese mes de julio, se publicaron de nuevo las listas de interinos sin que en mis datos figurara ninguna modificación, ni de puntuación ni de provincia de referencia. Formulé una reclamación que fue desoída: como he señalado algunas páginas antes, debí esperar cinco años a que la DGA se viera obligada a darme la razón.
El curso siguiente, 2003-2004, ocupé una sustitución de casi tres meses en la EOI de Huesca. Allí pude darme cuenta de lo avieso de muchos compañeros, reñidos entre sí por un quítame allá esas pajas, recalcitrantes en sus críticas a los colegas que habían perdido su afecto. En el mismo seno del departamento de francés, compuesto por cuatro miembros, dos de sus profesoras tan apenas cruzaban palabra con otra, por motivos que me eran completamente desconocidos; la tensión que esa situación producía en las reuniones periódicas del departamento era molestísima, pues mis compañeras se veían obligadas a conversar entre ellas. En inglés ocurría tres cuartos de lo mismo, con el añadido de que el número de docentes era mayor. En italiano las relaciones y el trabajo eran inmensamente mejores gracias a la presencia balsámica de Alida Albali, excelente profesora, volcada en su trabajo y sus amigos, quien tampoco se explicaba por qué eran tan aficionados los profesores a buscarse enemistades, a nombrar chivos expiatorios, a construir malas reputaciones en base a rumores y falsos indicios...
1 Adjuntar copia de la carta enviada a Angel Martinez, Director Gral Personal

2 Adjuntar documentos 01 y carta enviada a Poblado

4. INTERLUDIO CULTURAL

 En la Diputación Provincial de Huesca (en adelante DPH), sección de Cultura, departamento de Festivales (Pirineos Sur), fueron realmente muy amables cuando, en abril de 2002, fui a ofrecerles mis servicios como traductor e intérprete. Rosalía Bestué, una técnico originaria de Sabiñánigo, me puso en contacto con alguien de la Comarca de Monegros que debía de haberle puesto al corriente de sus dificultades para hacer que los conferenciantes franceses que colaboraban en Estepárea (un encuentro sobre desarrollo rural que pasó de ser un foco de reflexión a ser un polo lúdico y festivo) se hicieran entender de su público. Ese mismo mes de abril ya acudí a Sariñena, localidad donde se celebraba el encuentro, para hacer de intérprete francés-español en la conferencia dictada por un experto del país galo. La experiencia se repitió al año siguiente, y siempre con en un ambiente agradable y acogedor –por lo menos para mi persona.
Que mi paso por Estepárea se hubiese saldado con una nota satisfactoria, debió de decidir que ese mismo verano de 2002 acudiera como traductor e intérprete a las ruedas de prensa del festival Pirineos Sur, que se celebraba en el Valle de Tena organizado por la DPH. Recuerdo haber intervenido en el encuentro con los medios de Alpha Blondy, de Ismaël Agana, de unos hindúes apodados Maharajá Flamenca, y de los marroquíes Monsif y Souad Massi. No estuvo mal del todo, principalmente porque mi relación con el personal del festival se limitaba a Rosalía y porque, tras la comparecencia ante los exiguos medios, yo me marchaba al concierto escopeteado con una entrada de regalo.
En 2003, mi relación con la DPH cambió de cabo a rabo. En abril, se convocó un concurso-oposición para cubrir dos plazas para Pirineos Sur: una de responsable de comunicación y relaciones públicas, otra de producción. Yo me presenté a las dos, sacando en ambos casos la calificación más alta de todos los candidatos gracias a mis conocimientos musicales y al manejo fluido de inglés y francés. El examen consistió, en su 1ª parte, en una traducción en sentido doble de francés, inglés y español de textos relacionados con la música y la cultura; en la 2ª parte, el candidato debía hablar en francés e inglés con los miembros del tribunal, especialmente con José Blon, marido de Rosalía y, a la sazón, técnico de cultura del Ayuntamiento de Huesca: un acto ridículo, pues sus conocimientos lingüísticos eran bastante limitados en ambas lenguas, dejándome extrañado de que una institución pusiera en manos de un no profesional la calificación en idiomas de un aspirante.
Renuncié a la plaza de producción y me quedé con la de comunicación y relaciones públicas, más acorde con mis gustos y competencias, firmando un contrato de cinco meses de duración durante ese año y, por su propia naturaleza, prorrogable como mínimo otro perído equivalente al año siguiente. Empecé a trabajar en el mes de mayo, instalándome en una mesa al fondo de la zona abuhardillada de la última planta de la enorme sede de la DPH.
Aprendí mucho en Pirineos Sur, sobre todo en todo lo relacionado con el mundillo de la cultura en una ciudad de provincias. El jefecillo de todo aquello era un tal Jorge Pelos, licenciado en Historia, creo, e hijo de un antiguo trabajador de la DPH: no sé qué pábulo dar a las malas lenguas de dentro de la casa que aseguraban que eso influyó definitivamente en su contratación para ese trabajo; jamás le di más valor que al de una simple habladuría. Este Jorge era un mozo canijo, de modales barriobajeros y hablar tosco, siendo su expresión favorita cuando alguien preguntaba por él en el teléfono algo parecido a "dile que me la chupe": simplemente conmovedor. El resto de su repertorio era una compendio de expresiones de cinismo barato, aseveraciones de tres al cuarto que pretendían pasar por verdades eternas sobre el mundo de la música. Juntos hicimos un viaje a Pau y Burdeos, con el fin de promocionar el festival en el sur de Francia. Una operación ridícula, en la que yo actuaba más como relaciones públicas que como responsable de comunicación, pues el propio Pelos se encargaba de presentar el producto en su deficiente francés. La gente de la prensa convocada en esas dos ciudades –dos periodistas en Pau, unos cuanto más en Burdeos, invitados principalmente por el staff del festival Les Nuits Atypiques de Langon– se hizo inesperadamente depositaria de los regalos aportados por la DPH: una botella de vino del Somontano, un botellín de cerveza Ambar...: vergüenza me daba que la gente de la prensa descubriera el contenido de la bolsa en mi presencia.
Los regalos a los periodistas era, por lo visto, algo más que habitual: en todas las presentaciones en España del festival, la DPH invitaba, con cargo al erario público, a suculentos ágapes a los representantes y corresponsales de los diferentes medios de referencia. Eso chocó mi ingenuidad, pues siempre había pensado que si un periódico se hacía eco de una noticia cultural, crónica de un concierto o de un acontecimiento cualquiera, era porque su interés lo merecía: y no porque la institución o empresa organizadoras "untaran" al reportero de turno. Lo acostumbrado es esta última forma, por lo que pude darme cuenta hasta la saciedad a lo largo de la organización y celebración del festival Pirineos Sur.
A finales de mayo o primeros de junio nos fuimos al Valle de Tena, para gestionar todo el proceso in situ. Se montaron sendas oficinas de producción y de prensa en el pueblo de Sallent de Gállego y en la urbanización de Formigal, que era donde yo permanecía para atender a los medios y a los artistas, separado de mis compañeros de trabajo –he de decir que afortunadamente.
El festival y la DPH pagaban el alojamiento, y no sé si alguna prima por mí desconocida, a varios periodistas: Javier Losilla, corresponsal de El Periódico de Aragón, quien debió de comprometerse a presentar a todos los grupos sobre el escenario y a escribir crónicas ditirámbicas del transcurrir del festival; hace poco me enteré de que, en sus años jóvenes, Losilla había colaborado en la revista ácrata Ajoblanco: ¡cómo cambian los tiempos y cómo nos cambia la coyuntura! Gonzalo de la Figuera, corresponsal de El Heraldo de Aragón, alojado gratis todos los fines de semana. Los redactores y cámaras de una productora cinematográfica que colocaba sus productos a una televisión de Mataró o, en el mejor de los casos, a TV3. Los redactores y un fotógrafo de la web andaluza Buscamúsica, así como otros tantos de la revista barcelonesa Batonga!. Un redactor de La Razón, cuyo nombre he olvidado; otro de La Vanguardia; otro de Gara, quien se jactaba de haber señalado a ETA como objetivo el coche de la Guardia Civil que hicieron explotar el 2002; otro de El País, Carlos Galilea, pequeñajo y poco simpático personaje que, nada más llegar a la oficina de prensa instalada en Formigal soltó un "¡qué cutre!" que me llegó al alma y obligó a mi orgullo a no dirigirle la palabra en lo que quedaba de festival –que ya era poco, para mi bien. A ellos hay que añadir a todo al maremágnum de redactorzuelos de medios de segundo orden, de mánagers, de amigos..., que bebían de la sopa boba con el beneplácito de la organización. Me viene al recuerdo la insistencia de un joven fotógrafo que exigía que se le hiciera entrega de una acreditación de prensa, para entrar gratis a las actuaciones, por el simple hecho de ser recomendado de un tal Panoja, quien a su vez decíase amigo de Jorge Pelos, quien renegó de él en conversación telefónica en cuanto pudo. Las amistades y su influencia duran tanto como un soplo de aire –o como el hielo de la copa que paga el amigo deseante al deseado amigo en ciernes.
Mi inadaptación al ambiente festivalero fue completa; o, mejor dicho, al grupo humano de periodistas y gente del mundillo cultural español. Si durante los primeros días aún me esforzaba en comer a mediodía con la gente de la organización, no tardé en quedarme solo en Formigal para disfrutar de algo de tiempo para mí mismo; también las primeras fechas del festival acudía a matar la noche a un mísero bareto de la urbanización, La Cueva, hasta que el aburrimiento, el humo y las conversaciones insustanciales me hicieron desistir. Nadie comprendía que alguien como yo prefiriese pasar sus noches leyendo en su habitación de hotel o dando un paseo bajo el inmenso manto estrellado del cielo pirenaico. Pero el mundillo de la cultura vive repleto de lugares comunes, de vicios compartidos cuya validez es marcada por gente a la que desconocen. Quemar la noche, vivir peligrosamente, alimentarse de excesos... forma parte de un programa manido que, creo, bien poco aporta a quien lo sigue a rajatabla –si exceptuamos el olvido de sí mismo y evitar enfrentarse a la propia soledad, que no es dificultad menor para muchos.
Creo que mi inadaptación manifiesta debió de ser el detonante de los hechos posteriores. Por una parte, no dejé de mostrar mi enfado e incluso rechazo hacia la actitud, prepotencia, ignorancia e incapacidad lingüística de la jefa de prensa de la DPH, una tal Julia Telón. Recuerdo un rifirrafe con ella surgido con motivo de mis notas de prensa sobre los primeros eventos del pre-festival; ella afirmaba que un responsable de comunicación, un periodista, debía ceñirse a la crónica del ambiente y a la presentación de los datos objetivables, como por ejemplo, número de asistentes; Pelos y Rosalía aseguraban que sería una lástima no aprovechar las competencias y el conocimiento musicales de un redactor como yo, y que por ello mis textos incluian contenidos artísticos que estaban normalmente limitados al trabajo de los críticos strictu sensu. A partir de allí, Telón intentó desprestigiarme de cualquier modo. En una ocasión me dijo que había recibido una queja de sus compañeros de la prensa local sobre el estilo de mis crónicas y comentarios: amén de no ajustarse al tipo de nota de prensa escueto y esquemático, aquellas incluian en ocasiones expresiones y palabras que les hacían perder el tiempo buscándolas en el diccionario; uno de los casos se dio con la expresión "panoplia de...", para referirme a un conjunto amplio de canciones, recursos o habilidades de algún músico. He de reconocer que el apoyo de Pelos y de Rosalía, así como los comentarios graciosos que suscitó la queja de Telón ante esa palabra, me ayudaron a asentar mi posición en el festival.
Pero, en otra ocasión, recriminé a Telón, ya en pleno festival, que en lugar de estar trabajando codo con codo conmigo en la oficina de prensa, en un momento en que yo estaba agobiado por el volumen de cosas pendientes, ella estuviese regalando camisetas del evento a los redactores de Batonga!, riendo y coqueteando con su tosco y poco seductor estilo. Por mucho que ella se considerase "mi jefa" y responsable de cómo se pergeñase el producto comunicativo en el festival, yo no dejé de afearle vigorosamente su conducta, con algún rapapolvo delante de todo el mundo que dejó descaradamente en evidencia.
Otro elemento que debió de motivar en parte que no me contrataran para la siguiente edición –a pesar de la velada promesa por parte de Personal–, fue haber exigido el pago del exceso de horas trabajadas durante la realización del festival. Mi contrato especificaba claramente el horario de oficina en Huesca, pero no durante la celebración de las actucaciones artísticas en Sallent de Gállego. Mi sesión diaria de trabajo, que no conocía ni sábados, ni domingos, ni fiestas de guardar durante más o menos un mes, se escalonaba de diez de la mañana a una de la mañana –que era cuando terminaban tanto los conciertos en el pequeño escenario de Sallent como en el flotante de Lanuza. Era lógico y lícito solicitar que todo ese tiempo dedicado a la mayor gloria de la DPH fuera recompensado –o así lo estimé yo.
Lo cierto es que en 2004 no renovaron mi contrato. Ya antes de que el rumor, propagado por la propia Rosalía, técnica de cultura en Pirineos Sur, se cumpliese, yo solicité consejo en el servicio de asesoría jurídica de UGT, sindicato al que estaba afiliado entonces: la abogada me hizo ver que el contrato, a pesar de lo que decían los representantes sindicales en la mesa de contratación de la DPH, no incluia una renovación automática tras el primer año de servicio. No obstante esto, esa abogada me recomendó ponerme en contacto con la representante ugetista en la DPH, que además trabajaba en cultura; Infortunio Codac, afiliada al PSOE, no me aclaró nada, ni movió un dedo por defender a un compañero. Debí aceptar que no me renovaran y que, simplemente, retomara la actividad llevada a cabo el año anterior a mi contratación como traductor e intérprete en las ruedas de prensa: migajas. Eso fue durante el verano de 2004.
La presencia de una amiga en el área de cultura de la Comarca de la Hoya de Huesca propició que organizásemos juntos un festival en dicho territorio altoaragonés, cuyo fin principal era dar a conocer la institución comarcal e iniciar una corriente participativa y de colaboración de la ciudadanía. Presenté el proyecto a la presidente del área y alcaldesa de Quicena, Alejandra Encina, quien aceptó gustosa a la vista del proyecto y del escaso presupuesto necesario. Yo pretendía demostrar que una manifestación cultural y de entretenimiento no requería de grandes fondos, pues se podía llevar a cabo por el propio personal de la institución y promoviendo la participación de los creadores locales –aspectos ambos bastante descuidados del resto de instituciones culturales públicas de nuestro entorno, las cuales tenían una enfermiza tendencia a externalizar todas las actuaciones (¡qué sencillo es entonces el trabajo de técnico, debiendo únicamente cooordinar!) y, sobre todo, a contratar actuaciones de creadores venidos de fuera (sin tener apenas en cuenta a los creadores de dentro ni a crear un magma creativo entre la población local). Pensaba, además, que si el festival se saldaba con éxito, ello podría facilitar mi contratación en la Comarca de la Hoya de Huesca.
"Cosecha de Invierno", que así fue como bauticé el evento, tenía una programación vastísima que se ejecutaba en numerosísimos puntos de la geografía comarcal. Muchos escenarios que controlar, mucha gente que coordinar, y, sobre todo, muchos políticos rurales con los que lidiar. Pero el enemigo no estaba fuera, sino dentro; la presidenta del área de Cultura, Alejandra Encina, era un verdadero desastre, no conformándose con el habitual papel que se concede a los cargos políticos en este tipo de asuntos: firmar las autorizaciones. Ella quería participar áctivamente, ser parte del equipo organizador, y ahí es donde lo estropeaba todo; lo que los técnicos habíamos conseguido solucionar por nuestros medios, ella conseguía embrollarlo de nuevo. Recuerdo una ocasión en la que, con motivo de un concierto en Alcalá del Obispo, ella había hecho unas concesiones extraordinarias a los músicos, cuando el personal técnico había hecho innecesarias esas estúpidas exigencias de un grupillo de post-adolescentes con ínfulas de artistas; en presencia del mismo presidente de la Comarca, le pegué un grito a Alejandra que la dejé sentada. "Has hecho mal", me recriminó mi amiga; "no es esa la manera de manejar a Alejandra".
Dentro de las necesarias comunicación y promoción del festival a través de los medios, recuerdo que hice uso de mi amistad con Pedro Baleyé, director de la revista Qriterio Aragonés, para colocar un par de artículos sobre Cosecha de Invierno. Uno de ellos anunciaba y comentaba la programación del festival; otro refería el contenido de una exposición fotográfica sobre lo que algunos bautizaron como "Movida rockera oscense", con trabajos en blanco y negro del gráfico Rafa Gobantes. En esos artículos aproveché para criticar abiertamente la escasa promoción de la creatividad local que habían hecho otras instituciones, especialmente el Ayuntamiento de Huesca con su festival Periferias y la DPH con su Pirineos Sur. Recolecté algunas declaraciones de antiguos componentes de bandas de rock en las que se quejaban de la nula promoción que se había dado a la Movida de Huesca, pues quienes tenían poder para organizar actuaciones se habían centrado más en la promoción de sus propios gustos y amistades: la referencia era clara a un tal Mario Salta, técnico del Ayuntamiento de Huesca, fanático de música electrónica y mentor absoluto de un tal Juanjo Pernil, líder de un grupo de jovencitos, cuya calidad fuera siempre puesta en duda por toda la escena local oscense. Me vienen ahora a la mente los comentarios del antiguo batería de un grupo llamado La Escoria Oriental y, actualmente, percusionista en Los Titiriteros de Binéfar; me refirió Mesumé una actuación en Almudévar en la que tocó su antiguo grupo, los rockeros Devislay, junto a ese grupo de jovencitos. Por lo narrado, el concierto de estos últimos fue de lo peor que él pudo presenciar jamás; ello no fue óbice para que Salta, por aquel entonces locutor de radio y redactor de las críticas musicales en el Diario del Altoaragón, dijera y escribiera que el grupo de Pernil, con esa actuación, se consolidaba como el mejor grupo de pop español. O algo parecido y no demasiado alejado de lo contado por el Escoria. Mesumé estaba, claro, indignado, como tantos otros músicos de aquella época, olvidados, condenados al ostracismo institucional. Yo quise aprovechar esa energía crítica para sacar a la luz las críticas al sistema cultural local a través de un debate incluido en la programación de Cosecha de Invierno. Bajo el título de "La Movida rockera, hoy", pretendía que el descontento generalizado se expresara y que se hiciera petición directa a Salta, invitado a la mesa de ponentes, de recuperación de aquella efervescencia creativa relegada al olvido. Pero no fue así. Entre el público tan sólo pude ver a Mesumé y a alguno otro más, quienes permanecieron mudos; y entre los ponentes, Lázaro Terol y Loto, tan apenas expresaron nada de su descontento ante la verborrea desmesurada de Salta y la ayuda de Javier Losilla, invitado desde Zaragoza para dar una visión exterior del tema. Las reivindicaciones que hasta ese momento habían compartido conmigo varios de esos participantes en la cultura local no fueron formuladas en el espacio que abrí para que fueran expuestas ante el público y ante quienes tenían algún poder de decisión en lo institucional. Lázaro estuvo sorprendentemente comedido, Mesumé no abrió la boca más que para bostezar, Quique Consejo ni siquiera acudió a la cita –a pesar de su promesa de hacerlo, de participar vehementemente y de incluso promover la redacción y firma de un manifiesto contra el ninguneo al que esos "héroes" de la "Movida" decían haber sido sometidos– y los demás que podrían haberse quejado prefirieron escuchar el intercambio de ditirambos entre Losilla y Salta. Una decepción.
Una vez terminado el festival, ayudé a mi amiga "comarcal" en la redacción de un par de proyectos que ella quería llevar adelante gracias a la financiación del Instituto Aragonés de Empleo (INAEM). Uno de ellos fue por completo diseñado por mí, consistente en la creación de un puesto de redactor para crear una revista de ámbito comarcal y dentro del área de Cultura, que se titularía algo así como Comarca Cultural. El proyecto fue aprobado por el INAEM y, para ello, buscó entre sus demandantes de empleo a alguien que cuadrara con el perfil. Yo, en ese primer semestre de 2005, estaba trabajando a media jornada en la EOI nº2 de Zaragoza, por lo que era demandante de empleo sólo a medias: lo que había solicitado a la oficina de empleo era una ampliación de contrato que me permitiera redondear mis ingresos. Pero esa situación no me hacía entrar en los demandantes "completos" de empleo que el INAEM recolocaba en proyectos como el referido. Mi proyecto de revista fue asumido por Pedro Baleyé, quien fuera director de Qriterio y afiliado a CHA –de hecho había sido asesor de un diputado nacionalista en cultura de la DPH– y que sabría hacer los méritos suficientes para conservar ese puesto en la Comarca.
Algunos meses después, llegó a mis oídos la noticia de que la Comarca de la Hoya de Huesca iba a convocar una plaza de técnico para el área de Cultura. Debo confesar que, en este asunto, mis amistades socialistas hicieron lo posible para que fuera yo quien ocupara ese puesto. Me explico. La presidencia del área de Cultura de la Comarca estuvo, en los primeros meses de su creación, a cargo de José Guapillo, que fue quien colocó a mi amiga como personal de confianza. A González le propusieron un puesto más aparente como director del Centro de Investigaciones Técnico-Agrícolas, en Zaragoza, por lo que cedió la presidencia de la Comisión de Cultura de La Hoya a Alejandra Encina, a la que yo no sé qué le unía. La cuestión es que cuando pareció confirmarse el rumor de que se iba a convocar una plaza de técnico de Cultura, González movió sus cables para posibilitar mi entrada allí. Para ello habló con Alejandra Encina de su deseo de que fuera yo quien la ocupara, para lo que incluso le entregó las bases y el temario de la oposición –cuya redacción me había encargado a mí con anterioridad. En el momento en que fue oficialmente convocada la oposición, vi que en las bases había sido incluida una variación, reduciendo las exigencias lingüísticas al mero conocimiento de un idioma –cuando yo había señalado inglés y francés. Ante esa noticia, me puse en contacto con González para preguntarle si sabía algo del asunto, obteniendo una negativa y la sospecha compartida de que Alejandra hubiese podido traicionar su confianza, en busca de apoyos locales más sólidos y que le asegurasen una más rápida promoción en el partido.
Me puse con contacto con un par de sindicatos, CGT y CC.OO., quienes redactaron sendas alegaciones a las bases, sin que tan apenas surtieran efecto. Poco después, y con el fin de remover un poco las conciencias, publiqué bajo firma anónima un artículo en el boletín del Ateneo Libertario de Huesca en el que daba a conocer las sospechas de manipulación. El primer párrafo de "La Comarca de La Hoya de Huesca de nuevo bajo sospecha de manipulación. ¿Oposiciones amañadas?" decía lo siguiente:
Tras los controvertidos procedimientos de selección de personal en las áreas de Medio Ambiente, Servicios Sociales y Turismo (en los que hubo impugnaciones y reclamaciones varias ante los visos de manipulación partidista), la Comarca de la Hoya de Huesca / Plana de Uesca vuelve a estar en el centro de las sospechas.
Es esta vez la Comisión de Cultura, presidida por la alcaldesa de Quicena, Alejandra Encina (PSOE), sobre la que recaen las sospechas de manipulación. Según fuentes solventes, las Bases que rigen el proceso de selección y contratación de un/una Técnico de Cultura y Juventud tienen todo el aspecto de haber sido redactadas para favorecer a alguien en concreto.
Abundando en el tema, remití a los medios de comunicación convencionales una carta al director que, con el título de "Oposiciones amañadas", denunciaba lo siguiente:
Todos creíamos que, con la democracia, acabarían estas prácticas autoritarias. El PSOE aragonés las renueva una vez más, conectando con la más rancia tradición caciquil. Ya antes Bucho (alcalde de Huesca) nos dio muestras de ello en su frustrado homenaje a Vicente Campo, lo que conecta perfectamente con el panegírico que de J.A. Primo de Rivera ha hecho recientemente un señalado representante socialista de Tauste. Y se dicen de izquierdas...
Esta es la primera oposición en la que participo: la simple sospecha de manipulación le echa a uno atrás. Indignación que me gustaría ver compartida por los otros 30 inscritos, que, como siempre, no moverán un dedo por temor a represalias. Afortunadamente, he conseguido que tanto el Defensor del Pueblo como el Justicia de Aragón hayan aceptado tomar cartas en el asunto.
Y, en efecto, ambas instituciones tomaron cartas en el asunto; pero la oficina de Mújica (entonces titular del cargo estatal) dejó el tema a sabiendas de que el Justicia tomaba cartas en el asunto. Este, por lo que yo sé, solicitó en numerosas ocasiones información a la Comarca de La Hoya, sin obtener jamas respuesta alguna.
Más adelante, ya en septiembre de ese 2005, coloqué otro artículo-reportaje en el boletín del Ateneo en el que repasaba las posibles responsabilidades de varios politicastros del ámbito local y comarcal. "Sospechas de corrupción en la Comarca de La Hoya" ponía a caldo a Francisco Bucho, alcalde de Huesca; a Pedro Chulapón, alcalde de Monflorite, responsable electoral del PSOE local, marido y mentor de Teresa Sas, concejala de fiestas (y posteriormente también de Cultura); a Fidel Cosagorda, presidente comarcal de Turismo, concejal entonces de Fomento y presidente de la empresa de recogida de basuras; a Alejandra Encina, presidenta comarcal de Cultura y alcaldesa de Quicena. En definitiva, a todos los socialistas oscenses.
Como esto no produjera ningún efecto –aparte de granjearme, imagino, la enemistad de los representantes de Zapatero en Huesca–, recusé al tribunal que calificaría a los aspirantes a técnico de Cultura, por incurrir en alguno de los motivos de abstención del funcionario señalados por el artículo 28 de la Ley de Reglamento Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común (LRJAP y PAC). A saber: a) tener interés personal en el asunto de que se trate o en otro cuya resolución pudiera influir en la de aquél; b) tener amistad íntima o enemistad manifiesta con cualquiera de las personas (interesadas en el resultado del acto administrativo); c) tener relación de servicio con persona natural o jurídica interesada directamente en el asunto. Y es que, claro, con el fin de asegurarse la contratación de la persona elegida, pusieron en el tribunal a técnicos y políticos cuya fidelidad estaba fuera de toda duda –pero cuya amistad o enemistad con algunos de los 30 candidatos era más que manifiesta. En esa recusación, señalaba los motivos por los que los técnicos del Ayuntamiento de Huesca –el vocal José Blon y su suplente Mario Salta–, el técnico de la DPH –Jorge Pelos y su suplente Pitu Caceteé– debían inhibirse de participar en dicho tribunal: amistad y/o enemistad conmigo, con un tal Francisco Grasa (poeta en sus horas libres que me fue presentado por el propio Blon como "un amigo suyo"), y con Pedro Baleyé (quien trabajó codo con codo con Pelos y Caceteé en la Diputación). En esa exposición de motivos no incluí a quien finalmente obtuvo la plaza, una tal Angelita, trabajadora en Cultura del Ayuntamiento durante mucho tiempo, amiga personal de Blon y Salta y esposa de un notable sindicalista de CC.OO. La segunda posición en el concurso-oposición fue ganada por Pedro Baleyé, quien no tardaría a ocupar el puesto de Angelita cuando esta "volvió" a Cultura del Ayuntamiento gracias a otra oposición diseñada a su medida.
Cabe imaginar que, tras todos estos rifirrafes retóricos y recurrentes, mis posibilidades de colaboración laboral en la Comarca de La Hoya, en el Ayuntamiento de Huesca y en la DPH eran mínimas –por no decir inexistentes. Consciente de ello, decidí arremeter por otras vías en todo lo que me fuera posible, con el ánimo de tocar las narices, fastidiar y, sobre todo, poner en tela de juicio las buenas prácticas y solvencia ética de la clase política oscense –así como la sumisión acomodaticia de los técnicos alimentados por el maná institucional. En mi punto de mira, en lo sucesivo, pondría al PSOE aragonés.
Con motivo del Encuentro de la Agenda 21 Local de Aragón, celebrado en la Diputación Provincial de Huesca en junio de ese mismo 2005, escribí una carta a los medios sobre la inanidad de ese proyecto tal y como fue planteado por los ponentes. En ese escrito criticaba al presidente del Maestrazgo, quien confesó no saber aún qué era el desarrollo sostenible; al de Jaca, por proponer una Agenda 21 local junto al mantenimiento de su candidatira a sede para la olimpiada de invierno; al diputado socialista Becasín, por alinearse con el PP exigiendo la construcción del embalse de Biscarrués; al consejero aragonés de medio ambiente por asegurar que la ampliación de Formigal era una apuesta por la sostenibilidad. Es decir, a tutti quanti.
Al mes siguiente, ya en julio, la renovada revista Qriterio aragonés me rechazó un artículo sobre Pirineos Sur que anteriormente me hubo encargado; un artículo que en nada elogiaba al evento cultural y en mucho criticaba su impacto al medio ambiente, la escasa vocación de reparto territorial de las actuaciones de la DPH, y el inmenso coste económico de una actividad de promoción turística limitada al valle de Tena. No me fue difícil comprender los motivos de tal rechazo; pero yo no me conformé con una negativa. Ese mismo artículo fue colocado en el boletín del Ateneo Libertario de Huesca precedido de un comentario explicativo, en el que equiparaba la censura y exclusión sufridas con el despido de la sección de cultura de El País del crítico ignacio Echevarría. Según me comentaron los libertarios del Ateneo, "Pirineos Sur, el affaire Qriterio y la opinión independiente" se repartió fotocopiado en algunos sitios del valle de Tena: orgullo para su autor y cabreo, imagino, de los promotores del festival.1
En octubre publiqué una carta en varios periódicos que, con el título de "¿Quién necesita Periferias?", denunciaba la política cultural local, derrochadora, clientelista y fagocitadora de las iniciativas ciudadanas.2 Esa carta motivó muchos correos electrónicos, casi todos aplaudiendo su contenido pero algunos recriminando mi cinismo por haber participado yo mismo en esa cultureta; me defendí añadiendo que fue precisamente esa participación la que me permitió conocer los resortes de la política y gestión culturales.
Otras cartas que, periódicamente, iban apareciendo en los medios, arremetían con el servicio de recogidas de basuras, con el afán de celebrar las festividades católicas con pirotecnia, contra el multimillonario Centro de Arte y Naturaleza de Huesca... El colofón de mis escritos contra la política local fue con motivo de un concurso-oposición para cubrir en interinidad el puesto de técnico en el Ayuntamiento de José Blon, quien se fue al Centro Dramático Aragonés, colocado por la consejera Eva Molino. "(Eso se llama) Corrupción", publicado en abril de 2006 en varios cotidianos, decía en uno de sus párrafos:
La LRJAP y PAC dispone que todo funcionario deba abstenerse de participar en un tribunal de oposición cuando exista la más mínima sospecha de relación personal, laboral y de amistad o enemistad con alguno de los aspirantes (...) Pues bien, la oposición para cubrir el puesto de técnico de cultura en el ayuntamiento de Huesca está cargada, hasta límites delictivos, de esta sospecha. Basta con echar un vistazo a la lista de aspirantes y a la de miembros del tribunal para darse cuenta de hasta qué punto es posible establecer relaciones de todo tipo entre unos y otros: compañeros de trabajo y amigos figuran en ambos lados de la barrera, dando al traste, de manera descarada, con la igualdad de oportunidades que debería regir todo procedimiento público.
Según llegó a mis oídos, esta carta motivó que el concejal de Cultura de aquel entonces, Elvis Tupelo (antiguo compañero ecologista, miembro de IU emigrado al PSOE), consultara la posibilidad de querellarse contra mí. Asimismo, algunos miembros del partido pidieron a Guapillo –mi fallido mentor en la Comarca de La Hoya– que hiciera lo posible para hacerme callar, según él mismo me comentó. Pequeñas, infantiles satisfacciones de las que disfruta el niño malo cuando percibe que ha conseguido hacer enfadar a los mayores...
Yo tengo por evidente que mi participación en el mundo cultural oscense está más que obstaculizado a causa de todos estos desencuentros y críticas. Sin embargo, lejos de acercar posiciones y de reconstruir amistades deshechas, he ido en el sentido contrario, añadiendo leña al fuego mediante nuevos escritos en los que la cultureta local y provincial era tratada de acomodada, de vendida al poder político, de carente de espíritu crítico y de sentido comunitario. Fueron objeto de mis escritos publicados el festival musical de la DPH "En La Línea", el Festival de Cine de Huesca, el festival artístico-rural "Estoesloquehay"..., gran parte de ellos colgados en mi curroblog. "¡Joder, no me extraña que caigas mal a la gente de la cultura...!", me dice mi amiga Rosana; y no puedo por menos que coincidir con ella y darle la razón.
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